La Sangre del Verdugo

1942 Palabras
El amanecer en los Montes de Hierro trajo consigo un frío que calaba hasta los huesos, pero el ambiente en el patio de entrenamiento de la Garra de Bronce estaba al rojo vivo. No era solo el vapor que emanaba de los cuerpos de los guerreros ejercitándose; era la tensión eléctrica que rodeaba a las dos figuras que ocupaban el centro del ring. Kaia estaba de pie, vestida con el cuero endurecido que llevaba las siglas de la unidad de ejecución. Su cabello platinado estaba recogido en una trenza guerrera, y su piel, aún marcada por los rastros violáceos de la noche anterior, brillaba con un el sudor que recorría su piel. A su lado, Jaxon era una montaña de músculos y cicatrices, su sola presencia dictando un silencio sepulcral entre los hombres que, habitualmente, se mofaban de cualquier debilidad. El Bautismo de Barro y Acero —¡Si creen que por ser una Loba Blanca va a recibir flores, están muy equivocados! —rugió Jaxon, su voz resonando en las murallas—. Ella ha pedido mi protección y mi tutela. En este patio, no es una princesa. Es una recluta que debe aprender a matar o morir. El primer ejercicio fue brutal. Jaxon no le permitió usar su forma de loba. Quería que dominara la fuerza en su cuerpo humano. La lanzó contra el suelo tres veces seguidas, usando movimientos tan rápidos que los ojos de los betas apenas podían seguirlos. —¡Levántate! —le espetó Jaxon, dándole una patada superficial en las costillas para obligarla a moverse—. Malphas no te pedirá permiso para romperte el cuello, después de abusar de ti. ¡Usa tu centro! Kaia escupió sangre, respiró profundamente y se levantó. Sus hermanas, Lyra y Selene, observaban desde el balcón superior con el corazón en un puño. Selene quería gritar, quería que Bastien detuviera esa carnicería, pero su compañero la sujetaba por la cintura, obligándola a presenciar la forja de su hermana. En un movimiento desesperado, Kaia esquivó el siguiente golpe de Jaxon, barrió sus pies y, usando la inercia del gigante, logró derribarlo. Por un segundo, el patio quedó en silencio absoluto. Jaxon estaba en el suelo, y Kaia tenía su antebrazo contra la garganta del instructor. Jaxon sonrió, una expresión aterradora y llena de orgullo salvaje. —Mejor —gruñó él—. Pero nunca celebres antes de que el enemigo deje de respirar. Asegúrate que no pueda contraatacar. Con un giro potente, Jaxon la invirtió, volviendo a dominarla. Sin embargo, el mensaje estaba enviado: Kaia no solo tenía la sangre real, tenía la casta de un verdugo. Los hombres de la manada, que antes la miraban con lujuria o desprecio, empezaron a mostrar un brillo de respeto reticente. Estaba marcada por el olor de Jaxon, sí, pero su espíritu seguía siendo suyo. El Secreto en las Sombras de la Biblioteca Mientras el eco de los golpes resonaba afuera, Lyra decidió alejarse de aquel encuentro de su hermana con su protector y sumergirse en una atmósfera muy distinta. Le costaba asimilar que la guerrera de la familia, proveniente de un linaje real fuera la sumisa de un perro de guerra de Silas. Decidió zambullirse en la biblioteca de los Garras de Bronce, era un laberinto de conocimientos prohibidos, y ella había pasado las últimas horas buscando los elementos necesarios para romper el conjuro. Tenía el ritual lo había encontrado en su manual, pero había un elemento oculto, que sin eso todo lo que ella o Elara la chamán que acompañaba a su hermana hicieran el final sería un rotundo fracaso. Sus dedos, manchados de tinta y polvo, se detuvieron en un tomo encuadernado en piel de lobo n***o que parecía vibrar bajo su tacto. Era un registro de la era de Anuk, un diario de los "Arquitectos del Velo". —No puede ser... —susurró Lyra, acercando la vela al pergamino amarillento. Sus ojos recorrieron una lista de nombres. Eran los Centinelas del Sacrificio, los guerreros de la Garra de Bronce que habían jurado proteger el secreto de la cueva de cuarzo hace cien años. Eran los encargados de asegurar que nadie, ni siquiera los familiares de los sacrificados, se acercaran a las esferas de cristal. En la última página, vio un blasón familiar. Una cabeza de lobo con una cicatriz cruzando el ojo derecho: el emblema de la familia de Jaxon. "Los descendientes de la línea del Verdugo llevarán el peso del silencio. Su sangre es la única que puede contener la rabia de los Resentidos, pues fueron sus manos las que cerraron las puertas por orden de Anuk." Lyra sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Jaxon no era simplemente un guerrero de élite de la Garra de Bronce. Su linaje estaba manchado por la traición original. Sus antepasados habían sido los carceleros de la Manada de Invierno. —Él lo sabe —concluyó Lyra, cerrando el libro de golpe—. Por eso es tan frío, por eso se aislaba cuando enloquecía. No era solo falta de una mujer; era el eco de los gritos de mi gente atrapada en el cuarzo, resonando en su sangre. La conexión era aterradora. Kaia se había entregado al descendiente del hombre que condenó a su estirpe al olvido. La Encrucijada de la Sangre Al caer la tarde, el entrenamiento terminó. Kaia estaba exhausta, cubierta de moretones y barro, pero caminaba con la cabeza alta al lado de Jaxon hacia la casa comunitaria para comer. Los hombres se apartaban, reconociendo el pacto de protección no como una debilidad de ella, sino como una alianza de hierro. Lyra bajó las escaleras a toda prisa, interceptándolos en el pasillo principal. Fijó su mirada en el atuendo de su hermana, horrorizada ante la nueva posición que ella optó, la miró fijamente a los ojos que reflejaban la dureza de su protector que estaba a su lado. —Kaia, necesito hablar contigo —dijo Lyra, su voz cargada de una urgencia que no pasó desapercibida para Jaxon. —Puede hablar delante de mí, chamán —dijo Jaxon con una calma gélida—. Ella es mi mujer bajo el pacto. Sus secretos son mis secretos. Lyra lo miró con fuego en los ojos. —¿Incluso los secretos de tu abuelo, Jaxon? ¿O los de los Centinelas que ayudaron a Anuk a enterrar a mi pueblo mientras aún respiraban? El silencio que siguió fue tan pesado que pareció detener los latidos del corazón de Kaia. Jaxon no se inmutó, pero su mandíbula se tensó hasta que los músculos parecieron a punto de estallar. Kaia miró a su hermana y luego a su protector, sintiendo que el suelo volvía a agrietarse bajo sus pies. —¿De qué estás hablando, Lyra? —preguntó Kaia, su voz apenas un susurro. Ya mi hombre te ha dicho que todo lo que me quieras decir, él también lo debe escuchar. —He encontrado los registros —continuó Lyra, ignorando la advertencia tácita en la postura de Jaxon—. Él es la llave, Kaia. Pero no porque sea un gran guerrero... sino porque su sangre es la que selló la puerta. Si queremos sacar a Elena, necesitaremos a Jaxon, pero no sé si podemos confiar en el hijo de los carceleros. Jaxon dio un paso al frente, su sombra cubriendo a las dos hermanas. Su olor a tabaco, cuero y bosque se intensificó, reclamando el espacio. —Mi linaje hizo lo que el Alfa de aquel entonces ordenó para salvar a la mayoría —dijo Jaxon, su voz resonando con un dolor antiguo y reprimido—. He cargado con esa mancha toda mi vida. Si crees que el pacto con Kaia es una forma de redención, te equivocas. Ella quería protección y se la di. Acepto mis reglas, quien le haga daño a tu hermana se las verá con mi ira. Sabía que mis antepasados habían ayudado a ese maldito chamán, que te recuerdo es de tu manada. Si a alguien hay que reclamarle sería a él, no a mí. Solo me debo a mis principios y mi lealtad a mi manada. Kaia se interpuso entre ambos, colocando una mano firme sobre el pecho de Jaxon. Podía sentir el latido acelerado de su corazón, la prueba de que, a pesar de su máscara de piedra, la revelación le dolía. —Lyra, basta —sentenció Kaia—. Jaxon me ha protegido cuando nadie más lo hizo. Su pasado no me pertenece, pero su presente sí. Si él es la llave para salvar a Elena, entonces la Diosa Luna tiene un sentido del humor muy retorcido. Pero no permitiré que lo juzgues por pecados que no cometió. —Kaia, no puedo creer tu aptitud. Tú no eres así—agarrando por los brazos a su hermana. Eres una guerrera de los Lobos Blancos. El linaje de este hombre es inferior al nuestro y responsable del conjuro de Anuk. Antes de rebajarte a ser la mujer de esta bestia de hierro porque no recurriste a tus hermanas. ¡Plas!... La sonoridad del impacto de la mano de Kaia en el rostro de Lyra estremeció el ambiente. —Que sea la primera y última vez que le faltas el respeto a Jaxon. Es mi protector, si lo lastimas, me lastimas a mí, si lo ofendes, me ofendes a mi. Cualquier daño que le hagas, me lo haces también a mí. —sentenció Kaia ante su hermana, su pareja y varios hombres que estaban cerca de ellos. Después de golpear a su hermana, Kaia se retiró con su hombre a sus aposentos, sin una pizca de remordimiento o sorpresa por lo ocurrido, dejando atrás a una sorprendida Lyra que no podía creer el grado de sumisión y compromiso que Kaia y Jaxon tenían el uno al otro a pesar de no ser mate y menos estar a la altura del linaje de los lobos blancos. Jaxon le pidió a Kaia que durmiera en sus aposentos. A lo que la mujer afirmó con la cabeza inmediatamente. El hombre tenía la bañera lista para despojarse de todo el sudor y el polvo del entrenamiento. Despojo a su mujer de la ropa y la metió en la enorme tina para ambos bañarse. Después de asearse, comieron algo para recobrar fuerzas y bebieron un licor que Jaxon guardaba para momentos especiales. Estaba orgulloso del actuar de Kaia, no solo aceptaba la brutalidad de su entrenamiento, si no ser su mujer de cuerpo y alma. —Ven aquí, preciosa.—Jaxon invitaba a que Kaia se sentará en sus piernas. Algo que ella gustosamente hizo. Empezó a besar su cuello, hasta subir a su boca y comerla a besos, mientras apasionadamente su mano se deslizaba por sus muslos hasta llegar a su parte intima. Empezó a acariciarla, mientras su mujer gemía de placer. Jaxon la volteo sobre sus piernas y levantó su túnica para darle nalgadas a su loba. Agarraba aquellos glúteos con placer, los masajeaba mientras le daba de vez en cuando sus nalgadas. Jaxon ayudó a Kaia a levantarse para que la mujer se quitará la ropa, mientras él hacía lo mismo seguía sentado en aquella silla y Kaia subió encima de él para introducir su polla y cogerse a su hombre. El sexo con Jaxon era en una silla, mesa, en el piso todo era tan salvaje y carnal en ellos. Fueron horas de placer entre ambos hasta quedarse dormidos. Kaia se levantaba sin molestar a su hombre en la madrugada para ir a sus aposentos y prepararse para otra jornada de entrenamiento o actividad con Jaxon.
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