Capítulo 17

2060 Palabras
Luciana Para cuando sonó la salida de clases el jueves por la tarde, yo estaba agotada y eufórica a la vez, una combinación que estaba segura de que iba a sentir una y otra vez haciendo este trabajo. Después de años de equilibrar cursos universitarios y trabajar en un empleo que toleraba por Mai y por mi propia estabilidad financiera, por fin tenía una carrera. Una pensión. Prestaciones. Seguro médico. Tanta seguridad laboral como cualquiera puede tener en esta economía. Quedaban pocas personas en los terrenos de la escuela cuando salí del edificio, pero no me sorprendió. Me había quedado hasta tarde ajustando mis planes de clase ahora que entendía mejor a mis alumnos, y me emocionaba ver mis ideas en acción. Por más emocionante que fuera, también daba un miedo tremendo saber que todo recaía sobre mí. Me había gustado hacer prácticas docentes, pero me había rozado los nervios estar bajo una maestra tan a la vieja escuela que rechazaba cualquier idea fresca que yo sugería. En cuanto terminé, ya estaba planeando todas las formas en que yo haría las cosas diferente. Me encantaba poder probar técnicas nuevas que aprendí con mis profesores favoritos, además de inventar algunas propias, pero no entendí de verdad lo abrumador que sería no tener esa red de seguridad de otra maestra. No es que mis colegas no fueran solidarios, pero no era lo mismo que saber que, al menos una parte de la responsabilidad por el bienestar de los estudiantes recaía en alguien mayor y más sabio. Alguien que, siendo honestos, cargaría con más culpa si algo salía mal. Mientras me dirigía a la parada del autobús, ya estaba revisando mi presupuesto en la cabeza, comprobando cuándo podría permitirme comprar un auto. No tenía problema con el transporte público, pero esto era Seattle, lo que significaba o estar haciendo malabares con un paraguas y todas mis cosas, o empaparme. Necesitaba poder transportar no solo mi cuerpo, sino también mis materiales, así que buscar auto estaba en mi futuro cercano. Apenas consciente del mundo a mi alrededor, por el rabillo del ojo vi una figura corriendo del otro lado de la calle, viniendo hacia mí. Por reflejo miré, notando la estatura impresionante y el físico atlético antes de llegar al cabello dorado y un rostro familiar. Mierda. ¿Cómo demonios me seguía pasando esto? Ariel hizo un doble gesto de sorpresa solo unos segundos después de que yo lo reconociera, sin darme chance de fingir que seguía ajena a su presencia. Sin saber cuál era el protocolo correcto para saludar después de un casi-acostón, levanté la mano para saludar. Él hizo lo mismo y luego trotó para cruzar la calle. Guau… estaba sudado. Y no era el bajón que yo habría pensado. Aunque el aire húmedo podía explicar parte de lo mojado que estaba, no había duda de cuánto se había exigido. Traía ropa típica de correr y respiraba con fuerza, y por alguna razón que no quería analizar demasiado, me hizo respirar con fuerza a mí también. ¿Se había visto así de bien la noche que yo salí corriendo y lo dejé plantado? El recuerdo de lo que hice me subió calor a la cara, y dudé de la sabiduría de no haber inventado una excusa inmediata sobre por qué tenía que estar en otro lado. —¿Entonces el viernes pasado también te fuiste directo a la parada del autobús? —La nota de burla en su voz me hizo sentir un poco menos cohibida. —Sí. —Me reí con incomodidad, solo un poco menos cohibida—. Eh… perdón por eso. Se encogió de hombros, llevando un pie hacia atrás para estirar la pierna. —No te preocupes. No me debes una explicación. Pero me da gusto verte. Gracias por… saludar. ¿Cómo lograba hacer que algo tan inocente como saludar sonara sucio? O tal vez era cosa mía. No podía dejar de mirarlo, y luego apartar la vista antes de que se diera cuenta. No era mi culpa. Nadie debería ser tan guapo. Aunque en la segunda o tercera mirada noté que no se veía tan impecable como en el bar la semana pasada. Era difícil saber si era solo por haber corrido, pero me dio la impresión de que se veía un poco más demacrado de lo normal, como si no estuviera durmiendo mucho. Me atravesó un pinchazo de algo que no era lujuria. —Bonita tarde para correr —dije, sintiéndome idiota incluso mientras lo decía. Considerando lo… familiares que habíamos sido hace menos de una semana, era ridículo que no encontrara cómo hablarle. O quizá precisamente por eso era tan difícil. En realidad no habíamos hecho mucho en cuanto a hablar, antes. —Lo es —aceptó Ariel—. Solo estaba tomando aire, midiendo la distancia entre mi casa y… —miró detrás de mí y luego se rascó la nuca, con una media sonrisa rara—. Bueno, viendo si me he puesto más lento con los años, supongo. Casi me reí. No parecía haberse vuelto lento desde la pubertad, y dudaba que se fuera a volver lento pronto. No es que pudiera decírselo. —Estaría corriendo si no trajera tacones y falda —dije. ¿Por qué seguía soltando comentarios tontos? Yo era una mujer inteligente. Tenía un título universitario. Y una mirada a esos ojos azul brillante y me convertía en una idiota. —Supongo que los tacones harían correr un poquito complicado —convino Ariel con una sonrisa—. Pero se te ven muy bien. —¿No quieres decir que me hacen ver bien? El humor en sus ojos se volvió caliente. —Dije exactamente lo que quise decir. Acepta el cumplido, chica. Maldita sea, ese acento… —Gracias. Tú también. Eh. O sea, tú también te ves bien. —¿A pesar de todo el sudor? Me reí mientras asentía. ¿Qué tenía este hombre que me convertía el interior en gelatina? Se rió conmigo, y el sonido me llevó de vuelta a esa noche en MacLean’s cuando estábamos coqueteando y bailando, pero cuando sus ojos se encontraron con los míos, estaban serios. —Debe ser por algo que nos seguimos encontrando. No le dije que yo acababa de pensar exactamente lo mismo. —¿Te gustaría salir el sábado en la noche? —preguntó. El corazón se me trepó a la garganta. Abrí la boca, pero no salió nada. Esperó, con una expresión ilegible. Tal vez era porque se veía cansado, pero sentí que de verdad esperaba que yo dijera que sí. Yo quería decir que sí. Muchísimo. Pero… —Una cita —balbuceé—. Eh, es que… —No… —empezó Ariel, y luego negó con la cabeza—. O sea, una cita, sí, pero nada serio. ¿Sabes? Cena y tragos. Pasarla bien. Esa frase implicaba otra. Una que había estado rondándome la cabeza desde que tomé su chamarra aquella primera noche, aunque no hubiera querido admitirlo entonces. Cuando me pidió un final feliz, reaccioné tan fuerte porque una parte de mí había estado tentada. Luego, en su auto, volví a estar tentada, pero el miedo ganó. Ahora había tenido tiempo de arrepentirme de lo que no hice, y ya no tenía miedo. Basta de fingir que no lo quería. Me estaban dando otra oportunidad, y no iba a desperdiciarla. —Está bien —dije. Parpadeó, como si no hubiera creído que aceptaría. —¿Sí? —Sí —repetí, apenas consciente de que mi respuesta le sacó una risa. Casi no oía nada por la sangre golpeándome en los oídos—. ¿Dónde y a qué hora? O sea, dijiste sábado, pero… —¿A las siete? En Goldfinch Tavern. Paso por ti. —Me parece bien —dije. Busqué en mi bolsa una pluma y una nota adhesiva. Ahora tenía más notas adhesivas de las que sabía qué hacer con ellas. Eran parte del kit de maestra. Anoté mi número y se la di. —Entonces te veo el sábado —dijo mientras guardaba el papel en el bolsillo. —No puedo esperar —dije. Las palabras no alcanzaban para describir la sensación apretándome el estómago, pero no iba a intentar otra cosa porque estaba segura de que solo iba a avergonzarme. Sonrió, se despidió y luego se dio la vuelta para continuar su carrera. Me permití el lujo de mirarlo un minuto antes de encaminarme otra vez a la parada del autobús. El camión ya se había ido, y verle el trasero un minuto por lo menos me daba algo para fantasear mientras esperaba un Uber. ✨✨✨✨✨✨ Si Mai no dejaba de rebotar en mi cama, iba a sacar mi voz de maestra y mandarla a la esquina. —Estoy tan emocionada por ti —chilló, aplaudiendo—. Ariel está buenísimo y súper clavado contigo. Te va a hacer ver estrellitas. Me reí. —¿Puedes saber eso por el ratito que lo viste en el bar? Ella me alzó las cejas. —Vi cómo te desnudaba con la mirada y luego los vi bailar. Créeme: cuando dos personas se mueven así de bien en la pista, son dinamita en la cama. Mai sabía que yo no tenía mucha experiencia s****l, pero no exactamente qué significaba eso, porque no hablaba del tema. Incluso siendo tan cercanas, no quería discutir algo tan personal. Ahora, mientras me miraba en el espejo, me pregunté si tal vez debería hablar con ella antes de que Ariel llegara. Entre el vestidito n***o y la lencería negra de seda debajo, yo parecía saber lo que hacía. Pero no lo sabía. Aun así, no estaba lista para hablarlo con ella. Tal vez estaba lista para tener sexo, pero con Ariel era distinto. No era mi mejor amiga. No tenía por qué avergonzarme porque no era alguien a quien planeara ver mucho después de esta noche. Y no iba a pensar en si eso era bueno o malo. Esta noche era para divertirme. Nada serio. —Sabes que estoy esperando un informe completo, ¿verdad? —se bajó de la cama y se puso a mi lado—. Completo. Quiero todos los detalles sucios. Medidas. Nivel de habilidad. Especialidades. —Por favor, ya —le rogué, riéndome—. Va a llegar en cualquier momento. —Con tal de que no llegue en un minuto —sonrió con malicia mientras yo le manoteaba. El zumbador del departamento sonó antes de que yo decidiera cómo vengarme. En vez de perseguirla, fui al intercomunicador. —¿Bueno? —Hola, chica —la voz de Ariel, con ese acento, sonó clarita. —¡Sí que hola! —dije—. Bajo en un segundo. —¿Qué haces? —susurró Mai—. ¡Dile que suba! Quiero conocerlo. Le aparté la mano del botón y agarré mi bolsa. —¿Cómo me veo? —Impresionante —dijo Mai de inmediato—. Yo te daba. Puse los ojos en blanco. —Ah, gracias. —¡Cuando quieras! —sonrió—. ¿Eso significa que voy a conocer al escocés buenísimo? —No. —Me puse los zapatos y respiré hondo. —Tú puedes, reina —dijo Mai—. El señor Highlander no va a saber ni qué le pegó. —Eres una nerd —dije, riéndome. Todavía sonreía cuando llegué al lobby. Ariel estaba afuera del edificio, y disfruté los pocos segundos que tuve para admirarlo mientras caminaba hacia la puerta de vidrio. Traía un traje oscuro a rayas finas perfectamente entallado, una corbata con puntitos, zapatos negros de vestir bien lustrados y un pañuelo en el bolsillo. No creo haber visto uno en persona antes. —Puntualito —dije al abrir la puerta. —Te ves increíble. Guau. —Sus ojos azules estaban más fuego que hielo, y me derritieron mientras me recorría de arriba abajo. —Tú también te ves muy bien —dije, débil. Era poco decir. —Gracias. —Sonrió como si supiera exactamente lo que me estaba provocando y me ofreció el brazo, un reto escrito en los ojos. Levanté la barbilla y me tomé de su brazo. No sobreviví al sistema de hogares sustitutos sin aprender a responder a un reto. Que eligiera mis batallas con cuidado no significaba que no supiera pelear.
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