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La serpiente y la promesa

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multimillonario
los opuestos se atraen
chico malo
estudiante
bxg
misterio
mundo de alta tecnología
de enemigos a amantes
first love
secretos
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intro-logo
Descripción

La vida de la joven Astrid cambia drásticamente cuando consigue una de las codiciadas becas que los poderosos conceden a la gente como ella, que en un mundo consumido, sobreviven de mala manera. Dominados por unos pocos privilegiados cuya tecnología mantiene las ciudades y a sus ciudadanos con vida. Astrid deberá partir a Alto Strauss, un colegio elitista muy lejos de su hogar para intentar sacar a su familia de la pobreza. Allí tendrá que enfrentarse no solo a clases y profesores si no a un puñado de adolescentes malcriados y aun misterioso chico que hará que se replantee todo en lo que creía hasta ahora. Una historia de amor, secretos y misterio.

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Capitulo 1: El adiós
El viento soplaba con fuerza contra la ventana de mi cuarto, la tierra y el polvo arañaban el cristal con un ruino que me dejaba intranquila. No pude evitar que un escalofrió recorriera mi espalda, mezcla del frio, el viento y la incertidumbre. Pronto tal vez hasta echaría de menos aquello. Me miré apesadumbrada al espejo, acababa de darme una ducha rápida. El contador de agua apenas dejaba tiempo para un enjuagón veloz, la toalla lejos de secar mi piel la arañó. La tela era dura y estaba mil veces lavada pero no podía quejarme, al menos, tenía un hogar y un lugar seguro donde dormir.  Miré mis ojos verdes en el espejo. Bajo la luz mortecina de la bombilla, mi piel parecía apagada al igual que mi rostro. En unos días debía dejar atrás todas esas cosas, a mi hermano, a mis padres, mis amigos y mi hogar. El mundo se estaba muriendo ahí fuera, la tierra se secaba, cada vez llovía menos y la comida escaseaba. Miré mi delgado cuerpo con cierta tristeza, era atlética, tenía la piel ligeramente bronceada y el pelo largo de un color rubio sucio que se ondulaba en las puntas. Mis manos estaban agrietadas y llenas de callos, por las tardes después de la escuela debía de ayudar a mi padre con los animales y la cosecha, era mi responsabilidad con la familia. Dos silenciosas lágrimas rodaron por mi cara haciendo que el color verde de mis ojos resaltara. ¿Pero que me estaba pasando? era una gran oportunidad para mí, debía de pensar eso, cualquiera pagaría por estar en mi lugar.  Me abofeteé mentalmente y respiré hondo, obligándome a calmarme y me vestí rápidamente. Me puse la ropa cómoda que utilizaba para estar en casa, unos pantalones de chándal grises y una sudadera negra. Sequé lo mejor que pude mi pelo mojado con la áspera toalla y bajé a cenar. Normalmente bajaba con un apetito voraz pero hoy tenía el estómago cerrado. MI familia estaba ya en la cocina, mi hermano Julio estaba sentado en la mesa mirando distraído hacia la ventana, en ella, se veía todo el cielo en panorámico de un impresionante color azul profundo, con las nubes dibujando claroscuros mientras el aire seguía rugiendo. Era la época de las tormentas, de aquí a tres meses todos los días serian así o peores, hasta que el invierno trajera la nieve y el infernal frio. Julio levantó la mirada y me sonrió con tristeza, desde que me dieron la noticia, él había estado distante y me evitaba. Yo lo había escuchado llorar un par de veces en su habitación. Lo miré con nostalgia, era ya un hombrecito, tenía 13 años y ya empezaba a tener sombra bajo la nariz. En otro momento me hubiera burlado de él por eso, pero ahora... no podía evitar pensar que me perdería toda su madurez. Yo tenía 16 en aquel momento, siempre había cuidado de él, había sido más que una hermana. Mis padres debían de trabajar muchas horas para mantenernos y yo siempre tuve que hacerme cargo de él desde que éramos pequeños. Mama estaba de espaldas, calentando la comida. Las raciones estaban controladas, dos comidas "generosas" al día con tres aperitivos que básicamente consistían en unas apestosas barritas de proteínas que sabían artificiales.  -        ¡Astrid estas aquí! – mama me sonrió de oreja a oreja, pero sabía que estaba intentando que no viera la tristeza en su cara. Ella siempre intentaba ser fuerte y nunca nos dejaba caer en la desesperanza. Su cabello corto de color castaño bailó alrededor de su cabeza de una manera que siempre me había encantado, la miré ensimismada mientras me sentaba junto a Julio. Papa me miró también, me sonrió un instante y siguió con lo que estaban haciendo.  Pronto estuvimos todos sentados en la mesa, la comida humeaba en los platos, hoy nos tocaba pollo empanado con judías y pasta. Las cantidades eran justas y apenas rebosaban el plato. El gobierno regulaba las raciones que recibía cada familia en razón de su aportación. Todas las productoras de alimentos e instituciones importantes estaban reguladas por los gobernantes, quienes a su vez dependían de las grandes multinacionales, con lo que gran parte de la producción estaba destinada a sus intereses. Mientras que nosotros rozábamos el hambre. Comimos en silencio, yo seguía sin apetito, pero no podía permitirme desperdiciar mi comida. Comí, aunque me ardiera el estómago. -         ¿Has hecho la maleta ya cariño? - mama me preguntó como si no pasara nada ni fuera la gran cosa, las arrugas de su cara se curvaron mientras esperaba amablemente mi respuesta. -         Bueno...tampoco sé que debo llevar...- la mire dubitativa- tal vez no tenga por qué ir... -         ¡Claro que tienes que ir!, es una gran oportunidad, no puedes desperdiciarla- había temor en su mirada y alzó un poco el tono- no sabes lo que supondría para ti poder ir a ese colegio, las puertas que podrá abrirte en la vida. -         Pero yo no quiero ir, quiero estar aquí con vosotros- sin quererlo me había puesto a llorar, no podía evitarlo, todo el miedo y la tensión acumuladas esos días habían estallado por fin. -         ¡Iras, no puedes negarte! -         A vosotros solo os importa el dinero que nos darán, no os importa lo que yo quiera- no podía contener mis palabras que sonaron como una bofetada para mis padres. Mi padre se levantó dando un golpe en la mesa. -         ¡Vete a tu habitación Astrid y piensa en lo que acabas de decir! Me levanté sin poder contener las lágrimas en mis ojos y subí escaleras arriba viendo todo tras un velo húmedo. Me tumbé en la cama, me sentía mareada y profundamente triste. No sabía porque había dicho eso. Simplemente estaba asustada y resentida porque querían que hiciera algo a lo que yo me negaba rotundamente, aunque fuera bueno para mí. Jamás debería de haber hecho aquel examen ni sacar aquella nota. Debería haber sido una estudiante mediocre como todos los demás. La puerta de mi habitación sonó y el ruido me saco de mi desesperación. -         ¿Puedo entrar Astrid? - mi padre estaba de pie en el pasillo, el enfado en su rostro y en su voz se habían esfumado. Asentí incapaz de hablar, él se acercó y se sentó junto a mí en la cama. Su pelo n***o e indomable estaba revuelto, me sonrió en silencio y me abrazó, olía a tierra y hierba, siempre tenía ese olor que yo adoraba. Lo abracé como si fuera el fin del mundo. -         Siento haber dicho eso, no lo pensaba… Él me mando callar con la mano y asintió. -         Lo se cielo, lo sé. - vi como sus ojos se ponían vidriosos por unos instantes, pero se contuvo- sé que no quieres ir, lo sé, nosotros tampoco queremos que te vayas. -         Entonces por qué me obligáis- lo miré con reproche. -         Porque queremos un futuro mejor para ti, sabes lo que tu madre y yo debemos de trabajar para malvivir, no hay más esperanza para nosotros, no aquí, pero si para ti. Papa trabajaba de granjero para el pueblo, además de llevar su propia cosecha, se levantaba antes que el sol por la mañana y trabajaba hasta casi anochecer, día tras día. Mama era soldadora, trabajaba en la producción de piezas de maquinaria. Siempre volvía llena de hollín, con cortes y arañazos en los brazos. La había visto venir miles de veces vencida por el cansancio y aun así siempre sonreírnos, siempre con un poco de tiempo para jugar con nosotros. -         Pero yo no encajaré allí, no soy como ellos. No conozco a nadie. - repliqué como una niña pequeña. -         Encajarás. Vamos, eres la persona más lista que conozco Astrid, siempre lo has sido desde pequeñita, sé que lo harás genial. Alto Strauss era un colegio privado al que solamente la alta elite de empresarios tenía acceso y donde sus hijos se formaban para ser los siguientes dueños del mundo. Una vez al año patrocinaban cinco becas para los colegios de la región, para aquellos con menos recursos que demostraran ser más brillantes y yo, había conseguido una de ellas, siendo la nota más alta de todas. Ahora debía de abandonar a mis padres para internarme en aquel colegio. Por motivos de burocracia las pruebas se habían atrasado por lo que entraríamos con unas semanas de retraso, lo que había precipitado aún más aquel proceso con el miedo y los nervios que suponían. Abracé a mi padre durante un rato, no hacía falta decir nada más. Ambos sabíamos lo que sentíamos, siempre había tenido esa conexión con él. Después de un rato en silencio bajé y me disculpé con mi madre, quien lloraba en silencio en el sofá. Ella también estaba triste y arrepentida por cómo me había presionado. Simplemente hablamos un rato y nos reímos un poco, como si no pasara nada más. Subí las escaleras un par de horas después, mi madre se había quedado dormida en el sofá abrazándome, finalmente vencida por el cansancio y yo fui a ver a mi hermano. Aún tenía que hablar con él. Estaba tumbado en su cama tapado con la manta. Me acerqué a él para arroparlo y él se movió y me miró, estaba despierto y sus ojos verdes me miraron fijamente. -        ¿De verdad tienes que irte? - pese a todo, dejar a mi hermano era lo que más me pesaba. -        Tengo que hacerlo por vosotros, por mí. No quiero irme Julio, no quiero dejaros pero puede suponer para nosotros salir de aquí, poder prosperar. Me dio la espalda y se puso a llorar incapaz de mirarme. -        Julio, tienes que ser fuerte, ahora tienes que cuidarles tú, tienes que ser fuerte por todos, también por mí. Porque voy a echarte muchísimo de menos y no podré irme tranquila si estas enfadado. Dejó de llorar, se dio la vuelta y me abrazó. Lloramos los dos como niños pequeños. Él tenía los ojos verdes como yo grandes y redondos. Lo quería muchísimo y lo echaría tantísimo de menos. Aquella noche no pude dormir. En dos días debía de partir y ya miraba todo con nostalgia, las paredes, el suelo desgastado, los mueble que crujían, incluso el olor a polvo que se colaba por las grietas. Mi vida estaba allí, esa era yo, y ni siquiera sabía lo que me esperaba en aquel lugar.

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