Esa mañana, Lex decidió quedarse en casa. Aún se sentía débil y sabía que forzar su cuerpo podría empeorar las cosas. Se instaló en el sofá del salón, con un libro en las manos, aunque apenas lo hojeaba. En lugar de concentrarse en las palabras, sus ojos seguían a Fiona, quien se movía por la casa con energía, limpiando, organizando y asegurándose de que todo estuviera en orden. Había algo en su dedicación que lo desconcertaba. Lex no podía evitar notar cómo Fiona trabajaba con esmero, sin quejarse. Su manera de arreglar los cojines, limpiar las superficies y hasta de abrir las ventanas para que entrara aire fresco le parecía casi hipnótica. Algo dentro de él empezó a cambiar. Por primera vez, la veía con otros ojos, como alguien más que solo "la empleada". Lo que más le sorprendía era q

