Capítulo 16

2482 Palabras
Ariel Contrario a lo que dicen los cuentos de hadas clásicos, las madrastras son una bendición. Mi madre no llevaba ni un año de haber muerto cuando mi padre regresó de un viaje de negocios a Estados Unidos y dijo que había conocido a alguien. Cinco meses después, Theresa Gracen Carideo se convirtió en mi madrastra y trajo consigo a cuatro hijos: Austin, Rome, Paris y Aspen. Pasé de ser una de cinco a ser una de nueve, y lo resentí. Theresa había enviudado, así que no solo entendía la pérdida, sino que también había ayudado a sus propios hijos después de que su padre murió. Las cosas no mejoraron mágicamente entre nosotros, pero fue tan paciente conmigo y con mis hermanos como lo fue con sus hijos biológicos, y con el tiempo desarrollamos una relación maravillosa. Lo suficientemente maravillosa como para que, después de acostar a Evanne el jueves por la noche, yo llamara a Theresa. A la mañana siguiente ya estaba en mi casa. Como Evanne era la única nieta de mi lado de la familia, cualquier oportunidad de pasar más tiempo con ella se recibía con entusiasmo, pero yo sabía que Theresa habría ido aunque tuviera veinte nietos. En cuanto cruzó la puerta, me recorrió una oleada de alivio. Me pasé la vida intentando hacerlo todo sola, y Theresa siempre estuvo ahí para decirme que no tenía por qué hacerlo. Nunca me presionó, pero en el momento en que Keli se fue en el auto, supe exactamente a quién tenía que llamar. Y Theresa no me falló. Papá también habría venido, pero se había ido a Edimburgo por unos días. Aunque técnicamente me entregó MIRI cuando cumplí veintiún años, todavía le gustaba visitar distintos sitios, sobre todo allá en casa. Theresa se ofreció a llamarlo, pero le pedí que no lo hiciera. Él habría regresado de inmediato para intentar arreglar las cosas, pero esto no era algo que se pudiera arreglar. O al menos no en la forma en que la mayoría pensaría que debe arreglarse. Y tampoco era algo que yo realmente quisiera arreglar así. Papá era el tipo de hombre que querrías tener cerca si necesitabas pelear por Evanne. No era malo ni nada por el estilo, pero yo sabía que se volvería loco al sentir que no había nada que pudiera hacer. Lo que yo necesitaba era lo que Theresa me había dado: ayuda con Evanne mientras yo entendía lo suficiente como para funcionar en el nuevo rol que me habían impuesto. Se me estaba yendo de las manos, sí, pero amaba a mi hija. Solo que me habían agarrado desprevenida. Tener a Theresa durante el fin de semana largo, mientras yo me adaptaba y hacía las llamadas necesarias para asegurarme de que los papeles de custodia estuvieran en orden, fue una bendición. Lo último que necesitaba era que Evanne saliera lastimada y yo no pudiera cuidarla bien porque Keli hubiera pasado por alto algo en el papeleo. Hoy en la mañana, a las cinco, llamé a mi asistente para decirle que llegaría tarde porque tenía que llevar a mi hija a la escuela. Se quedó en silencio un momento —adaptándose a la sorpresa, supongo—, pero luego me recordó mi reunión por videollamada a las seis y media con el director de Dherma Security Services, una empresa de seguridad que llevaba siete meses intentando adquirir. Si la cancelaba o intentaba reprogramarla después de estar meses insistiendo con Hiram Claudel, jamás tendría una segunda oportunidad, y MIRI perdería un dineral. Aunque era una empresa enorme, de varios miles de millones, empleábamos a cientos de miles de personas en todo el mundo, lo que significaba que si yo no hacía mi trabajo, la gente sufriría. Así que me tragué el orgullo y fui a buscar a Theresa. Madrugadora, ya estaba en la cocina, y en cuanto me vio, algo se le cruzó por la cara. Le expliqué el problema y la tranquilicé diciéndole que ya había revisado dos veces para asegurarme de tener la tarde libre, específicamente para recoger a Evanne después de su primer día de clases. Theresa no estaba contenta, pero aceptó ayudarme. Otra vez. Sin embargo, esta sería la última vez, porque Theresa se regresaba a casa esa tarde. Mi hermanastra, Paris, volvía a Estados Unidos después de pasar meses fuera en su excavación más reciente. No podía pedirle a Theresa que perdiera tiempo con su hija solo porque yo estaba batallando para adaptarme a este cambio raro de circunstancias. Por eso me sorprendió cuando Theresa volvió a entrar a la casa, menos de dos horas después de irse a llevar a Evanne a la escuela. —¿No llega el avión de Paris esta noche? —pregunté cuando Theresa entró a mi oficina. Se sentó frente a mí e ignoró mi pregunta para hacer la suya. —¿Cómo te fue en la reunión? Suspiré y me pasé la mano por la mandíbula. —No tan bien como habría querido. Hiram quiere que vaya a San Diego una semana para ver cómo maneja las cosas antes de siquiera considerar mi oferta. —¿Cuándo te vas? La miré, sorprendida. —No voy. Ahora tengo a Evanne. No puedo simplemente irme por una semana. Theresa sonrió; sus ojos se suavizaron, entibiados por el orgullo. Hacía tiempo que no veía esa expresión. —Confío en que vas a encontrar la manera. Siempre has sido buena para eso. Me froté las sienes. —Gracias por llevarla a la escuela hoy. —Está bien necesitar ayuda, ¿sabes? —su voz era suave, como siempre que me hablaba. Después de tantos meses de resentirla por ocupar el lugar de mi madre, fue la forma en que Theresa me hablaba lo que al final logró atravesarme. Me hablaba como a una adulta, como a una igual. No intentaba consentirme ni reconfortarme, aunque yo sabía que lo habría hecho si se lo pedía. Pero no lo hice. Yo había sido autosuficiente. Eran los demás quienes necesitaban esa parte de tener una madre. Antes de que la conversación se pusiera demasiado sentimental, volví a un tema seguro. —Ya me encargué de despejar mi agenda y de poner al día a un par de personas. Puedes regresar a casa antes de que llegue Paris. —Viene con una semana de retraso —dijo Theresa con una sonrisa indulgente—. Eso significa que puedo quedarme un poco más, si quieres. Debería haberle dicho que no pasaba nada, que podía volver a su vida. Puede que no necesitara trabajar, pero no era una persona ociosa. Participaba en varias juntas de beneficencia y además era de las pocas mujeres como ella que se involucraban de verdad en todo. Mi madrastra era otra cosa. Todas esas eran razones por las que debería haberla tranquilizado y decirle que estaría bien. Pero no pude. Si yo fuera la única que podía salir lastimada si metía la pata, lo habría intentado igual. Pero no podía arriesgarme a que Evanne se lastimara, física o emocionalmente. —Por favor —dije en voz baja—. Voy a intentar hacerlo yo sola, pero me ayudaría tener respaldo unos días más. Theresa se puso de pie. —Tú puedes con esto, Ariel. —Se inclinó sobre el escritorio y me apretó la mano. —Gracias, mamá. —No usaba ese título a menudo porque el recuerdo de mi madre seguía muy presente incluso después de tantos años, pero ella entendía por qué. Sus hijos mayores eran igual con mi papá. Pero había momentos en que nuestros padres necesitaban saber que, sin importar cómo les llamáramos, entendíamos lo importantes que eran en nuestras vidas. —No tienes nada que agradecer. —Rodeó el escritorio y me besó la coronilla como si yo fuera una niña—. Disfruto cada minuto que paso con mi nieta. Es extraordinaria. Y lo era. Ya lo sabía, pero tenía la sensación de que cuanto más tiempo pasara con ella, más lo apreciaría. Eso no evitó que yo estuviera furiosa cuando hablé con Keli por teléfono el sábado en la noche. El hecho de que me hubiera ignorado la llamada del viernes tampoco ayudó. Al menos conseguí algunos detalles más sobre qué había provocado el cambio tan repentino. Alessandro le dijo a Keli desde el primer momento que no quería hijos, pero cuando ella todavía veía lo de ellos como algo casual, no fue un problema. Cuando él le dijo que su tiempo en Estados Unidos había terminado y que regresaría a Italia, ella entró en pánico. Ese pánico hizo que Alessandro la invitara a mudarse con él. Pero a ella sola. Al parecer, todo eso le recordó a Keli que, antes de Evanne, ella tampoco quería hijos. Amaba a nuestra hija y nunca la trató con resentimiento, pero por primera vez me dijo que sentía que su vida había estado en pausa esos últimos ocho años. La oportunidad que Alessandro le ofrecía no era solo estar en una relación más seria con él, sino vivir un poco de esa existencia sin hijos que siempre había querido. La culpa se le notaba cuando prometió que volvería para visitas regulares e insistió en que de ninguna manera estaba abandonando a su hija. Pero cuando le pregunté por qué no había venido a hablar conmigo para llegar a un nuevo acuerdo amistoso, no pudo darme una respuesta directa. Sospeché que pensó que yo me negaría rotundamente a cambiar la custodia, o que, como mínimo, la ataría en tribunales hasta que Alessandro ya no la quisiera. Mi instinto me decía que eso tenía más peso de lo que incluso yo quería admitir. Tenía más miedo de perder a un hombre que de la felicidad de su hija. Entendía que los planes de Keli se descarrilaron cuando se enteró de que estaba embarazada, pero el camino que eligió para recuperarlos no era el correcto. Yo lo iba a hacer mejor. No comparándome con Keli, sino comparándome conmigo misma. No era perfecta y sabía que eso no cambiaría, pero haría todo lo posible por ser un mejor hombre para mi hija. Empezando por recogerla de la escuela. Podría haber pedido que un chofer nos llevara, pero quería que esto fuera lo más normal posible para ella, así que manejé uno de mis autos menos ostentosos. Uno que solíamos usar en la ciudad cuando ella estaba conmigo. Cuando me acerqué al área designada para dejar y recoger, vi a Evanne salir por las puertas dobles. Su cara se iluminó al ver el auto y fue dando saltitos hacia él. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para ver que yo iba manejando, se echó a correr e hizo récord llegando a la puerta. Mi pequeña corredora. Desbloqueé las puertas y ella abrió de jalón la del copiloto y se subió. —¡Papi! ¡Eres tú! —¿Cómo te fue…? No me dejó terminar la pregunta. —¡Me divertí muchísimo! La señorita Infante es suuuper linda, y nos pidió a todos que contáramos historias sobre nosotros, e hice una amiga que se llama Skylar, y corrí siete vueltas en el recreo, y Skylar me cronometró, ¡y rompí mi récord tres veces! Ah, y… Mientras hablaba sin parar, me reí y traté de seguirle el ritmo mientras salía del área de recogida y avanzaba hacia la salida de la escuela. —…y luego Skylar dijo que la señorita Brown estaba buenísima y me dio mucha risa porque ¡no parece zorro! Es bonita, y quiere que nosotros… Ah, la señorita Infante es mi maestra, y… —Eso ya me lo dijiste, ¿te acuerdas? —dije. La señorita Infante debió impresionarla muchísimo, porque la maestra era de lo único que Evanne había hablado cuando ella y Theresa volvieron de la reunión de bienvenida. —Ya sé —dijo Evanne—, solo te lo estaba recordando. Bueno, entonces… —Ah, gracias. Ya sabes que tu papi es bien olvidadizo. ¿Esto era lo que me estaba perdiendo por no recogerla de la escuela todos los días? —No te preocupes, papi. Yo tengo buena memoria. Bueno, la señorita Infante quiere que escribamos una historia sobre lo que hicimos en el verano. ¿Me ayudas a escribirla? —Ah. —Esa tensión familiar volvió a mis hombros. Me esforcé por mantener la voz pareja—. Claro, amor. Soy todo tuyo. Ella estaba feliz de la vida, y yo me preguntaba cómo iba a asegurarme de que Evanne se mantuviera al día con todo lo de la escuela. Hacer la tarea requería mucha planificación y organización, incluso en tercero de primaria. Por suerte, yo era buena para planear, pero solo pensarlo ya me daba dolor de cabeza. Cuando llegamos a casa, la cena ya se estaba cocinando. No le había pedido a Theresa que nos preparara nada, pero al parecer no hizo falta. —¡Abuela! —gritó Evanne mientras se iba volando a la cocina. —Bueno, hola, chiquita —Theresa se arrodilló para abrazarla—. Estoy preparando un buen guisado para nosotras tres. ¿Cómo estuvo tu primer día de tercero? Evanne se lanzó al mismo discurso a toda velocidad sobre su día que ya me había soltado a mí. Cuando llegó a la parte de la tarea, una parte de mí esperaba que Theresa se ofreciera a ayudar, pero en cambio dijo: —¡Eso suena divertido! ¿Por qué no te encargas de eso mientras yo termino la cena, mmm? Así te lo quitas de encima. —¡Está bien! —dijo Evanne—. ¡Papi prometió ayudarme! Theresa me miró con una ceja arqueada, esperando mi respuesta. —Claro, cielo —dije, intentando no suspirar mientras la seguía a la sala. A pesar de todo, tuve que sonreír cuando Evanne se acomodó con una expresión muy seria en la cara. Era bueno saber que se tomaba sus tareas en serio. —Oye —dije mientras ella sacaba su cuaderno y su estuche. Bajé la voz para que Theresa no oyera, ignorando el chispazo de vergüenza que me recorrió—. Yo puedo… puedo ayudarte a inventar la historia, pero vas a tener que escribirla tú. La señorita Infante se va a dar cuenta si es letra de adulto. Evanne hizo un sonido de asentimiento y movió la cabeza. —Pero a veces yo… mmm… necesito ayuda con la ortografía. Algunas palabras son difíciles. ¿Puedes leerla mientras yo escribo? Me rasqué la barbilla. —No sé, cielo… Me miró con esos ojotes tristes que casi nunca usaba, los mismos con los que podía salirse con la suya en todo. —La voy a ver —acepté—. Y tal vez la abuela quiera, mmm, escuchar tu historia después de cenar. —¡Bueno! —Me sonrió radiante—. ¿Lista? Para ser una sola palabra, era una pregunta ridículamente cargada.
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