Capítulo 17 – Jocelyn

1337 Palabras
No sé bien qué hora es, pero por la penumbra de la habitación y el peso de Maksim sobre mí, supongo que debe ser de madrugada. Siento su cuerpo firme, su respiración agitada mientras me embiste con fuerza, arrancándome un gemido ahogado que me estremece hasta los huesos. —¿Qué pasa? —me pregunta, y su voz suena genuinamente preocupada, como si notara algo en mis ojos que ni yo misma sé nombrar. Y es que, aunque adoro tenerlo así, poseyéndome con tanta intensidad, desearía poder hablarle de lo que me carcome por dentro: no quiero que seamos solo sexo, quiero algo más profundo, pero no sé cómo decirlo, y mucho menos cuando me devora de una forma tan exquisita que apenas puedo respirar. —¿Qué pasa? —repite, pero esta vez, en lugar de bajar el ritmo, me toma con más dureza, sus manos aferrándose a mis caderas mientras su pelvis choca contra mí y su m*****o se hunde en lo más profundo de mi ser. Embonamos perfecto, como si nuestros cuerpos estuvieran hechos el uno para el otro. Me encanta la forma en que me llena, en que me hace sentir completa, como si solo así pudiera ser yo misma.Aun así, no puedo evitar sentirme intranquila, un vacío que me recorre el pecho. Maksim lo nota y, sin detener su ritmo, me lo pregunta con la voz cargada de deseo y de algo más oscuro: —¿Cómo es que mi perra en celo está tan ausente hoy? Sé lo mucho que te gusta que te folle así, rudo, fuerte, para que confirmes que soy solo tuyo, que estoy loco por ti —gruñe, su voz cargada de deseo y posesión. Sus palabras, crudas y llenas de un amor retorcido, me hacen derramar lágrimas silenciosas que se mezclan con el sudor de mi piel. —¿Ya no soy suficiente para complacerte? Tan rápido te cansaste de mí—susurra con una mezcla de vulnerabilidad y rabia. Quiero hablar, pero no puedo. Siento un nudo en la garganta y en el corazón. Nunca imaginé que me viera como su dueña. Siempre pienso que cuando me toma así es para recordarme que él es el que manda, no yo. Entonces, como si algo en mí lo descolocara, Maksim detiene su embate y me observa con una mezcla de furia y preocupación que lo desarma. —Maldita sea, Jocelyn, ¿qué pasa? —exclama, y en ese instante se retira de mí, sus ojos buscando respuestas que yo aún no sé dar. No sé qué decirle, cómo encontrar mi propia voz para explicarle lo que me pasa, así que hago lo que mejor sé hacer: lo atraigo hacia mí, deseando que vuelva a cubrirme con su cuerpo, que me posea como antes y simplemente termine lo que empezó. Pero aunque sigue con esa erección imponente , aquella que me obliga a apartar la mirada por lo grande que es, tan perfecta y poderosa, él se niega, sus ojos fijos en los míos, leyéndome con una intensidad que me desarma. —¿Qué diablos pasa? ¿No me deseas? —me pregunta, haciendo una pausa que me da tiempo de notar su propio titubeo, su lucha por encontrar las palabras. —¿Estás pensando en Viktor? —su voz se quiebra en el aire, como un lamento mezclado con rabia—. ¿Es por eso por lo que estás ausente? ¿Preferirías que fuera él quien te tomara? Por Dios, ¿cómo puede siquiera pensar eso? —No soy estúpido, Jocelyn —gruñe, con un brillo feroz en los ojos—. Sabía que ibas a pensar en él mientras estuvieras conmigo, que su maldito fantasma iba a ser una sombra entre nosotros. Pero, puta madre, Jocelyn, realmente creí que al menos en la intimidad lograría apartarlo de tu mente. —¿Cómo puedes creer que estoy pensando en Viktor, sobre todo en un momento como este? —logro decirle entre lágrimas, mi voz temblando. Maksim aprieta los dientes y me observa con un brillo de desespero. —Precisamente te tomo todas las noches como sé que te gusta, porque creía que al menos mientras estoy dentro de ti no piensas en él. —Maksim —susurro, con la voz rota—, yo no estoy pensando en Viktor… eres tú quien lo trajo a este momento tan íntimo. —Entonces, ¿por qué diablos pareces tan ausente? —me pregunta, su voz cargada de frustración y angustia—. ¿Qué es lo que no te gusta? Solo dímelo. —Me encanta estar contigo —le digo, con lágrimas corriendo por mis mejillas—, realmente me encanta… pero ¿no lo ves? Quiero más que esto, quiero más que sexo. Te amo, sí, y hay un no sé qué que jamás me atreví a cuestionar, algo que me atrae hacia ti como si mi alma supiera que eres tú, que tú eres… —Mi destino —me interrumpe, con la voz ronca y la mirada encendida—. Eres mi destino, Jocelyn. Te amo. Nos quedamos así, en silencio, acurrucados el uno contra el otro, buscando consuelo en la calidez de nuestros cuerpos. El ambiente se llena de una quietud íntima, casi sagrada, mientras su respiración y la mía se entrelazan. Me sostiene junto a él, con sus brazos fuertes rodeando mi espalda y su palma sobre mi cintura, acariciándome con una ternura que nunca antes le había visto. —Maksim… —pregunto curiosa, con la voz temblorosa, mientras me abrazo aún más a su pecho. —¿Qué pasa, mi vida? —responde él con suavidad, su voz cargada de amor y deseo. —¿Qué te llevó a pensar que solo me gusta rudo, fuerte, salvaje? Él se gira para mirarme, sus ojos buscándome en la penumbra de la noche, en la privacidad de nuestra recámara. —¿No es así? —pregunta, su voz ronca, insegura—. ¿No te gusta? Tomo su rostro entre mis manos, acariciando sus mejillas. —Me gusta —le digo, con sinceridad—, pero… —hago una pausa, buscando las palabras—, a veces también necesito ternura, dulzura en el acto. Lo beso suavemente, acercándome aún más a él. Maksim me estrecha contra su pecho, rodeándome con sus brazos y acariciándome con delicadeza. Sus manos recorren mi espalda, mi cintura, subiendo y bajando con una ternura que me eriza la piel. —¿Qué más, mi amor? —me susurra al oído—. ¿Qué más te gustaría entre nosotros? ¿Qué más necesitas? Solo quiero que seas feliz y que estés feliz por estar a mi lado. —Maksim —susurro—, esas palabras que a veces usas… “perra”, “puta”… a veces me hacen sentir sucia, aunque sé que no lo dices para herirme. Maksim asiente con suavidad, su mirada cargada de arrepentimiento. —No lo sabía, Jocelyn —dice, con la voz grave y un dejo de tristeza—. Te prometo que no volveré a llamarte así. Me besa con una ternura desmedida, sus labios acariciando los míos con una dulzura que me hace temblar. Nos entregamos a un beso lento, profundo, cargado de amor y deseo. El ambiente se torna íntimo y erótico, con una delicadeza que me estremece. Sus manos recorren mi cuerpo con suavidad, acariciando cada curva con un respeto casi reverente. Su boca desciende por mi cuello, dejando un rastro de besos que encienden mi piel. Me penetra despacio, con movimientos elegantes y llenos de pasión, como si cada embestida fuera una caricia destinada a recordarme cuánto me ama. —No sabía que podía ser así… —susurro entre lágrimas, sintiéndolo en lo más profundo de mi ser. —¿Cómo, amor? —pregunta, mientras sus labios acarician mi frente. —Tan bello, tan suave —digo, con el corazón en un hilo. Maksim me besa con amor, susurrando entre cada beso: —Te amo, Jocelyn.
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