Capítulo 15

2011 Palabras
LUCIANA Ya era hora. Mientras el variado grupo de padres y alumnos entraba al salón, intenté no mostrar lo completamente aterrada que estaba. No eran solo los nervios normales que habría sentido en mi primera jornada de puertas abiertas en cualquier otra escuela. Estas no eran las mismas personas con las que había crecido. Kurt Wright era una de las escuelas privadas mejores, más exclusivas —y más caras— de Seattle, lo que significaba que la gente también era la mejor, la más exclusiva —y la más rica— de la ciudad. Los padres, por lo general mayores, vestían trajes, con algún que otro joven magnate de startups usando suéter entre ellos. Las madres elegantes llevaban trajes sastre, blazers o vestidos de moda pero conservadores. Todas tenían más joyas en los dedos, el cuello o las orejas de las que yo había visto jamás. Parecía haber más madres que padres, y algunas personas que no parecían ser ni una cosa ni la otra. Supuse que serían niñeras o tutores, aunque algunos hombres y mujeres de cabello plateado bien podían ser abuelos. Y luego estaban los niños. Todos pulcros, bien arreglados y nítidos, completamente distintos a los niños que habían formado parte de mi vida. Incluso los chicos más acomodados de las escuelas a las que asistí al crecer no se comparaban con los que caminaban por aquí como si el mundo les perteneciera. Debía de ser agradable haber nacido con ese tipo de seguridad. Diablos, ojalá yo tuviera ese tipo de seguridad siendo adulta. Tenía demasiados pensamientos en la cabeza. El más ruidoso era que los padres sabrían que yo no pertenecía ahí, que no estaba calificada para enseñar a sus adorados bebés. Que me verían como demasiado joven, demasiado pobre o proveniente de la escuela equivocada, del lado equivocado de las vías. Simplemente equivocada en todos los sentidos que importaban. Aun mientras todos esos pensamientos desfilaban por mi mente, seguí sonriendo y saludando a todos los que se acercaban, tratando al mismo tiempo de recordar respirar. Los niños eran educados, aunque tenía la sensación de que algunos lo eran solo porque sus padres estaban presentes. Supuse que descubriría quiénes serían los niños problemáticos una vez que todo comenzara de verdad. Algunos padres fueron amables, pero la mayoría fue brusca, tratándome del mismo modo en que imaginaba que trataban a todos sus empleados. Porque eso era lo que yo era en su mente. Una empleada. Una madre joven entró y echó un vistazo al salón con una expresión inmediata de desaprobación. Sujetaba a su hijo por los hombros —un niño rubio, con los costados rapados y el cabello cuidadosamente partido arriba—. Parecía incómodo más que rebelde, lo cual era bueno, ya que estaba bastante segura de que no estaban ahí solo por curiosidad o para ver dónde estaría su hijo dentro de uno o dos años. Solo me faltaban dos alumnos por conocer, y tenía la sensación de que ese niño era uno de ellos. —¿Cuántos niños hay en esta clase? —me preguntó, con un tono cortante. —Dieciocho en total —respondí, ofreciéndole la mano—. Soy Luciana Infante. Es un placer conocer— —¿Dieciocho? —bufó la mujer, ignorando el saludo—. ¿Cómo se supone que Skylar reciba la atención adecuada con tantos otros niños aquí? La forma en que dijo la palabra hizo que me dieran ganas de preguntarle qué creía que era su precioso Skylar, si no un niño. Pero sabía comportarme. Tenía mucha práctica guardándome mis pensamientos y fingiendo que todo estaba bien cuando no lo estaba. Estas personas quizá sabían poner buena cara para la sociedad educada, pero eso no era nada comparado con las lecciones que había aprendido al crecer. Lo que significaba sonreír y fingir que no quería decir algo completamente inapropiado para oídos infantiles. —Hola, Skylar, soy la señorita Infante —dije, inclinándome un poco para quedar a su altura—. Es un gusto conocerte. —Igualmente —respondió Skylar con timidez. —Es un gusto conocerte también —articuló su madre con cuidado cada palabra. A él, no a mí. Skylar repitió exactamente lo que ella había dicho. Tenía la expresión tensa y frustrada de alguien acostumbrado a repetir las cosas cuando su madre lo corregía. Algo que, al parecer, ocurría con frecuencia. —Siéntanse libres de tomar asiento donde quieran —dije, sin abordar su comportamiento—. Empezaremos en un momento. —Yo me quedaré de pie —me dijo la mujer, empujando a su hijo por los hombros como si fuera una carriola. Volví a revisar la lista de asistencia aunque ya sabía el nombre de la alumna que aún no llegaba. Evanne Da Silva, inscrita por su madre, Keli Miller. O iban retrasadas o no se molestarían en asistir a la jornada de puertas abiertas. En cualquier caso, era hora de empezar. Cerré la puerta del salón, me tomé un segundo para tranquilizarme y luego me volví hacia los padres y alumnos con los que trabajaría ese año. Tras saludarlos con cortesía y recordarles mi nombre, pasé directamente al plan de estudios, las políticas y procedimientos de la escuela, las expectativas del aula y los estándares generales. Luego abrí el espacio para preguntas. Probablemente una mala idea. Me bombardearon con preguntas, pero de algún modo logré recordarme respirar y me mantuve serena todo el tiempo. Cuando terminé, les informé que había refrigerios disponibles, pero que también podían quedarse para hablar conmigo o entre ellos. Pareció una eternidad hasta que hubo una pausa en el flujo de padres con todo tipo de preguntas curiosas, pero al mirar el reloj vi que aún faltaban noventa minutos antes de que siquiera pudiera pensar en irme. Justo cuando tomaba un sorbo de mi botella de agua, una mujer mayor, quizá de unos cincuenta y pocos años, entró apresuradamente al salón, sosteniendo de la mano a una niña que saltaba, con largos rizos castaños oscuros y ojos azules brillantes. —¡Hola! —dijo la mujer, respirando agitadamente. Era baja y delgada, con el cabello castaño rojizo salpicado de canas—. Lamento mucho llegar tarde. El papá de Evanne tenía una reunión de trabajo y se me olvidó por completo lo de esta noche hasta hace media hora. —No hay ningún problema —dije con una sonrisa—. ¡Hola, Evanne! Soy la señorita Infante. Es un gusto conocerte. —¿De verdad? —preguntó, genuinamente sorprendida. Reí suavemente, sin querer que pensara que me burlaba de ella. —¡Claro! Tengo muchas ganas de ser tu maestra. Sonrió y levantó la mano. Le di un choque de palmas. Ya me caía bien, y si no tenía cuidado, iba a empezar a tener favoritas. —Y usted debe de ser la… —dejé la pregunta en el aire para no hacer una suposición potencialmente ofensiva. —La abuela —respondió. Sus ojos castaños oscuros eran cálidos—. Soy Theresa Da Silva. —Luciana Infante —dije, estrechándole la mano. —Encantada de conocerte, Luciana. Le creí. Parecía el tipo de mujer que no fingía, sin importar cuán impopular pudiera ser su opinión o sentimiento. —Lamento de nuevo haberlas hecho esperar. —¡Intenté correr lo más rápido que pude! —intervino Evanne. —Me costó trabajo seguirle el paso —admitió Theresa. Yo también me reí. Eran una pareja encantadora. —Debes ser una corredora muy rápida, Evanne. —Estoy entrenando para ser velocista de maratón —dijo con seriedad—. O bombera. Aún no me decido. Metas impresionantes. —Puedes ser ambas. Consideró mi afirmación con una gravedad que superaba su edad. —Tal vez. Pero solo correré en el recreo. Sé que no se corre en clase a menos que sea una emergencia. —Una niña sabia. Theresa le acarició la cabeza, con orgullo y amor brillando en sus ojos. —Me temo que no estoy del todo preparada para esto —admitió Theresa. Sostenía un rollo de papel verde que reconocí como uno de los horarios escolares enviados a casa. —No se preocupe. Esto es solo para que usted y su nieta me conozcan y tengan una idea de cómo será el próximo año escolar. —¿Le importa si hago algunas preguntas sobre el horario? Sonreí. —Para nada. Alguien a mi derecha se aclaró la garganta. Miré al matrimonio que estaba a un par de metros. Por sus expresiones, empezaban a impacientarse. Theresa siguió mi mirada. —Lamento de nuevo no haber estado aquí antes para recibir toda esta información. —¡Perdón! —añadió Evanne. Sonreí y les dije que no se preocuparan. No iba a apartarlas solo porque alguien más creyera merecer mi atención antes. Theresa y yo conversamos brevemente sobre los objetivos de aprendizaje del año, y ella tomó algunas notas en su teléfono inteligente, sorprendiéndome lo bien que manejaba la tecnología. —¿Puedo hacer sprints en el gimnasio? —preguntó Evanne de pronto, metiéndose de nuevo en la conversación. —Por supuesto —respondí—. El gimnasio no es un salón de clases, después de todo. —Quiero ser la niña más rápida del mundo. Como un guepardo. Curvó los dedos como si fueran garras. —Eso es muy rápido —dije, riendo ante su imitación. —Papá dice que si trabajo duro, puedo lograr cualquier cosa. —Él cree mucho en el trabajo duro —dijo Theresa. Algo en la forma en que lo dijo me hizo preguntarme si no era la primera vez que tenía que llevar a su nieta a eventos porque su hijo estaba trabajando. A menos que se convirtiera en un problema para Evanne, sin embargo, no era asunto mío. —Se necesita mucho esfuerzo para ser la corredora más rápida —dije, enfocándome en Evanne—. Y para ser la mejor estudiante que puedas ser. Creía en impulsar a los alumnos a alcanzar su potencial, pero también sabía que eso no siempre significaba lo mismo. Algunos nunca estarían en la cima académica, y eso no tenía nada que ver con la inteligencia real. Una de las cosas que quería transmitirles a todos mis alumnos era que haría todo lo posible por ayudarlos a tener éxito. —Voy a esforzarme mucho —dijo Evanne, asintiendo con determinación. —Eso le gusta oír a la abuela —Theresa me guiñó un ojo. —A mí también —dije—. Creo que nos vamos a llevar de maravilla, Evanne. —Yo también, señorita Infante —respondió Evanne, radiante. Qué encanto de niña. —Por mucho que esté disfrutando hablar con ustedes, hay algunas personas más esperando para hablar conmigo —dije—. ¿Tenían alguna otra pregunta? Evanne levantó la mano. —¿Sí, Evanne? —¿Habrá días de pizza? —¡Evanne! —rió Theresa—. No todo gira en torno a la pizza, ¿sabes? Con las estrictas restricciones alimenticias que muchos padres seguramente tenían para sus hijos, me pregunté cuántos niños buscarían en la escuela un pequeño respiro. —Aún no he visto el menú, pero me aseguraré de revisarlo —le guiñé un ojo—. A mí también me gusta la pizza. Evanne soltó una risita, y fue una nota positiva perfecta para cerrar esa interacción. —Fue un gusto conocerlas —dije, estrechándole la mano a Theresa otra vez y dándole a Evanne otro choque de palmas—. Siéntanse libres de socializar y conocer a los demás padres y alumnos. Disfruten el resto del fin de semana largo y empezamos con todo el martes por la mañana. Mientras se alejaban, las observé irse, sintiéndome mejor con este trabajo de lo que me había sentido en días. Tal vez, si me enfocaba en los niños y me mantenía lejos de Cornelius Harvey, esta sería una oportunidad tan buena como la que había esperado originalmente. —Espero que esto no se vuelva una costumbre, señorita Infante. ¿Sabe cuánto gano por hora? Pensándolo bien, quizá no.
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