CAPÍTULO 4

1268 Palabras
HUGO DI SANTI –Habrá una fiesta en el bar L’Emporio. Marcelo envió la invitación. Es en dos semanas– me reclino en mi asiento dando vuelta al anillo en mi dedo. Algo de diversión no me vendría mal. –Quiénes asistirán– Sofía clava su mirada en mí. Sabe lo que significa. –Montclair, Duval, Ferreira. Tus amigos de toda la vida– tuerzo el gesto. No tengo amigos, solo aliados, pero no deseo discutir ahora. –Dile a Marcelo que asistiré solo si alista una sala VIP para mí. No quiero a nadie desconocido en el lugar. Que sean los mismos empleados de siempre– asiente. Sofía sale de la sala furiosa tumbando a Carlos que ingresa. –Hoy está más fiera que nunca– –Solo necesito que sea productiva, lo demás no me interesa– reviso los correos sobre algunas de las empresas que tengo en el extranjero. Recibo un reporte mensual. Al parecer todo está en orden. –Necesitas algo– hablo al hombre que se mantiene a un lado esperando que termine con mis asuntos. –Recibí un mensaje de Leonardo y me dijo que el transporte de las joyas se retrasó un poco– me detengo. Levanto la mirada fúrico. Ese encargo tendría que llegar mañana. –Qué pudo retrasar un viaje directo– Carlos me entrega un reporte. –La guardia marina, han estado muy quisquillosos con las embarcaciones. Si bien no hay problemas con el cargamento pero sí supone un retraso– golpeo la madera, me pongo de pie para servirme un trago. –Y los hombres que sobornamos ¿Qué pasó con ellos? – no entregue dinero a un montón de ineptos. Voy a destrozarlos con mis propias manos. –Dicen que no pueden hacer nada– vuelvo añicos el vaso en la pared. Mis puños golpean el pedazo de madera. –Quiero los nombres. Cuando lleguen al puerto los quiero muertos– Me pongo de pie y avanzo a la salida. Me amargaron la maldita tarde. Tomo el celular intentando comunicarme con Leonardo, contesta al segundo tono. –¡Dime qué jodida mierda ha pasado! – se escucha ruidos extraños, la voz se entrecorta hasta que la llamada se pierde. Insisto un par de veces y nada. Tomo mi chaqueta y salgo del lugar encaminandome al único lugar que me genera paz. Cuando compré esta propiedad lo primero que hice fue recorrerla. Ver puntos estratégicos en caso de alguna emboscada. Está en medio de la nada, lejos de la civilización. Solo pueden llegar aquí en auto. Avanzo por el sendero pasando entre los árboles. El ruido de las aves es lo único que escucho. Cuando estoy molesto voy a ese lugar. Me muevo entre las grandes rocas hasta escuchar el sonido de la cascada. Me despojo de la ropa y me sumerjo en el agua cristalina. Está fría, pero ayuda a calmar mi humor. Tengo ganas de aniquilar a lo que se me ponga por delante. Recuesto los codos en la orilla, mi mente recuerda acontecimientos pasados. Me relajo y cierro los ojos. Lo recuerdo todo. Yo siendo torturado por mi padre, mi madre llorando pidiendo perdón. Sangre, mucha sangre. Hay pesadillas que jamás desaparecen, fantasmas que siempre vuelven a recordarte qué eres y lo que hiciste. La vida te cobra lo hiciste, devolviendo las barbaridades que causaste, pero no me retracto. No tengo una debilidad, mi gente son solo eso, personas que están a mi lado por el dinero que pueden obtener. A mis 36 años no he necesitado de nadie para avanzar. Y así lo será hasta que muera. Salgo dejando que el agua escurra. Me pongo el pantalón y me encamino de nuevo a mi hogar, lo que por ahora llamo así. Las semanas transcurren sin muchas novedades. El cargamento llegó con días de retraso pero pude llegar a un trato con su comprador. Me coloco una chaqueta oscura por encima de la camisa del mismo tono. No me van los trajes elegantes. Eso se los dejo a los empresarios que aparentan demostrar algo, “Poder” y se cagan de miedo cuando me les pongo por delante. Tomo el reloj de mi cómoda y rocío un poco de perfume. Estas semanas mi tiempo ha estado limitado, no he tenido tiempo para divertirme. Tengo demasiada carga acumulada que necesito liberarla y qué mejor que una mujer para eso. Salgo de mi habitación que está en el segundo piso, me encuentro por los pasillos a Sofía que porta un vestido azul entallado. Decidió acompañarnos a la fiesta del bar de Marcelo. Mal por ella. –Te ves muy bien Hugo– el cabello se lo ha peinado hacia atrás y esta vez usa un maquillaje cargado. Observo su cuello notando una de las joyas que le regalé en su cumpleaños número 25. –Dile a Carlos que aliste todo, que más de nuestros hombres nos acompañe y se queden en lugares fijos– paso por su lado bajando las escaleras. Cuando todos estamos en las camionetas, salimos de la mansión. Sofía decidió subir en el mismo auto que estoy. –Mi hermano ya está en el bar haciéndose cargo de tus peticiones– ajusta su chal blanco. No me apetece hablar en estos momentos así que la ignoro. Se cruza de piernas viendo la ventana. –Por qué buscas en otros lugares lo que podrías obtener fácilmente en el lugar correcto– Carlos nos mira por el espejo. Continua. –Es que no lo entiendo. Podrimos tener sexo sin sentimientos como tanto te gusta, Hugo. Yo podría complacer todos tus deseos– podría, pero no lo quiero así. La necesito como una aliada, no como una puta que puedo coger cuando me venga en gana. Me relajo en el asiento escuchando sus parloteos. –¡Hugo!– grita. El auto se detiene. –Señor, hemos llegado– asiento bajándome del vehículo y dejando atrás a esa mujer fastidiosa. Mi jefe de seguridad me sigue detrás. –Mantén a Sofía lejos de mí. Que su hermano se encargue de ella– Asiente y me encamino a la entrada que está atestada de gente. Al parecer hoy hay celebración de un montón de universitarios. Llevo las manos a mis bolsillos y avanzo chocando con una mujer de cabellera pelirroja que se disculpa antes de avanzar. No pude ver su rostro, pero si lo que lleva puesto. Desentona con el lugar. Va acompañada de otra mujer. Las ignoro y me encamino a las habitaciones VIP que ha sido preparadas para mi. Las puertas se abren encontrándome con Duval y Ferreira que mantienen a dos mujeres sentadas en sus piernas, todas en lencería diminuta con colores oscuros. Algunas mujeres yacen en un tubo bailando de forma sensual. El ruido es bajo dando al ambiente algo de equilibrio. –Creí que ya no vendrías Di Santi– habla Duval ofreciendo un trago. Sus ojos están vidriosos a causa de la droga que ha consumido. No comparto su forma de diversión. La probé una vez. Suficiente. La mujer que tiene a un lado se arrodilla quitando la correa de su pantalón liberando su erección. –Creíste mal– bebo de golpe el trago. Una de las mujeres avanzan en mi dirección quitándose el abrigo de piel que usa, dejando su torso cubierto por collares largos dorados. El cabello se lo ha recogido en una coleta alta. Mi mirada se desvía a la puerta en donde la pelirroja pasa caminando sola. No vuelve aparecer. ¿Estará perdida?. No me interesa. La noche apenas empieza y yo estoy listo para disfrutarla.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR