Capítulo 19 – Dominik

1357 Palabras
**************************************************************************** Roman jadeaba frente a mí, su cuerpo temblando bajo el control que yo le arrancaba con la boca. Ese hombre que podía ordenar una ejecución sin pestañear, ahora se aferraba a mis hombros como si yo fuera su único sostén. Yo sabía que lo nuestro era un sacrilegio … pero el deseo y el amor siempre fue el arma más peligrosa que empuñamos. Cuando lo sentí romperse dentro de mí, lo recibí sin dudar, como un condenado que acepta su propia cruz. En ese instante no existían códigos, juramentos ni anillos de matrimonio. Solo Roman y yo, ardiendo en el pecado que nos perseguía desde hacía años. El silencio, denso como humo de pólvora, se quebró de pronto. —Ya regresé, amor. ¿Puedes creer que la modista me cancelo la cita? —la voz de Vera heló el aire. Nos giramos al mismo tiempo. Ella estaba en el umbral, una visión peligrosa de ángel y demonio. Sus curvas eran el tipo de belleza que podía doblegar al más cruel de los capos, y el vestido que llevaba parecía confeccionado para recordar al mundo que era intocable. Roman, el hombre de hierro, apenas pudo articular palabra. Yo sabía bien que lo único que lo aterraba en el mundo era perder a Vera. —Vera, mi vida… puedo explicarlo… Ella no pareció escucharlo. Caminó hacia nosotros con pasos lentos, tan pesados como disparos en la sien. Yo, que había enfrentado torturas y confesiones arrancadas a gritos, cerré los ojos esperando su furia. Pero al detenerse frente a mí, su voz fue un filo de miel que me atravesó sin aviso: —¿Por qué no me invitaron? El mundo se quebró. Sus labios se posaron sobre los míos, suaves y letales. No hubo violencia, solo un poder oculto, una aceptación imposible. Y lo imperdonable fue que yo respondí. El beso de Vera me desnudó por dentro: siempre la había amado. A ella incluso mucho más que a Roman. Al separarse, me quedé sin aliento, reducido a un hombre desnudo ante su juicio. Entonces Vera giró hacia Roman. Su sonrisa y sus palabras fue la estocada final para ambos. —Mi amor… amo tu sabor en los labios de Dominik. Roman la miraba en silencio, atrapado entre el deseo y la culpa. Y yo, paralizado, comprendí que el verdadero crimen ya no era haber compartido a escondidas. Era negar lo que los tres habíamos estado destinados a vivir. **************************************************************************** Entonces fue cuando abrí los ojos. El cuarto estaba oscuro y vacío, la realidad golpeando mi pecho como una resaca de violencia. Otra vez ese sueño. Otra vez el recuerdo del día en que la verdad salió a la luz y descubrimos que Vera no solo no temía a nuestros sentimientos, sino que estaba dispuesta a vivir con nosotros en esa sombra compartida que llamábamos amor. Un amor sagrado entre los tres. Un amor prohibido ante la sociedad. Pero sin lugar a duda nuestro único refugio. —¿Estás bien, Dominik? —la voz de Johanna irrumpió en mis pensamientos como un destello imprudente. Giré la cabeza hacia la puerta y ahí estaba, apoyada en el marco, observándome con esos ojos que parecían siempre desnudarme. —Johanna —mi voz salió más grave de lo que esperaba—. Te he repetido que no debes entrar sin tocar. No hubo dureza en mis palabras, pero sí una advertencia velada. Ella lo sabía. Lo entendía. Sin embargo, Johanna tenía esa forma de mirarme, esa forma de inclinar la cabeza y sonreír apenas, que volvía inútiles todos mis intentos de reprenderla. —No te molestes —dijo con suavidad, caminando hacia mí como si el espacio entre nosotros le perteneciera—. Solo me preocupo por ti. El aire se volvió más pesado entre los dos. Su inocencia se mezclaba con la audacia de alguien que había visto demasiado, sufrido demasiado, como para temerme realmente. Y eso me desarmaba. —El desayuno ya está listo —añadió, con un tono ligero, casi cotidiano, como si nuestras vidas fueran normales. Me levanté, pasándome una mano por el rostro, y la seguí hasta la cocina. Sobre la mesa había pan tostado, café y un par de frutas. Algo simple, improvisado… pero que, al venir de sus manos, tenía el sabor de un banquete. Johanna se sentó frente a mí y fingimos normalidad, como si la rutina pudiera borrar el peso de los días. Pero mis recuerdos no me daban tregua. Las balas en el muelle seguían persiguiéndome, el olor a pólvora, los gritos. La mafia italiana me había tendido una emboscada durante la entrega de armas, y no me cabía duda de quién había vendido mi ubicación: Ilya. Su traición no quedaría sin castigo, Roman se encargaría de eso. Yo apenas logré escapar, abriéndome paso entre disparos. Y en medio de aquel infierno la vi: Johanna. No formaba parte del plan. Estaba allí, prisionera del mismo cliente que debía recibir mi cargamento. Atada, marcada por los golpes, con el miedo tatuado en la mirada. Una sombra rota. No lo pensé. No podía. La arranqué de ese lugar sin medir consecuencias. Desde ese instante su vida se enlazó a la mía, como si el destino hubiera decidido que dos almas quebradas podían sobrevivir solo juntas… aunque fuera escondiéndose en la oscuridad. La observé mientras mordía un trozo de pan con una calma engañosa, como si no percibiera el huracán que aún ardía en mi interior. Y lo entendí con brutal claridad: no podía volver con los míos, no podía regresar a ese mundo de hierro y pólvora, sin antes asegurarme de que Johanna estuviera a salvo y nadie volviera hacerle daño. —Dominik —dijo entonces, rompiendo el eco de mis pensamientos nuevamente, con esa voz que parecía tocar fibras que yo había enterrado hace años—. ¿Hasta cuándo vamos a vivir así? No tuve respuesta inmediata. Solo me quedé viéndola, consciente de que esa pregunta no era un reproche, sino una súplica que aún no podía concederle. Porque allá afuera nos buscaban. Y yo aún no había decidido si el mayor peligro era la mafia italiana… o mi propia gente. ¿Qué harían Roman y su familia si descubrían lo de Johanna? Solo tenía una última esperanza… —Iremos este viernes a la residencia de un amigo — le dije — De ahí decidiré que haremos después. —¿Vas abandonarme? — el miedo en la voz de Johanna casi me hizo levantarme para envolverla en mis brazos, pero me contuve. —Nunca — le asegure. — Te jure protegerte y es lo que hare. Aquellas palabras parecieron bastar para Johanna, que después de años de abusos solo deseaba no regresar jamás al infierno del que había escapado. Pero lo que ella no sabía era que, si no éramos cuidadosos, podía aguardarle un destino aún peor. Yo debía ser precavido, más que nunca porque desde que nos arrebataron a Vera, Roman dejó de ser el hombre que conocí. Vera era la única capaz de traer luz a su oscuridad y, sin ella, se convirtió en un demonio desatado. Nuestra relación murió el mismo día que la perdimos; aunque me mantuvo a su lado, ya nunca más fue capaz de mirarme como antes, nunca más fue capaz de estar conmigo. Yo quedé reducido a un espectador de su caída, obligado a seguir sus pasos en silencio. Y era precisamente ese hombre en el que se había transformado lo que me atormentaba. Si llegara a descubrir lo que hago con Johanna—cuidarla, alimentarla, protegerla—su reacción sería impredecible. Podría verlo como una traición, como un desafío a la oscuridad en la que eligió vivir. Pero yo no busco eso. Solo quiero llevar a Johanna a un lugar donde pueda ser feliz, lejos del eco de los disparos y del peso de nuestras cadenas. Enfrentar a Roman exigía más que cautela: exigía un plan. Y sabía que solo existía una posibilidad: Maksim. Únicamente él podía ayudarme. El problema era lograr llamar su atención… y no podía hacerlo por las vías convencionales ya que tampoco debía de enterarse de la existencia de Johanna.
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