El regreso a la Fortaleza de la Garra de Bronce no fue una marcha triunfal, fue un entierro en movimiento. El viento de los Montes de Hierro, usualmente fiero y desafiante, soplaba ahora con un silbido lastimero, como si la misma tierra lamentara la sangre real que acababa de beber. A la cabeza de la columna, Silas caminaba con los hombros hundidos, cargando el peso de una manada que, en una sola tarde, había perdido a su Alfa, a su Luna y a una de sus lobas blancas más queridas. La pareja destinada de uno de sus guerreros, Bastien. Detrás de él, el silencio era absoluto, roto solo por el choque metálico de las armaduras y el crujir de la nieve bajo las botas. No había aullidos de victoria, ni cánticos de guerra. La visión más desgarradora era la de Kaia. La Loba Blanca, cuya ferocidad ha

