Capítulo 2

1809 Palabras
La hija del capataz Perspectiva: Alessio  París tenía el aroma del asfalto mojado después de una tormenta de otoño, mezclado con el vaho dulce que escapaba de las boulangeries de Saint-Germain y el cuero caro de los asientos del coche que me llevaba al liceo. Londres olía a alfombras antiguas, a lluvia perpetua y al humo denso de los taxis que cruzaban el Támesis. Ginebra, donde había pasado los últimos dos años encerrado en el internado Le Rosey, sabía a aire de montaña, a chocolate alpino y al frío aséptico de una riqueza que no necesitaba gritar para hacerse notar. La Hacienda De Luca, en cambio, olía a verdad cruda. Olía a bosta fresca, a pasto recién cortado que se pudría bajo el sol, a sudor animal y a un viento cargado de polvo que se te metía por la nariz, raspándote la garganta hasta dejarte un sabor amargo y metálico en la boca. Odiaba este lugar. Odiaba cada una de los miles de hectáreas que mi abuelo había comprado a precio de oro y que mi padre pretendía que yo "amara" por decreto familiar. Odiaba a mi madre por haberme abandonado en este patio de barro como si fuera un mueble viejo del que necesitaba deshacerse para organizar sus cenas benéficas sin el estorbo de un adolescente huraño. Y, sobre todo, odiaba a mi padre por su maldito romanticismo agrario. «Un De Luca no puede dirigir el destino de mil familias desde un piso 40 en Manhattan si no sabe cuánto pesa la espiga que paga sus cuentas, Alessio», me había dicho en su despacho de la capital, rodeado de cuadros de pintores impresionistas y maquetas de barcos. Qué hipocresía. Él estaba allí, firmando contratos internacionales, mientras a mí me tiraba a los leones. O, mejor dicho, a los caballos. La habitación que me habían asignado en la casa de huéspedes de la administración era un insulto a mi existencia. No medía más de cuatro metros por cuatro. Las paredes estaban pintadas de un blanco a la cal que se descascaraba en las esquinas; la cama era una estructura de hierro n***o con un colchón que crujía ante el menor movimiento, y el único lujo era un armario de madera de pino que olía intensamente a naftalina. Cuando abrí la ventana principal, el panorama no mejoró: una vista panorámica a los potreros de engorde, donde un grupo de vacas me miraba con la misma apatía con la que yo miraba el mundo. Me cambié de ropa a regañadientes. Me negaba a usar los harapos que mi madre sugirió que comprara en el pueblo, así que me puse una camisa de algodón Oxford azul pálido, unos vaqueros oscuros de corte italiano —que al menos eran más resistentes que el lino— y mis mocasines de gamuza, que ya daban pena debido al lodo del patio. Cuando salí al porche de madera, la chica ya estaba allí. Mariana Aguirre. La hija del capataz. La criatura más insolente que me había topado en mis quince años de vida. Estaba sentada en el escalón de la entrada, con un trozo de madera blanda en una mano y una navaja pequeña en la otra, tallando lo que parecía ser la figura de un potrillo con una destreza que me pareció casi insultante. Al escuchar mis pasos, no se levantó de inmediato. Se tomó su tiempo para soplar las virutas de madera que se habían acumulado en su regazo, cerró la navaja con un chasquido seco y la guardó en el bolsillo de su vaquero gastado. Luego, se puso en pie de un salto, mirándome de arriba abajo con esos ojos oscuros y despiertos que parecían leer mis pensamientos de aristócrata en decadencia. —Tu ropa sigue siendo demasiado fina para lo que nos espera, De Luca —dijo, señalando mi camisa con la punta de su bota sucia—. El algodón azul se mancha con el sudor del caballo y no sale nunca más. Mañana le diré a mi papá que te consiga unas camisas de mezclilla en el almacén de Don Segundo. Hoy vas a tener que aguantarte el daño. Camina, que el capataz no espera a los rezagados. —Sé caminar perfectamente sola, gracias —le respondí con mi mejor tono de desprecio aristocrático, pasándole por el lado y obligándola a apartarse del sendero. Quise demostrarle que no necesitaba un lazarillo de doce años en la propiedad de mi propia familia. Me adelanté unos diez metros, estirando la espalda, intentando adoptar la postura de un hombre de negocios que inspecciona sus dominios. Pero la Hacienda De Luca tenía una forma muy particular de humillar a los soberbios. Justo al doblar la esquina del galpón de herramientas, mi mocasín izquierdo encontró un pozo de arcilla húmeda oculto bajo una capa de paja seca. El pie se me hundió hasta el tobillo con un sonido de succión asqueroso. Perdí el equilibrio, mis brazos se agitaron en el aire como las aspas de un molino dañado y tuve que apoyar la mano derecha directamente sobre la pared del galpón, que estaba cubierta de una generosa capa de polvo verde de alguicida. La carcajada de Mariana no tardó ni un segundo en estallar a mi espalda. No era una risa disimulada, de esas que las damas de la sociedad de mi madre usaban detrás de sus abanicos o copas de champán. Era una risa franca, ruidosa, un torrente de diversión que brotaba desde su pecho y que hizo que los pájaros que descansaban en los aleros del galpón salieran volando en estampida. —¿De qué demonios te ríes? —bramé, dándome la vuelta con el rostro hirviendo de rabia, sintiendo cómo el barro se filtraba por el tejido de mi calcetín de hilo. —De ti —dijo ella sin ningún pudor, alcanzándome con ese paso rítmico y seguro que parecía no verse afectado por las imperfecciones del suelo—. Te lo dije hace diez minutos, De Luca: caminas como si la tierra fuera tu enemiga. Miras al cielo buscando tus aviones y tus edificios, pero no miras dónde pones la pata. Aquí abajo es donde se juega la vida. Si pisas con miedo, la greda te come. Si pisas con arrogancia, te vas de bruces. Saca el pie de ahí antes de que se te pegue el zapato. Me arranqué del pozo de barro con un tirón violento, dejando el mocasín medio suelto. Tuve que agacharme para acomodarlo, ensuciándome los dedos de una masa marrón y pestilente. Mariana se detuvo a mi lado, cruzándose de brazos, mirándome con una mezcla de lástima y entretenimiento. —Sígueme —ordenó, esta vez sin esperar réplica—. Y no te separes del camino de piedra laja si no quieres terminar en los canales de regadío. La seguí en silencio, tragándome el orgullo milímetro a milímetro. Nos adentramos en el complejo de los establos principales, una estructura colosal de madera de roble y techos de zinc que mi padre había mandado a importar desde Alemania. El calor dentro del recinto era sofocante, denso, cargado de los vapores del amoníaco, la alfalfa seca y el calor corporal de decenas de animales de pura sangre. Era el corazón ganadero del imperio De Luca. A ambos lados del pasillo central, los boxes de madera barnizada albergaban a los caballos de competencia, animales que costaban más que todo el internado suizo donde yo pasaba los inviernos. Eran bestias imponentes, hermosas pero aterradoras cuando se las miraba desde el suelo y no desde la tribuna de un club ecuestre. Al vernos pasar, un semental n***o como la noche, con una alzada que superaba los dos metros hasta la cruz, pateó con furia el tablón inferior de su puerta. El estruendo resonó como un disparo de escopeta en el espacio cerrado. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: di un salto hacia atrás, ensanchando los ojos, buscando una ruta de escape por instinto de supervivencia. Mariana, sin embargo, ni siquiera pestañeó. Se detuvo justo frente al box del semental furioso. No mostró miedo, ni sorpresa, ni un solo músculo de su rostro se tensó. Extendió su pequeña mano derecha, roma y áspera, y la apoyó suavemente sobre los barrotes de hierro. Luego, entornó los ojos y soltó un soplido suave, constante, imitando el sonido que hacen las yeguas para calmar a sus crías en el destete. El semental, que tenía los ojos inyectados en sangre y los ollares abiertos exhalando vapor, se detuvo en el acto. Orejeó hacia delante, estiró el cuello y, tras unos segundos de duda, pegó su enorme hocico grisáceo contra las manos de la chica, buscando una caricia que ella le otorgó de inmediato, rascándole detrás de las orejas con una ternura experta. —Se llama Tormenta —dijo ella, sin quitarle los ojos de encima al animal, pero hablando en un tono lo suficientemente alto para que yo la escuchara—. Llegó de Inglaterra hace seis meses. Es un malcriado. Los peones le tienen miedo porque mordió a uno de los veterinarios, pero no es malo. Solo está asustado. Extraña su pasto, extraña su idioma, supongo. Siente tu miedo, De Luca. Si entras aquí pensando que eres el dueño del mundo porque tu apellido está grabado en el arco de la entrada, él te va a poner en tu lugar de una sola patada. Los caballos no saben de cuentas bancarias. Si entras sabiendo quién eres, respetando su espacio, te va a dejar pasar. Me quedé mirándola en una fijeza estupefacta. Ella tenía doce años; yo quince. Se suponía que yo era el educado, el que hablaba cuatro idiomas, el que había visitado los museos del Louvre y el Hermitage, el heredero de la fortuna que pagaba el sueldo de su padre. Pero en ese preciso instante, bajo las vigas oscuras de ese establo, rodeado por la fuerza bruta de la naturaleza y la seguridad aplastante de esa niña, me di cuenta de una verdad demoledora: en la Hacienda De Luca, yo no era absolutamente nadie. Era un estorbo de ciudad. Un paquete que el chofer había dejado por error. —¿Te vas a quedar ahí admirando al caballo o vas a agarrar la horquilla? —la voz de Mariana me sacó de mis pensamientos, devolviéndome a la cruda realidad de mi castigo—. El establo tres no se va a limpiar solo, y mi papá ya viene por el callejón central. Moverse, niño de ciudad, que el día es corto y la paja es mucha. Miré la herramienta que me extendía: una horquilla de madera y hierro que pesaba tres veces más de lo que imaginaba. La tomé, apretando los dientes para que no me temblaran las manos, prometiéndome a mí mismo que, aunque me costara la última gota de sangre, esa niña jamás volvería a reírse de mí.
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