Capítulo 18

1685 Palabras
Luciana Mi determinación de mostrarle a Ariel que yo podía ser tan tranquila y sofisticada como él me duró menos de media docena de pasos. En cuanto vi el auto, los recuerdos me inundaron y la piel se me encendió, el corazón dándome un brinco. —Sigue siendo un auto muy bonito —bromeé, orgullosa de no haber chillado. —Eso creo. —Su mirada se deslizó por mi cuerpo y cada célula vibró con una electricidad nueva—. ¿Manejas? —Sí, sé, pero no tengo auto. Hice mi presupuesto con la meta de comprar uno después de graduarme, y solo me faltan un par de semanas para tener un margen de negociación. Usar transporte público era una buena forma de no endeudarme cuando estaba en la universidad. —Me di cuenta de que estaba hablando de más y me dio pena. Si seguía así, seguro me iba a mandar en taxi en cuanto terminara de comer y luego se iba a buscar a una mujer preciosa que supiera perfectamente cómo manejar una cita así. —La mayoría vería un auto como una necesidad —dijo Ariel al abrirme la puerta del copiloto. Al parecer íbamos a ir adelante esta noche. Eso era bueno. No estaba segura de haber podido manejar estar allá atrás con él desde ya. —Yo no soy la mayoría —dije. —Eso ya lo estoy notando. —Cerró la puerta, rodeó el auto y se subió. Cuando arrancó y se incorporó a la calle, retomó la conversación—. ¿Tienes algún tipo de auto en mente? Me encogí de hombros. —Solo busco uno que funcione. Si me lleva a donde tengo que ir de forma segura, me da igual si tiene o no tiene mil cosas extra. —No a mucha gente joven le importa más la practicidad que la apariencia. —Me miró de reojo—. Pero, como ya dijiste, tú no eres la mayoría. No era la primera persona que me lo decía, pero era de los pocos que parecía decirlo como un cumplido. No quise preguntar y arriesgarme a que no fuera así, así que me aferré a otra parte de lo que dijo. —Dices “gente joven” como si tú no lo fueras. No puedes tener mucho más de treinta. Me regaló una de esas sonrisas que me aflojaban las rodillas. —Treinta y tres este verano. Si aquí es donde me dices que no tienes edad para beber, te llevo a uno de esos restaurantes con juegos. Me reí, sintiendo que la tensión en el auto bajaba a un nivel tolerable. —No te preocupes por eso. Tengo veinticuatro. —Igual siento un poquito que estoy asaltando la cuna, pero si a ti no te molesta, a mí tampoco. Le aseguré que la diferencia de edad no me preocupaba, y la conversación volvió a cambiar, esta vez a la cantidad ridícula de funciones avanzadas que tenía el auto. No compartimos más información personal, y a mí me parecía bien. Esto era una cita con un solo propósito: divertirnos. Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, desde el primer segundo había estado ahí la suposición de cómo terminaría la noche. Prueba de ello: Goldfinch Tavern quedaba dentro del hotel Four Seasons. La manera directa en que Ariel abordaba todo solo reforzaba mi decisión. Me atraía —más de lo que me había atraído nadie— y él no estaba jugando conmigo. Los dos entrábamos a la noche con las intenciones sobre la mesa. Que además pudiéramos conversar bien durante una buena cena era un extra. Lo único más importante que todo eso era que yo me sentía a salvo con él. Ya me había demostrado que se detendría si yo se lo pedía, y con esa preocupación fuera de mi mente, podía concentrarme en lo demás. Había reservado una mesa para dos en un rincón tranquilo del restaurante, un lugar donde podíamos hablar, pero lo bastante público como para que yo no me sintiera abrumada. No sabía si lo hizo por mi comodidad o por la suya, pero de cualquier modo nos permitió quedarnos en nuestro propio mundo sin el riesgo de estar aislados. Ya sentados, la mesera tomó nuestras bebidas y luego se fue, prometiendo regresar después de que tuviéramos tiempo de ver el menú. Mientras revisábamos las opciones, Ariel y yo charlamos de cosas pequeñas: nuestras bebidas favoritas (whisky para Ariel, gin-tonic para mí), las películas que nos gustaban (dramas), nuestros superpoderes ideales (teletransportación para Ariel, poder hablar con los animales para mí) y docenas de otras cosas que nos dejaban compartir sin silencios incómodos. Para cuando llegaron las bebidas, yo estaba mucho más relajada de lo que esperaba. Como mi apetito no desapareció, pedí risotto de hongos silvestres y Ariel pidió algo llamado ribeye tomahawk. —Salud —dijo Ariel, alzando su vaso. No intenté repetir la palabra escocesa y choqué mi vaso con el suyo. —¡Salud! —¿Has venido aquí antes? —preguntó Ariel después de que ambos diéramos un trago. Negué con la cabeza. —No tengo mucho tiempo libre, y esperar la comida en un restaurante no está en los primeros lugares de mi lista para pasar el tiempo. —¿Entonces pides a domicilio? —preguntó—. ¿O escondes un talento secreto para la cocina? Tenía una forma de hablar… —No sé si diría “talento”, pero sí preparo casi todas mis comidas. Esto va a sonar nerd, pero cuando armé mi presupuesto universitario investigué mucho, y una de las formas más grandes de ahorrar es con la comida. Mai —la amiga con la que estaba en MacLean’s— y yo hicimos una apuesta ese primer semestre sobre quién gastaría más en comida. Gané yo. Y antes de que preguntes, no era por dinero. No tuve que ver ni un solo programa de las Kardashian durante todo el siguiente semestre. —Sigues impresionando con tu responsabilidad financiera. —No pudo ocultar del todo la sonrisa—. Y con tus elecciones de entretenimiento. —¿Qué te digo? —bebí otro trago—. Prefiero mi entretenimiento libre de Kardashian. Llegó la entrada y pausamos la conversación para comer un poco. Estaba demasiado tensa para almorzar bien, y si no metía algo al estómago, el trago se me iba a subir de golpe. Cuando estuve segura de que no me pasaría de una ligera alegría, volví a un tema anterior. —En cuestión de presupuesto, me sirve más si tengo una meta específica. Como un auto. No voy a poder comprar uno nuevo a menos que quiera endeudarme bonito, pero con uno usado decente soy feliz. —Los autos nuevos se deprecian muchísimo en cuanto los compras y ya pasan a ser usados —dijo, limpiándose la comisura de la boca con la servilleta de lino—. Comprar usado es inteligente, como inversión. Siempre y cuando el auto esté en buenas condiciones, claro. —Suena como si supieras de lo que hablas. Se encogió de hombros. —Licenciatura en negocios en la Universidad de Glasgow. Era un buen dato personal, y me dieron ganas de pedir más. Como cómo terminó en Seattle, sobre todo si estudió en Escocia. ¿Vino por una mujer? ¿Y qué tipo de mujer dejaría ir a un hombre así? A menos que él fuera el que se fue. Pero si así fue, ¿por qué no regresó a casa cuando terminó la relación? ¿O fue su trabajo lo que lo trajo? ¿Qué tipo de negocio atraía a un hombre como Ariel? ¿Y su familia? ¿Estaban aquí también? Me sacudí mentalmente. No estábamos aquí para conocer cosas que importaran de cara al futuro. Charla ligera. Diversión. Nada más. Me entró de pronto el deseo de hacerlo reír. —¿El auto de Maple Laundry era usado? Casi se atraganta con el whisky, y no pude evitar reírme a su costa. Cuando logró tragar y se aclaró la garganta, se rió conmigo. —Sí, chica. Me compré mi Maybach Landaulet a un rapero que se llamaba Jumpin’ Jimmy o alguna tontería así. No sabía si bromeaba o no, pero seguí el juego. —Bueno, entonces dale las gracias al señor Jumpin’ Jimmy. Es un auto precioso. —Sí, lo es. —Su voz salió ronca, y me revolvió el estómago de una forma peligrosa. Y, al parecer, me hizo más atrevida. —Me ha gustado familiarizarme con él. Las llamas azules danzando en sus ojos ardieron más. —A mí me ha gustado conocerte, Luciana. Me encantó cómo decía mi nombre, y me pregunté si era solo el acento o algo más. —Me alegra que lo sientas así. En ese momento llegaron los platos fuertes y nos enfocamos en comer, en relativo silencio, sonriéndonos de vez en cuando como si estuviéramos compartiendo un chiste privado. El risotto y el gin-tonic estaban buenísimos, pero yo tenía el estómago lleno de mariposas pensando en lo que venía después. No tenía idea de cómo acercarme al tema, y una llamada a Mai para pedir consejo arruinaría el ambiente. —¿Tienes otros planes esta noche? —preguntó con una naturalidad suave. Contesté con honestidad, aunque vaga. —Depende de qué tan tarde llegue a casa. La comisura de su boca se curvó, y recordé cómo se había sentido contra la mía. Y me pregunté cómo se sentiría en partes más íntimas de mi cuerpo. —¿Qué tan tarde planeas quedarte fuera? Me gustó que me dejara una salida para terminar la cita aquí y ya, pero no quería ser yo quien lo dijera con todas sus letras. —Depende —dije, dibujando círculos con la yema del dedo en el borde de mi vaso— de si elegiste este restaurante por alguna razón además del filete. —Espero no haber sido demasiado atrevido —dijo. El corazón me dio un salto. —Para nada. Pero si lo fuiste… acertaste. Dejó su vaso, ya vacío. —Entonces voy a encargarme de conseguirnos una habitación.
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