Capítulo 1
El niño de ciudad
Perspectiva: Mariana
La niebla en la Hacienda De Luca no era un simple fenómeno del clima; era una criatura viva que se arrastraba desde las cumbres de los cerros al amanecer, devorando los potreros, borrando las cercas y cubriendo los campos con un manto blanco y espeso que olía a tierra mojada, a pasto frío y a misterio. A mis doce años, yo estaba convencida de que el mundo real terminaba exactamente allí donde los olivos centenarios extendían sus ramas retorcidas contra el cielo gris. Más allá del gran arco de piedra que marcaba la entrada de la propiedad, para mí solo existía un vacío cartográfico, una abstracción que la gente del pueblo llamaba "la capital" o "el extranjero".
Mi padre, Augusto, siempre decía que la tierra era el único juez honesto que le quedaba al ser humano. «Ella no sabe de apellidos, Marianita», me repetía por las noches mientras limpiaba sus espuelas de plata al calor de la cocina a leña. «Si la cuidas con respeto, te da de comer; si le mientes o la traicionas, te traga sin dejar rastro». Yo me había grabado esas palabras a fuego bajo la piel, mucho antes de entender lo que significaba la traición.
Aquella mañana de marzo, el otoño empezaba a teñir de ocre las hojas de los viñedos de exportación. El aire estaba cargado de una humedad densa que anunciaba tormenta, ese olor metálico y eléctrico que los caballos detectaban antes que nadie. Yo estaba sentada en lo alto de la cerca de madera del picadero principal, con las piernas colgando y las botas gastadas rítmicamente golpeando los tablones. Mis manos, ya endurecidas por el roce de las riendas y las cuerdas de cáñamo, trabajaban con agilidad trenzando un lazo de cuero crudo. Era un trabajo que requería paciencia, pero a mí me servía para calmar la inquietud que se respiraba en el ambiente.
Toda la hacienda estaba en una tensión silenciosa desde el día anterior. Los peones habían limpiado los caminos principales tres veces, las caballerizas relucían como si fueran el piso de una iglesia y los capataces de las secciones agrícolas vestían sus mantas de huaso más pulcras.
De pronto, un sonido ajeno rompió la sinfonía habitual del campo. No era el relincho de un semental ni el golpeteo del tractor John Deere que trabajaba en los potreros del sur. Era el rugido grave, sordo y arrogante de un motor de alta gama.
Un Mercedes-Benz n***o, de líneas alargadas y cristales blindados tan oscuros que parecían fragmentos de noche, cruzó el arco de piedra de la entrada. Avanzó despacio por el callejón de los olivos, balanceándose con pesadez sobre los baches del camino de tierra. El barro del callejón salpicó la carrocería impecable, un detalle que me causó una pequeña y secreta satisfacción. Ese coche no pertenecía aquí. Parecía un intruso de metal insultando la pureza del paisaje.
Mi padre, que estaba unos metros más allá revisando los herrajes de un remolque, se detuvo de inmediato. Se enderezó, se quitó el sombrero de ala ancha con parsimonia, lo sacudió con un golpe seco contra su muslo y se acomodó la faja roja en la cintura. Su rostro, surcado por las arrugas que deja una vida entera bajo el sol y el viento, no mostró ninguna emoción, pero yo vi cómo sus hombros se tensaban. Supe entonces, sin necesidad de que nadie me lo dijera, que los patrones habían llegado.
O, para ser exacta, el heredero del imperio.
El automóvil se detuvo en el centro del patio principal, frente a la oficina de la administración. El motor ronroneó unos segundos antes de apagarse, dejando un silencio casi sepulcral en el lugar. El chofer, un hombre con un traje gris tan rígido que parecía que no podía doblar los codos, bajó a toda prisa para abrir la puerta trasera.
La primera en descender fue Doña Isabella De Luca.
Verla en persona era como mirar una estatua de mármol tallada por el viento del invierno. Su elegancia era un arma cortante. Vestía un abrigo de cachemira color crema que desafiaba la suciedad del entorno, unos anteojos oscuros que ocultaban sus ojos y unos zapatos de tacón fino que, de manera casi milagrosa, parecían evitar los charcos de lodo con una precisión quirúrgica. Ella no caminaba; flotaba sobre la miseria del mundo terrenal, desprendiendo un perfume a rosas francesas y distinción que eclipsó de golpe el olor a bosta y alfalfa del corral.
Entonces, la puerta del otro costado se abrió. Y bajó él.
A mis doce años, yo jamás había visto a alguien que luciera tan fuera de lugar, tan frágil y a la vez tan extrañamente soberbio. Alessio De Luca tenía quince años, pero cargaba con una postura rígida, una armadura invisible construida en los internados más caros de Europa. Su ropa parecía de catálogo: unos pantalones de lino azul marino perfectamente planchados, una camisa blanca de cuello almidonado y unos mocasines náuticos de gamuza marrón que daban absoluta risa en un suelo dominado por la greda y las piedras sueltas. Su cabello oscuro, espeso y perfectamente peinado hacia atrás, brillaba bajo la luz mortecina del día.
Pero lo que me obligó a soltar el lazo de cuero que tenía entre las manos fueron sus ojos.
Incluso desde la distancia de la cerca, cuando él levantó la cabeza para mirar el horizonte, pude ver el color verde selva de sus pupilas. Un verde profundo, salvaje, que contrastaba de manera violenta con la palidez de su piel de ciudad y su actitud de fastidio absoluto. Miró los miles de hectáreas de praderas, los galpones de última tecnología y los cerros colmados de viñedos con una mueca de desprecio, como si lo hubieran desterrado al último rincón del infierno.
—Augusto —la voz de Doña Isabella resonó en el patio, clara, gélida y aristocrática, desprovista de cualquier calidez humana—. Aquí tienes a Alessio.
Mi padre caminó hacia ella con pasos firmes pero pausados, manteniendo una distancia prudente, la distancia que las clases sociales marcaban como ley no escrita. —Buenos días, patrona. Sea bienvenido el joven Alessio.
Doña Isabella ni siquiera se molestó en quitarse los anteojos oscuros para mirarlo. Su atención regresó de inmediato a su hijo, a quien evaluó con una frialdad que me heló la sangre. Para ella, ese chico no parecía ser su carne y sangre, sino un activo de la empresa familiar que requería una reparación urgente.
—Su padre se ha empeñado en esta ridiculez —continuó la mujer, cruzándose de brazos—. Don Vittorio insiste en que un De Luca no puede gobernar el Grupo desde un escritorio en Nueva York si antes no aprende «el valor del trabajo real» y el olor de la tierra que financia sus lujos. Yo considero que es una pérdida de tiempo constructiva, pero la palabra de su padre se respeta en esta hacienda. Asegúrate de que no se mate, Augusto. Pero bajo ninguna circunstancia le hagas la vida fácil. No ha venido de vacaciones. Tiene mucho que aprender si pretende heredar este imperio algún día.
Alessio no se movió. No miró a su madre, no rechistó, ni mostró el menor signo de sumisión. Mantuvo los puños hundidos en los bolsillos de su pantalón de lino, con la mandíbula tan apretada que un pequeño músculo le temblaba en la mejilla. Era la viva imagen de un prisionero político siendo entregado a sus captores, manteniendo la dignidad intacta antes de que cerraran la celda.
—Descuide, Doña Isabella —respondió mi padre, inclinando levemente la cabeza, manteniendo esa dignidad innata que ningún patrón le había podido quitar—. Aquí en la hacienda tenemos espacio de sobra para templar el carácter. El joven aprenderá lo que es la tierra.
—Eso espero. Regresaré por él cuando comience el invierno. Si es que tolera el polvo hasta entonces.
Sin una sola palabra de despedida para su hijo, sin un abrazo, ni un ademán de afecto, la mujer subió de nuevo al Mercedes-Benz. El chofer cerró la puerta con un golpe seco. El motor cobró vida y el vehículo dio la vuelta, levantando una cortina de polvo gris y piedrecillas que salpicó las pulcras ropas de Alessio. El coche se alejó por donde vino, desapareciendo rápidamente detrás de la cortina de niebla y olivos.
El chico de ciudad se quedó completamente solo en el centro del patio. El viento del campo, que no sabía de marcas ni de herencias, le revolvió el cabello peinado, desordenándolo por primera vez.
Mi padre se quedó mirándolo un momento, evaluando el desafío que tenía por delante. Luego, giró la cabeza hacia donde yo estaba y me hizo una señal inequívoca con la mano.
—Mariana, baja de esa cerca —me ordenó con su voz mansa, esa que usaba para calmar a los novillos bravos—. Deja el lazo para después.
Me deslicé de los maderos con la agilidad y destreza de quien ha pasado su infancia trepando árboles, saltando acequias y corriendo detrás de los animales. Me sacudí el polvo de los vaqueros —que estaban rotos en la rodilla izquierda— y caminé hacia ellos, arrastrando mis botas de cuero gastado que hacían un ruido seco contra la tierra suelta.
Cuando me planté frente a él, me di cuenta de que le sacaba casi una cabeza de altura debido a sus quince años, pero su delgadez lo hacía ver desgarbado, como un brote verde que se ha estirado demasiado rápido en un invernadero sin recibir suficiente sol.
Me quedé observándolo sin ningún disimulo. Examiné sus manos: blancas, suaves, sin un solo callo, unas manos que probablemente solo habían sostenido estilográficas caras, cubiertos de plata y palos de golf. Él, al notar mi escrutinio, bajó la mirada hacia mí. Sus ojos verde selva se clavaron en los míos con una mezcla de fastidio, sorpresa y altivez. Miró mis trenzas oscuras desprolijas, mi rostro tostado por el sol del verano y mis uñas, que tenían esa inevitable línea negra de tierra que caracteriza a los hijos del campo.
—Mariana —dijo mi padre, interrumpiendo el duelo de miradas—, enséñale al joven Alessio dónde va a dejar sus maletas en la casa de huéspedes de la administración. Y en cuanto termine, llévalo directamente al establo tres. Hoy toca cambiar la paja vieja y limpiar los comederos de los caballos de cría.
Alessio parpadeó, como si mi padre acabara de hablarle en un idioma extinto. —¿La casa de huéspedes de los empleados? —preguntó, y su voz, aunque intentaba sonar firme y madura, delató un ligero quiebre, la fragilidad de su adolescencia—. ¿No voy a quedarme en la casa principal? La hacienda de mi familia tiene una mansión de veinte habitaciones.
Mi padre sonrió apenas, una mueca apenas perceptible debajo de su bigote canoso. —Las órdenes de su padre fueron claras, joven Alessio. Si va a trabajar como uno más, va a vivir como uno más. La casa principal permanece cerrada cuando los patrones no están. Mariana, muéstrale el camino.
Mi padre se dio la vuelta y se alejó hacia los corrales de ordeño, dejándome a solas con el heredero del Grupo De Luca.
Él se quedó estático, mirando las dos costosas maletas de cuero de marca internacional que el chofer había dejado tiradas sobre la tierra. Parecía esperar que las maletas se movieran solas por arte de magia, o que yo, por ser la hija del capataz, me agachara a cargarlas.
—¿Te vas a quedar ahí parado hasta que empiece a llover? —le pregunté, cruzándome de brazos, adoptando la misma postura desafiante que él tenía—. Porque si se mojan esas maletas tan finas, te va a tocar usar la ropa de los peones, y dudo que te queden bien los pantalones de mezclilla gruesa.
Alessio me miró como si yo fuera una criatura impertinente que acababa de morderle un zapato. —Sé perfectamente lo que tengo que hacer —respondió con frialdad aristocrática.
Se agachó y tomó una maleta en cada mano. Pude ver el esfuerzo instantáneo en los tendones de sus brazos delgados; aquellas maletas debían pesar una tonelada con toda la ropa de invierno que su madre le había obligado a empacar. Dio el primer paso con firmeza, pero la suela lisa de sus mocasines de gamuza no estaba diseñada para la greda húmeda de la Hacienda De Luca. Su pie derecho resbaló hacia un lado, obligándolo a dar un salto ridículo para no caer de bruces contra el lodo. Las maletas se tambalearon y él soltó una maldición ahogada entre dientes.
No lo pude evitar. Solté una carcajada limpia, ruidosa y vibrante que resonó en todo el patio vacío.
—¡No es gracioso! —exclamó él, volviéndose hacia mí con las mejillas encendidas en un vivo color escarlata, no sé si por el esfuerzo físico o por la humillación de que una niña de doce años se estuviera burlando de él en su propia cara.
—Es muy gracioso —le corregí, caminando a su lado con paso firme, seguro, hundiéndome en el barro sin perder el equilibrio ni un solo milímetro—. Caminas como si el suelo te fuera a morder, De Luca. Aquí la tierra es la que manda. Si pisas con miedo, te caes. Si pisas pensando que eres el dueño del mundo antes de conocer el terreno, te vas de cabeza al pozo. Dame eso.
Antes de que pudiera protestar o esgrimir su orgullo de heredero, le arrebaté una de las maletas de cuero de la mano. Él intentó retenerla, pero mi agarre era fuerte, forjado por años de cargar baldes, fardos de alfalfa y arrear ganado. Se quedó sorprendido por la fuerza de mis doce años.
—Yo puedo solo —insistió, aunque su respiración ya era un poco más agitada.
—Ya veo cómo puedes —repliqué, dándole la espalda para empezar a caminar hacia el callejón trasero de la administración—. Apúrate. Mi papá no tolera la impuntualidad. Si llegamos tarde al establo tres, te va a tocar la peor parte de la limpieza, y te aseguro que el olor a amoníaco de los orines de caballo no se quita de la piel con los perfumes que usas.
Alessio no tuvo más remedio que seguirme, cargando la maleta restante con un orgullo herido que se le notaba en cada zancada torpe. Mientras caminábamos bajo la niebla que empezaba a disiparse lentamente, revelando la inmensidad verde y abrumadora de la hacienda, miré de reojo al chico de ciudad.
Tenía los ojos fijos en mi espalda, la mandíbula apretada y una determinación furiosa creciendo en su mirada verde selva. En ese mismísimo instante, rodeados por el olor a pino, a tierra húmeda y a olivos viejos, lo supe con la certeza absoluta que solo tienen los niños: el hijo del patrón había llegado para quedarse, y nuestras vidas jamás volverían a ser las mismas.