Llegué a Sarajevo muy tarde en la noche. Todos los internos dormían, por lo que no había tenido tiempo de conocer a ninguno de ellos, ni siquiera a mi compañera de cuarto.
Me desperté -según el reloj en mi muñeca- a las seis en punto. No podía creer que había dormido toda la noche como una roca. Me puse de pie con una energía que me tomó por sorpresa.
Observé la habitación de paredes blancas y techo de madera, la pequeña ventana con barrotes grises le daba un aire de celda para prisioneros.
La chica en la cama contigua empezó a contonearse entre las sábanas mientras sonaba una alarma.
—¡Un minuto! ¡Por favor, solo un minuto! —suplicó mientras cogía el reloj despertador —¡Oh! ¡eres la nueva! —gritó con emoción cuando se percató de mi presencia —Lo sabía, lo sabía —exclamaba mientras se ponía de pie.
Hasta ese momento, jamás me había sentido menos por mi apariencia, estaba conforme con mis escasos ciento cincuenta y ocho centímetros de altura, pero esa chica tenía un porte impresionante, era muy alta y el piyama de algodón gris se le ceñía al cuerpo dejando en evidencia su figura curvilínea.
Me crucé de brazos de inmediato al pensar en cómo debía verme yo, toda pálida y desgarbada al lado de esa chica de cabellos dorados y ojos azules que parecía una guerrera amazonas y que no paraba de hablar.
—Sabía que te enviarían conmigo. Era yo o Andjela, y créeme; no quieres compartir habitación con Andjela. No creo que quieras compartir nada con Andjela. Eres una suertuda...Ah soy Jasna. Vamos, nos asearemos y te llevaré a conocer a todos...¿ya te dieron uniforme? —preguntó —puedes usar uno mío si quieres —no me dio tiempo de contestar. Resoplé al pensar en su ofrecimiento; ¡sí! me gustaba vestir holgado, pero seguro parecería un espantapájaros si llegaba a ponerme la ropa de esa chica.
Fruncí los labios y la observé, se había quitado el piyamas y andaba de un lado a otro en ropa interior, haciendo su cama, rebuscando en los cajones —¿no hablas mucho? —me preguntó dejándolo todo y acercándose a mí, mis piernas temblaban y no sabía por qué, abrí un poco la boca —¡aahh! ¡no hablas serbio! —exclamó antes de que yo pudiera decir algo —sí, es eso...soy una tonta, me dijeron que eres extranjera ¿de dóoon - de ee - res? —preguntó separando las palabras en sílabas
—Si hablo serbio, es solo que...
—Has perdido una lentilla —me interrumpió mientras veía mis ojos con el ceño fruncido
—¿¡Qué!?
—Tu lente de contacto, se ha caído
—No, no uso lentes de contacto, yo...
—Bah...claro que usas lentes y has perdido uno
—Tengo un ojo de cada color, se llama heterocromía —le expliqué —me gané la lotería genética, supongo que si soy una suertuda.
—¡Guao! Eso es genial, es decir, si te haces una foto del lado derecho eres una chica de ojos verdes —giró su cara hacia la izquierda y deslizó la mano por el lado derecho de su rostro como una bailarina—pero si tomas la foto del lado izquierdo, tienes ojos azules —repitió el gesto, pero ahora del lado contrario —Es como un superpoder— dijo y sonreí al imaginar su reacción si le mostrara mis verdaderos poderes
—No había pensado en ello—le respondí— supongo que es un punto a favor de la heterocromía—se acercó para examinar mis ojos...olía al maquillaje de mi madre, talco para bebé, tierra húmeda, me sonrojé al sentir su aroma, no podía evitar percibir el olor de las personas a mi alrededor y tampoco podía evitar las sensaciones que esos aromas me causaban
—¡Buenos días! —alguien habló mientras abría la puerta muy despacio —¿puedo pasar? —preguntó
—Un segundo —dijo Jasna mientras se envolvía en una toalla —¡adelante!
—Buenos días niñas ¿cómo amanecen? —una señora con vestido gris pizarra y delantal blanco entró a la habitación con una sonrisa resplandeciente en el rostro
—Bien —respondimos al unísono
—Levana, acompáñame, la rectora quiere hablar contigo
—Pero...ella...está arreglando sus cosas— protestó Jasna —al menos dejen que se acomode —hizo un puchero
—No creo que deba ponerse muy cómoda —respondió la mujer con un tono misterioso —vamos Levana, se hace tarde —agregó dejando de mirar a Jasna para fijarse en mí.
La mujer de delantal blanco caminaba a zancadas por el pasillo, yo iba detrás y ella me echaba una mirada de vez en cuando para asegurarse de que le seguía el paso.
Los chicos iban y venían rosando sus hombros con los míos al pasar; los varones llevaban pantalones de gabardina azul marino, camisa celeste y corbatas negras con las iniciales OS bordadas en blanco.
Las mujeres iban en faldas azules y plisadas que les cubrían hasta debajo de las rodillas, medias blancas altas y camisas celestes idénticas a las de los hombres.
Noté algunas miradas expectantes sobre mí y mis mejillas ardieron al recordar que llevaba puesto mi piyamas con estampado de corazones y pantuflas blancas de peluche, debí aceptar el uniforme de Jasna mientras pude.
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—¡¿CANADÁ!? —puse el grito en el cielo cuando la directora me dijo a dónde me mudaría.
Caminé de un lado al otro de la oficina de la rectora y noté que su tamaño era el doble del de la habitación de Jasna.
—Vamos cariño —dijo la directora—será genial, muchos chicos de tu edad matarían por ser adoptados— no me agradaba la forma en que trataba de ser amable, se le veía forzado, como si le costara ser buena persona, además su olor a tinta, billetes y moho me era repulsivo.
Suspiré irritada, no me molestaba dejar Bosnia, no me molestaba irme a vivir con mi tío desconocido de voz seductora, lo que realmente me enojaba era...era...no lo sabía, no sabía qué narices me pasaba, tenía que estar triste y a la vez aliviada y agradecida de que alguien me apoyaría en eso momentos difíciles, pero en vez de eso, estaba enojada.
Ahora que lo analizo desde una perspectiva más madura, podría decirse que estaba enojada conmigo misma, me enojaba saber qué en el fondo, estaba emocionada por mi nueva vida; quería conocer el orfanato con Jasna, hacer las cosas que todos los chicos ahí hacían y podía hacerlo; era libre como lo había deseado siempre y esa sensación de libertad que había aparecido con la muerte de mi madre, se sentía abrumadoramente bien.
—¿Puedo pasar el día con Jasna y los demás chicos? —pregunté
—¡Por supuesto que sí! —Contestó ella dándole un excesivo tono de alegría a su voz
Regresé a la habitación y Jasna ya no estaba ahí, había dejado un uniforme extendido sobre su cama con una nota que decía “es de cuando tenía quince, tenía que haberlo entregado para que lo heredaran las niñas más pequeñas, pero lo conservé , no sé por qué lo hice, pero mira...eres una suertuda, creo que te quedará bien” Yo hubiera escrito algo como “para ti” o “espero que te quede bien” o no sé, cualquier frase con menos de cinco palabras, pero Jasna era parlanchina incluso cuando no hablaba.
Me puse el uniforme, la camisa apenas me cerraba y la falda cubría hasta la mitad de mis muslos, me enfundé unas medias blancas y noté que había un problema; Jasna había dejado unos zapatos negros al lado de su cama, pero estos me quedaban enormes.
Supuse que no habría problemas si rompía el código de vestimenta, después de todo, esa misma noche tomaría un vuelo a Canadá y no regresaría al orfanato nunca más. Me puse mis tenis converses rojas. No había espejo en la habitación. Tuve que conformarme con imaginar que me veía bien.
Ya vestida me tiré en la cama, no me animé a salir. Al medio día, la misma mujer que me había llevado hasta la oficina de la directora, abrió apenas la puerta para poder hablar
—Levana, es hora de almuerzo, puedo acompañarte al comedor si lo deseas
—No es necesario —respondí de inmediato poniéndome de pie como si me hubiese alcanzado un rayo —puedo ir sola. Gracias
—Está bien —dijo y cerró la puerta.
Alisé la tela de la camisa con las palmas de mi manos, me acomodé la falda y salí de la habitación, podía sentir el bullicio y el olor a comida, por lo que no me fue difícil llegar hasta el comedor
Unas quince mesas redondas llenas de chicos y chicas de diferentes edades, estaban esparcidas en una gran sala. Hice una fila por un plato de comida y luego caminé hacia las mesas. Un brazo alzado se agitaba a lo lejos, era Jasna. Me acerqué.
—Hola —dije mientras me sentaba, puse el plato en la mesa con torpeza ante la mirada expectante del grupo de Jasna, un poco de guiso se derramó —Ay, lo siento...
—No te preocupes, dijo un chico de cabello n***o, cejas pobladas y ojos marrones. Cogió una servilleta y limpió el desastre, en ese momento no puse atención a su olor a tinta...
—Chicos, ella es Levana —anunció
—Hola Levana, soy Zoran —dijo el chico que había limpiado el desastre con la servilleta. Loa demás también dijeron sus nombre, pero no les puse atención.
—significa luz del amanecer —dije sin pensarlo, lo había leído en algún lado; el nombre Zoran significa “Luz del amanecer”, depués de que lo dije me sentí como una idiota, por Dios, debí sonar como una idiota.
—Sí, mis padres debieron odiar la luz del amanacer, porque me nombraron así y luego me abandonaron
—¡Oh! No empieces Zoran —le interrumpió Jasna— aquí todos somos tan infelizmente huérfanos como tú. Apuesto a que la historia de Levanan es más trágica que la tuya —Jana me miró —Levana ¿te gustaría contarnos cómo terminaste aquí? —me preguntó como si me preguntara cómo había ido mi día
—En realidad, nome gustría hablar de ello —contesté
—¡Jasna! ¿por qué eres tan grosera? —reclamó una de las chicas, los demás le apaoyaron, Jasna se defendió, pero esa discusión de pronto pasó a un segundo plano en mi mente.
Algo no andaba bien, algo...en el ambiente que no sabía cómo explicar, era perturbador.
Me aparté un mechón de cabello del rostro y lo acomodé detrás de mi oreja. Me concentré en esa sensación extraña y pude escuchar quejidos y llanto. Me puse de pie de un salto y me alejé ssin dar explicaciones.
—Lo siento, Levana, no fue mi intensión hacerte sentir mal —gritaba Jana a mis espaldas, pero no había tiempo de dar explicaciones. Caminé hacia los llantos. Entré a cocina y las mujeres que trabajaban ahí me miraron atentas, ninguna me dijo que no podía estar ahí, atravesé la cocina hasta llegar a un pasillo oscuro y lleno de moho, había cajas de alimentos rancios apiladas a un costado.
A medida que avanzaba los llantos se hacían más intensos a. Me encontré ante unas escaleras, miré hacia atrás y noté que estaba muy lejos de la cocina, del comedor, de la oficina de la directora y de las habitaciones, el miedo se apoderó de mí, aun así, bajé hasta el final sin pestañar hasta llegar a una puerta de metal. La abrí y cogí una gran bocanada de aire cuando vi lo que había adentro.