Esas parecían fluir de mi interior, tal y como me había enseñado aquel hombre anciano de Egipto. Bastaba con que realizas una inspiración profunda con los ojos cerrados antes de empezar a hablar, y dejar que las primeras palabras saliesen, unos buenos días eran suficientes para enlazar con un recuerdo, una historia o cuento aprendido de otro lugar, que poco apoco iba modificando sobre la marcha, incorporando nuevos elementos que había oído y aprendido recientemente para terminar de relatar lo que era una parte importante de mi vida. Tantos años dedicados a los cuentos, que cuando narraba uno, es como si diese una parte de mí en ellos, era como aquellos autores que escriben libros y consideran a cada una de sus obras acabadas como un hijo, fruto de su trabajo, la constancia y esfuerzo, pue

