***Antes de la muerte de Viktor***
El zumbido del refrigerador fue lo primero que escuché al abrir los ojos. Después, un murmullo apagado que se colaba por el pasillo. Miré el reloj. Eran las tres de la mañana.
Me levanté. Caminé sin prisa, arrastrando los pies como si el suelo quisiera detenerme. El cansancio me pesaba en los huesos, pero no era físico. Era el tipo de fatiga que nace de lo inevitable. La luz del comedor seguía encendida. A esa hora, eso solo podía significar una cosa: algo había cambiado.
Y no para bien.
Al cruzar el umbral, los encontré ahí. Viktor y Roman. Cada uno con un vaso en la mano, una botella de vodka abierta entre ellos. No hablaban fuerte, pero no hacía falta. El silencio entre sus palabras decía más. El ambiente estaba cargado. Tenso. Como si el aire supiera lo que yo aún no.
—¿Todo bien? —pregunté con voz baja, apenas controlada.
Viktor levantó la cabeza. Sus ojos estaban rojos. No supe si por el alcohol, por el agotamiento o por algo más profundo. Pero su expresión era clara: había ganado algo. O creía haberlo hecho.
—Le pedí matrimonio a Jocelyn —soltó. Sin preámbulos. Como quien lanza una daga al centro de la mesa.
Mi cuerpo se tensó antes de que pudiera evitarlo. Fue automático. Un reflejo visceral. Me quedé en silencio, como si las palabras se me hubieran atragantado.
—Y dijo que sí —añadió, sonriendo como si todavía no lo terminara de creer.
Roman lo felicitó con una palmada fuerte en la espalda. Yo no me moví. Solo asentí con rigidez, fingiendo una sonrisa que no sentía. Sentí el pecho contraerse, como si me hubieran encajado una cuchilla desde dentro.
Me senté. No por comodidad. Lo hice porque mis piernas ya no querían sostenerme. No tenía palabras. Solo ese silencio denso que lo cubría todo.
—Tenías razón —dijo Viktor, mirándome directamente a los ojos.
Fruncí el ceño.
—¿Sobre qué?
—Sobre las mujeres —respondió, como si lo hubiéramos hablado ayer—. Dijiste que el sexo lo cambia todo. Que cuando una mujer se acostumbra a lo que le das, se vuelve dependiente. Dócil. Que te busca, que te necesita. Que no puede soltarte.
Negué con la cabeza.
—Eso lo dije en un momento de rabia. No era algo que creyera de verdad.
—Pero es real —respondió él—. Desde que la hice mía y no sabes cuánto te lo agradezco. Porque ella es exactamente así conmigo. Me busca. Me desea. Le gusta cuando soy salvaje. Cuando no le pregunto. Cuando la tomo porque puedo. Me lo pide, Maksim. Me lo suplica.
Apreté los dientes. Sentí cómo la rabia me subía por el cuello, pero no dije nada. No por falta de ganas. Sino porque si hablaba, se me iba a notar el dolor.
Sus palabras no dolían por lo explícito. Dolían porque hablaba de ella como si fuera suya. Y no solo suya en el cuerpo. Suya en todo. Como si Jocelyn hubiera sido diseñada para él.
Ella no me pertenecía. Nunca lo hizo. Pero en algún rincón de mí, siempre lo deseé. Con una fuerza que me asustaba.
Y ahora era demasiado tarde.
—No quise ser cruel aquella vez —murmuré, mirando fijamente la mesa—. Solo estaba enojado en general. Hablé sin pensar.
—Tal vez, pero fuiste honesto —replicó él, encogiéndose de hombros—. Y me ayudaste a entender algo importante: el amor no solo se trata de cuidar. Se trata de dominar. Y cuando una mujer como Jocelyn lo acepta… se entrega. Completamente.
Mi vaso seguía lleno. Lo alcé. Bebí. No por sed. Solo porque necesitaba hacer algo. Algo que no fuera levantarme y destrozarlo.
Roman, siempre el pacificador, intervino en el momento justo.
—Solo asegúrate de que ella también quiera lo mismo —dijo, en tono neutro—. Vera me contó algo... Jocelyn le dijo que necesita espacio. Que todo esto la está sobrepasando.
El vaso tembló entre mis dedos.
—¿Espacio? —preguntó Viktor, como si no entendiera el concepto—. ¿Después de aceptar?
—No dijo que no quisiera casarse —aclaró Roman—. Solo que está abrumada. Que no está segura. Y tú sabes cómo funcionan nuestras reglas. Una vez que se casen… ya no hay vuelta atrás.
Mi respiración cambió. El aire entró distinto. No está lista. No está segura.
Esa fue la primera grieta en el castillo de mármol que Viktor había construido a su alrededor. Y aunque yo no tenía derecho a mirar, me aferré a esa grieta como un preso que ve luz tras años de encierro.
—Está en sus días —dijo Viktor, con desdén—. Se pone así cuando no queda embarazada. Se frustra. Se culpa. Pero se le pasará. Y cuando nos casemos, la llenaré de hijos. Ya verás.
No pude soportarlo más. Me levanté.
—Voy al jardín.
No esperé que me detuvieran. Crucé la puerta sin mirar atrás. Ni siquiera sabía si podía mirarlos sin romper algo.
El aire me golpeó en la cara. No era frío. Pero me obligó a cerrar los ojos. No por descanso, sino por contención. Sentía la rabia burbujeando en mi estómago. Pero también algo peor: impotencia.
Jocelyn.
Mi pecado más silencioso.
No la toqué. No la besé. No le dije lo que sentía. No porque no lo deseara. Sino porque sabía que no podía. Porque decirlo era traicionar a Viktor. Y eso era una línea que no me atreví a cruzar.
Pero ahora la estaba perdiendo. Y él hablaba de ella como si ya no tuviera alma. Como si fuera una pieza más de su imperio personal. Como si solo sirviera para obedecer, complacer y parir.
¿De verdad le gustaba eso? ¿Ser tomada sin aviso? ¿Suplicar?
No quise imaginarlo. No porque no pudiera. Sino porque hacerlo me mataba.
Pero me prometí algo.
Si alguna vez ella dudaba, si alguna vez me daba una rendija, un instante de posibilidad… yo sería exactamente lo que ella necesitara. No para manipularla. No para poseerla. Sino para merecerla.
Porque sí. Quiero que sea mía. Pero libre.
—¿De qué sirve lo que yo quiero? —me susurré, apoyándome contra la pared—. Si al final, nunca podré tenerla.
Pero el eco de mi voz no me respondió.
Y en ese silencio, entendí algo: el amor que se calla, también quema. Tal vez más que el que se grita.