Al principio pensaba que aquel hombre debía de saber muchas leyes, ser un erudito tal y como sucedía en China, que aprendían durante años las leyes del gobierno e iban por los pueblos administrándola para hacer de esa forma llegar la justicia y la coherencia a todos los lugares del reino. Pero al poco tiempo me di cuenta de que su justicia y sus palabras no estaban sustentadas en normas humanas, sino en las divinas, fruto de una mezcla entre sus creencias y la fe que procesaban, produciéndose una suerte entre la experiencia personal y el sentido común que con el tiempo va agudizándose, despojando la idea de sus dobles intenciones y falsas apariencias. Pero aquel hombre de Egipto, aquella persona mayor, mentor, guía y profesor, era mucho más que un simple juez de paz como se les denominab

