El rostro de los pacientes, que venían con grandes sufrimientos había cambiado por completo mostrándose ahora apacibles y hasta benévolos, como si hubiesen comprendido un secreto que sólo unos pocos saben, como si hubiesen alcanzado la paz. Por mucho que les pregunté, no me supieron decir cuándo, pero todos afirmaban que se habían liberado de un gran peso y que habían sentido una gran paz en su corazón. Cuando les preguntaba sobre sus males, esos que le habían llevado hasta allí, afirmaban que ya no les parecía tan importantes. Yo me quedaba sorprendido con cada testimonio, a cada cual más sobrecogedor, porque no es que lo leyera en un periódico o que me lo contase un tercero, era el propio paciente quien seguía teniendo la misma dolencia o enfermedad terminal quien me miraba con una ca

