El aire viciado de los túneles secretos, impregnado del olor a tierra húmeda y desesperación, pareció electrizarse cuando Jaxon y Kaia cruzaron el umbral del pasadizo. La manada, amontonada entre las sombras, guardó un silencio sepulcral. Todos esperaban ver a una Kaia doblegada, con el rastro del castigo del Ejecutor marcado en su piel. Sin embargo, lo que vieron los dejó sin aliento. Kaia no caminaba con la cabeza baja; avanzaba con una gracia sobrenatural. Su piel, antes pálida y ceniza por el luto, ahora relucía con un fulgor de porcelana lunar. Sus ojos plateados despedían chispas de una energía antigua. Pero fue Lyra quien se quedó petrificada. Como Loba Blanca, su visión le permitió ver lo que para los guerreros de Bronce era invisible: una runa mística, intrincada y brillante, gr

