—No puedo creer que hayas hecho eso, Wilden, ¿estás consciente de lo que hiciste? —lo encaré. —Claro que sí, yo sé muy bien lo que hago y cómo lo hago. Eres mi esposa, Lorena, solo mía. —¡Eso es peor para ti! Porque al menos yo tengo mi conciencia tranquila de que no he fallado y tú… aún estando casado te metiste con quién sabe cuántas mujeres —le reclamé. Wilden solo se llevó una mano a la cabeza, como si ya lo tuviera aburrido el tema de las mujeres con las que se acostó. De solo pensarlo, me da asco y ni quiero verlo. —¿Nunca vas a dejar ese tema, verdad? No tuve el valor de firmar esos papeles, los veía y los veía y en el fondo no quería dejarte libre, siempre he querido que seas para mí y así seguirá. —Mejor cállate, no sabes lo que dices. —No te enojes, seguimos casados, cariño.

