8 | Antigüo escuadrón

2814 Palabras
BIANA TORRES Dormir no es una opción para mí y mucho menos después de ese encuentro sorpresivo con la mujer que quebró mi cabeza desde niña, la cual ha dejado pensamientos alborotados, pensamientos que atormentan. Escucho cada rasguño que da el aire en la ventana y las sábanas me asfixian. «Todo está bien, todo va a pasar. No es la primera vez que me peleo contra mis traumas infantiles» Termino desarropada y con los ojos clavados en el techo. El insomnio se adueña de mi noche y no hallo mejor plan que levantarme a buscar en la cocina algún té que pueda calmarme. Tengo la jodida suerte de conseguir que mi vida dé vuelcos extraños que terminan perturbando mi paz. Un don maligno podría decirse, o tal vez es el destino mismo, o Dios, que no para de arrojarle mierda a su mejor soldado. Pero ya, Dios ¿No te basta con todo lo que me has hecho? No paro de darle vueltas al encuentro con la mujer que me dió la vida, la cual hacía muerta y que jamás pensé que volvería a ver. Entonces me lamento, porque tal vez tenía algo importante para decir y yo llena de rabia y llevada por la impulsividad y el rencor la ignoré. Debí haberla escuchado Odio que su presencia me haga tambalear, odio que mis pasos ya encaminados se tuerzan por su culpa. Vine aquí para reencontrarme conmigo, con mis objetivos y para compartir con la pequeña familia que tengo en este rincón del mundo antes de iniciar el paso que me llevará a la encrucijada del terror, la cual me hará cumplir la fantasía vengativa con la que sueño desde hace años, y ahora quiero desviarme un tanto solo para saber porqué mi madre ha regresado a mi vida. Es patético. Debería odiarla y evitar redirigir mi enfoque hacia ella, pero por algún motivo su cara es lo único que viene a mi mente cuando cierro los ojos. Me arrepiento de no haber cogido su número, me arrepiento de no permitirme la libertad de ser una persona normal del todo; la ansiedad me golpea el cuello y se me desata el peor dolor de cabeza que he tenido en los últimos meses. Nader que me consigue al pie del sofá, acurrucada con una taza humeante entre las manos, se tumba en el suelo a mi lado sin decir nada. Me sienta mejor su presencia, y me dejo acompañar por su respiración. Su silencio es música para mis oídos, no quiero escuchar preguntas ni frases que acaben con la poca paciencia que me queda. Últimamente desconozco lo que soy, he adquirido un carácter algo complicado, tan complicado que a veces ni yo misma entiendo lo que siento. Otras tantas ni me soporto. Ni yo misma sé en lo que me he convertido. Nader me conoce muy bien, sé que sabe lo mucho que me ha afectado ver a mi madre. La frente me palpita y le pido que se suba al sofá conmigo, sus brazos me rodean y en ese divino silencio nos acompañamos hasta que el sol se asoma por la ventana. Es entonces y con sumo cuidado de no herir mi susceptibilidad que habla: —Deberías dormir un poco, Bi. Volteo a verlo, cansada, preocupada, y hasta en una carrera a contrareloj porque el tiempo corre y el motivo principal por el que salí de España no lleva ni el 1% de desarrollo. Vuelvo a pensar en mi madre y me sincero entre lamentos. —Algo me dice que debo encontrarla y permitirle hablar. Fui muy dura. Tal vez tiene algo que decirme, o quizá soy yo que anhelo escuchar un justificativo de su abandono. —No fuiste dura, es entendible —dice—. Ella te dejó una marca. Hiciste lo que creíste correcto. Lo que creí correcto... Esa frase me retumba y me doy cuenta de que nada de lo que he creído correcto me ha hecho bien. Me dejo llevar a la habitación por él que se queda un par de minutos para cerciorarse de que me acueste y luego se va. Todo se sienta tan jodido. El dolor de cabeza no me deja descansar y termino vistiéndome para ir a correr, buscando en mi cabeza formas de volverme a encontrar con esa mujer. Es así como salgo de la casa que levantó Nader entre esfuerzo y sudor para la familia que le dieron los Benedetti. Le doy diez vueltas a la manzana y me desvío hasta el puesto de una empanadera cuando mi estómago anuncia que quiere llenarse. No sé la hora exacta, pero estimo que deben ser casi las nueve de la mañana. Desayuno antes de volver y para cuando retorno el dolor de cabeza ha disminuido. Sin embargo, la punzada que se me clava en la mi sien desestabiliza mi visión cuando observo los cuatro vehículos blindados de color n***o que rodean la vivienda con agentes del SIPM. El estómago se me revuelve y si no es porque veo a Margot en la entrada dialogando con uno de los desconocidos que debo deducir es de la sede San Salvador, vomito las empanadas. Lo primero que me pasa por la cabeza es que algo sucedió. Tal vez Spence se arrepintió a última hora y ha enviado a la delegación más cercana a nuestra ubicación para detenernos y regresarnos a Europa. Me apresuro cuando mi amiga entra seguida del sujeto. Estoy preparada para debatir cualquier orden mayor dada, pero para mí sorpresa, al entrar consigo a Nader discutiendo con quién al parecer es el capitán al mando del grupo. —¡No lo voy a permitir! ¡Son mis hijos! El tipo ni le responde, voltea hacia Margot y el ver que mi amiga clave los ojos en Nader en señal de rendición me hace saber que todo se acaba de dañar para él y que no hay nada por hacer. —¿Qué está pasando? —Me entrometo sin esperar nada. Avanzo hasta el líder y espero una respuesta suya que no llega—. Te estoy hablando... Pero me callo cuando veo que Diva, Devan y Fiorella bajan las escaleras con sus bolsos al hombro. ¿Qué? —¿Qué carajos está pasando? Los pocos agentes que yacen dentro de la casa permanecen inmóviles, a la espera de lo que parece ser una orden. No sé cuánto tiempo me ausenté, pero por la magnitud de la situación parece que meses en lugar de horas. Margot me ve y mis ojos ámbar se oscurecen cuando entiendo su seña visual que básicamente ordena no actuar. No digas ni hagas nada. La misma seña que le hizo a Nader. —¡Bi! —la pequeña rubia baja hasta donde estoy y me abraza—. No quiero irme, pero ya sabes cómo son las cosas con Massimiliano, y es mejor hacer todo por las buenas. Me siento un poco desorientada con lo que dice. No entiendo nada y no le aparto la mirada a la pequeña buscando respuestas que nadie suelta. El hombre a cargo y quién custodia a los niños posa sus ojos en los míos apenas unos segundos, siento repulsión en su mirada y abrazo a la niña sin decir nada. —Nader, el jefe estará en contacto contigo —le dice el sujeto—. Hay algunos asuntos pendientes y que deben ser conversados en persona. La niña me ve con esa típica inexpresión suya y asiente. —Voy a estar bien, las contactaré apenas pueda. No entiendo un carajo. Los agentes salen muy rápido de la casa y el movimiento vehicular afuera se lleva a cabo de forma fugaz. En menos de diez segundos todos desaparecen. Estoy inmóvil, perdida y lo único que digo es: —No entiendo nada... Entonces Nader abre la boca para aclararme el panorama y hacer que me termine de explotar la cabeza: —Massimiliano está vivo. Los primeros diez segundos no reacciono, me toma alguna clase de limbo en el que fugazmente recuerdo escenas del rescate. Los días de preocupación y tratamientos por mi deterioro, exámenes que debía esperar para saber si estaba bien. Estaba tan enfocada en mí que no supe cuántos días pasé en Roma bajo el cuidado de los agentes encargados de mi caso, tampoco supe al momento la noticia del fallecimiento de Massimiliano. Margot fue quien me lo dijo cinco días después, y no solté una sola lágrima. Cuando estás en el borde de la muerte y sales triunfal no te queda tiempo para pensar en nadie más, solo en tu bienestar. Un mes después, cuando lo procesé, lloré y me arrepentí por seguir las órdenes que me habían sido dadas estando en aquel infierno asiático. No tenía que entregarlo, y no porque él no mereciera la misma mierda que yo recibí, sino porque yo no era como él. Esa sed de venganza que hoy en día brilla no existía del todo en aquel momento, solo era una chica asustada, quebrada y desesperada por seguir viviendo. —¿Cómo que no está muerto? La noticia me acojona un poco porque, si ha regresado a nuestras vidas por algo debe ser. Y aunque yo no le guardo rencores en la actualidad, sé que, y conociéndolo, debe querer matarme con sus propias manos. Se debe estar ahogando en veneno. Ya suficientes cosas tengo para hacer como para encima lidiar con algún ataque suyo. —¿Crees que me joda por lo que hice? Nader se da la vuelta, encabronado mientras que Margot niega, segura de que alguna especie de barrera poderosa detendra al prófugo y ahora, no lo sé... ¿Agente? Porque envío una patrulla Salvadoreña del SIPM, a atacarme. No me jodas. —¿Ustedes sabían que él estaba vivo? —Nader no —Se sincera Margot—. Solo un grupo muy pequeño lo sabíamos, todos agentes. No puedo creerlo. —¿Y dónde había estado? —No lo sé, no manejo más información que esa. Nader se sienta en el sofá, pesaroso. Comprendo su tristeza, fueron sus hijos por años, él los cuidó como si fueran propios y ahora se los arrebatan y no puede hacer nada más que aceptarlo. —Lamento mucho todo esto, Nader. —¿Sabes? Sé que van a estar mejor con él. Son niños de temperamento fuerte, necesitan criarse con alguien que pueda domar ese carácter y convertirlo en un arma de defensa. Me duele admitirlo pero, son Benedetti y solo un Benedetti puede darles lo que necesita. —Hiciste mucho por ellos —Esa es Margot tratando de darle ánimos—. Y te aman, valoran el hogar que les diste todo este tiempo. Un corto silencio nos arropa y mi shock se acentúa. —Ni siquiera chistaron —Se le escapan algunas lágrimas al libanés—. Él aparece, da una orden y ellos la aceptan. Creo que sólo fui un ingenuo que creyó haber formado un hogar. —Lo formaste ¿Vale? —intervengo—. Pero tú lo has dicho, son Benedetti y juntos deben permanecer. Además, no veo a Massimiliano alternándose la custodia de ellos contigo. Se le escapa una risa triste. —Tienes razón. Y al menos fue agradecido, más de lo que debería. Voltea hacia la mesa donde yacen tres maletines abiertos con efectivo adentro. Ah caray. —No sabía que podía ser un tipo agradecido —Se ríe—. Y aunque envió a un mensajero en su lugar puedo valorar lo difícil que ha debido ser para él bajar un poco la cara, por más que haya sido a distancia. Y ¿Sabes? Quise pelear y decir que no, pero es verdad, los niños son suyos. —¿Y por qué no los buscó antes? Me lleno de tantas dudas y preguntas que termino con la boca cerrada. ¿Dónde está ahora? Se me llena la cabeza de agua y el dolor regresa con más fuerza. Necesito un ibuprofeno urgente o me va a dar un ACV. —¿Y ahora qué? —Suelta Margot—. ¿Te quedarás aquí o quieres venir con nosotras? Tenemos ciertas actividades por iniciar. Me le quedo viendo por su poco tacto a la hora de abordar a mi ex esposo. Nader no va a aceptar esto, es muy peligroso para su gusto. —¿De qué se trata? Ay carajo. Sé que en su pregunta viene incluido un ''Voy a hacerlo". Todos solemos hacer estupideces cuando tenemos el corazón roto. Y no lo juzgo. ●●●●●●●●● Necesitamos un equipo creativo para entrar a China, personas con ciertas aptitudes provechosas que sirvan de base para lograr penetrar ese círculo de tráfico humano. Desde aquella detención las organizaciones se han vuelto más cerradas y difíciles de romper; sin embargo, una mujer herida y con hambre de venganza es capaz de lo que sea. —Bi, hay algunas personas que aceptaron trabajar conmigo en esta buena causa. Ya las conoces y es una ventaja. Me le quedo viendo con una ceja alzada, no tengo ni la menor idea. Son las seis de la tarde y de entre tantos expedientes no he logrado siquiera empatizar con algún nombre de la lista para captar. Tenemos toda la tarde en esto y me rehuso a fracasar. —Creo que Spence fue claro cuando pidió que todos fuéramos del SIPM para cubrirnos las espaldas. Y no quiero ir en contra. La morena sonríe. No me gusta que sea tan retadora con el jefe, a duras penas estoy aquí y ella lo sabe. No obedecer pone en riesgo que dé luz verde para cuando vayamos a partir. —Tú no te preocupes, déjamelo a mí. En dos semanas tendremos el grupo listo para partir. ●●●●●●●● MASSIMILIANO BENEDETTI Me paro firme frente a la fila de idiotas que me acompañan en San Salvador, mañana partimos de regreso a Roma para iniciar las fases de defensa nacional y hallar la estrategia que me permitirá limpiar la mierda de estos políticos inservibles. Todo mi grupo es joven, y no puedo creer lo fácil de manejar que son. No me convienen, fácilmente podrían voltearse en mi contra. Necesito gente ya rota, corrompida, que sabe lo que se están jugando. No niños crossfiteros que porque disparan y se arrastran por el suelo se creen agentes élites, siendo solo buenos para nada. Necesito solidificar un equipo, blindarme. Y para eso necesito gente de confianza. Tomo el celular, buscando el número de Spence que es el único guardado en la lista de contactos. No repica ni dos veces cuando escucho su voz al otro lado: —¿Qué pasó? —Necesito que me consigas el número de mi antiguo escuadrón. Un poco de silencio. Le está dando largas a su respuesta. —¿ERES SORDO O NO ME ESCUCHASTE BIEN? —Massi... —Envia la lista de contactos por correo —Y cuelgo, mirando a los agentes que ni se inmutan. Entonces me distraigo con la llegada de los autos a la base, por fin han llegado. Una y media de la tarde. Partieron muy temprano en la mañana para Santa Rosa de Lima a buscar el encargo que pedí. Se tardaron más de lo previsto. Visualizo a través de la ventana panorámica a los agentes enviados bajarse de los vehículos, seguido de ellos descienden los niños, los cuales son custodiados hasta la entrada. La primera que entra es Diva, ella me observa perpleja, dando pasos cortos y nerviosos hasta la esquina de la sala. Devan viene atrás y la sonrisa que suelta me hace recordar a su madre, es idéntico a ella. —Una puta leyenda eres —Lo suelta emocionado—. Sólo tú puedes volver de la muerte, tío. No respondo. Y entonces Fiorella hace su entrada, malcriada, refunfuñona y con su cara de culo habitual. Ha cambiado mucho, su cabello largo, rubio y liso de antes se ha oscurecido un poco, está ondulado en las puntas y a la altura de sus hombros ahora. Verla a ella es como ver a Marbella, es la viva imagen de su madre. —Hola, papá —que me salude es un poco sorpresivo—. A ver, ¿por dónde empiezo? Ah sí, ya... Gracias por matar a mi mamá, dejarnos en la calle sin nada, y hacer que fueramos unos putos prófugos. Mucho tardó. —Estoy a la orden —respondo, tajante. Mirando hacia la agente Vongric, única mujer del grupo—. Llévalos a sus habitaciones. Mi celular vibra con el correo de Spence y solo hay dos números identificados, el de Verónica y el de Valentín. ¿Dónde carajos están los demás? Me malhumoro, pero no tengo tiempo para quejarme. Debo actuar. Decido conformarme por el momento e inicio con las llamadas pertinentes. Es hora de reunir a mi antigüo escuadrón.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR