Narra Bayron La conciencia me invade lentamente en las horas de la mañana, pero no es el mundo centrado con el que me despierto: es el pánico de Rocío. Su respiración sale en ráfagas cortas y el frenético golpeteo de sus dedos contra la pantalla del teléfono perfora el silencio de la madrugada. —Maldita sea—murmura en voz baja, mientras una serie de maldiciones siguen mientras llamada tras llamada parece desaparecer en el vacío. —Rocío—digo, con la voz áspera por el sueño, pero no hay tiempo para eso ahora—¿Qué ocurre? Ella se voltea hacia mí, con los ojos muy abiertos y temerosa, y eso es todo lo que necesito ver. —No puedo localizar a mi tío. Es Adam. No puedo dormir sin saber dónde está, y algo me dice que mi tío lo está escondiendo en alguna parte. El nombre por sí solo pone to

