Capítulo 26

1238 Palabras
El despertador sonó a las siete en punto con la canción de Taylor Swift. Pero antes de que sonara Darío ya estaba despierto o mejor dicho, no había pegado ojo en toda la noche. Alcanzó el móvil para apagar la dichosa alarma. No tenía ningún wasap de Claudio, lo cual agradeció. Se dio una ducha rápida y tomó un café solo largo, ya tendría tiempo de desayunar en el despacho. Se presentaba un día largo. Fue hasta el vestidor y escogió un traje oscuro de Armani. Quería sentirse empoderado pues iba a ser su primer día de trabajo después de una semana ausente. Cuando bajó al garaje cayó en la cuenta los días que llevaba sin conducir. Subió a su flamante Porsche y puso música relajante en Spotify. El centro de la ciudad estaba ya colapsado y eso que era primera hora de la mañana. Llegaría tarde seguro a trabajar pero en Madrid se daba por hecho ya el retraso, debido a los atascos que te podías encontrar de camino al trabajo. Tomó dirección Paseo de la Castellana. El atasco era aun mayor cuando la alcanzó. El móvil parpadeó. Era un wasap. Alcanzó el teléfono de la guantera y leyó la notificación. Era un wasap de Claudio. - Mierda, ya empezamos bien temprano... Dudó si abrirlo o no. Tenía excusa para no hacerlo porque era temprano aún y no había estado en linea desde la noche anterior. Claudio no sospecharía y aguardaría sin pensar mal de él. - ¡Pero que coño hago justificándome! Pero Darío solo se engañaba a sí mismo porque estaba deseando saber que le había escrito Claudio. No podía luchar contra sus sentimientos hacía él aunque su cabeza le dijera que aquello no estaba nada bien y que era mejor salir huyendo sin mirar atrás. Aquello era ya pasado y no merecía la pena volver atrás. Pero no. Darío abrió el wasap para saber que le había escrito Claudio y alimentar así las esperanzas en él. La curiosidad le podía más. "Buenos días ¿Qué tal la noche? Espero que tengas un buen comienzo de lunes. Quería disculparme contigo por lo de anoche. Me arrepiento de haberte hecho participe de mis confidencias. Pero en todo caso gracias por estar ahí". Cambió la pista de música en Spotify y puso Fangoria para animarse. Subió el volumen y comenzó a cantar en voz alta cómo si así pudiera ahuyentar sus preocupaciones. Volvió a dejar el móvil en la guantera. Quería olvidar ese wasap. Llegó al edificio del despacho. Entró al garaje y en su plaza de garaje estaba aparcado un coche que conocía muy bien. Era el Audi de Sophie. Se puso furioso dando un golpe al volante. Aparcó su Porche en una de las plazas de garaje que estaban en alquiler y se había quedado libre. Respiró hondo para calmarse. Había llegado el momento de enfrentarse a aquellas alimañas. Salió del ascensor y empujó la puerta acristalada. - Buenos días Leo. Atendía una llamada de teléfono. Ella le saludó con la mano sin sonreír. A Darío le extrañó, era presagio de que algo iba mal. Se dirigió a su despacho. Sacó la llave y la introdujo en la cerradura. La llave no giraba. Dejó el maletín en el suelo y volvió a intentarlo. Tampoco pudo abrirla. - Está atascada, mierda. Oyó una voz a sus espaldas. La reconoció enseguida. Era Leo: - Ya no es tu despacho Darío. Lo siento. Don Juan ha ordenado que se cambie la cerradura. - ¿Cómo? ¿Estás de broma? No entiendo nada. Estoy unos días enfermo y cuando vuelvo he perdido mi puesto ¿Pero qué coño está pasando aquí? gritó. Leo bajó la mirada apenada. - Lo siento, son órdenes del jefe. Si no estás de acuerdo habla con él. No tardará en llegar, está en un juicio en los juzgados de Plaza de Castilla. - ¿Y dónde me pongo yo? ¡Si se puede saber! Parece que soy el último en enterarme... La puerta del entrada al despacho se abrió. Era Sophie. - Buenos días ¿Qué tal el fin de semana compañeros? Se le veía pletórica para ser lunes. Darío la miró de arriba abajo. Se dio cuenta lo aborrecía que la tenía. Fingía ser guay pero era la persona más mala que había conocido en su vida. Era una trepa que no tenía miramientos con nadie. Sólo pensaba en ella. Llegó donde estaban Darío y Leo. Sacó una llave y giró la cerradura de la puerta del despacho de Darío. - ¡Oh lo siento mucho de verdad! Me sabe fatal pero son órdenes del jefe... Darío no daba a crédito lo que estaban viendo sus ojos. - Has sido tú la que lo has orquestado todo para quitarme mi silla ¡Eres una mala persona! ¡Bruja! Leo le hacía señales a Darío para que bajara la voz. El resto de abogados del despacho salieron para ver que estaba sucediendo en el pasillo. Darío observó cómo Sophie tomaba asiento en su silla y encendía su ordenador. Sophie se levantó de nuevo y fue hasta él. - Por cierto, me han dicho que anoche en la discoteca Piscis te lo pasaste muy bien... y que te vieron por ciertos sitios poco recomendables, muy oscuros para entendernos... Será mejor que seas un niño bueno si no quieres que se entere el jefe... Darío estuvo a punto de escupirle a la cara pero Leo lo cogió del brazo invitándole a salir de allí porque sabía que él era capaz de cualquier cosa. Fueron hasta la sala de juntas. Darío se desabrochó su recién estrenada corbata de seda y tomó un café que le ofreció Leo. - Gracias, estoy sobrepasado, no esperaba esto la verdad. - Lo siento mucho Darío, encontrará alguna solución seguro pero ahora relájese por favor. Darío guardó silencio. Su cabeza era un torbellino de pensamientos. Tendría que buscarse otro despacho. En ese estaba ya acabado, lo estaban echando a patadas, es lo que pretendían con todas aquellas acciones. Y su jefe estaba detrás de ellas, no quería dar la cara porque era un cobarde. - Si le parece Darío le dejo aquí tranquilo unos minutos. Tengo que ir a hacer unas gestiones y después salir a hacer unos recados. Han entrado asuntos nuevos y tengo que clasificarlos para repartirlos entre los abogados del despacho. Darío le hizo un gesto con la cabeza asintiendo. Tenía la sensación que ya no tenía nada que hacer allí, se sentía un extraño cómo si él no hubiera hecho nada por ese despacho y de un día para otro le dieran una patada en el culo y a la calle. - Vaya usted tranquila Leo y por cierto, gracias. Es usted la única que vale aquí en esta mierda de despacho. - Gracias a usted Darío, yo le debo muchas aunque usted no lo crea. Esto es insignificante comparado con lo que usted ha hecho por mí en todo este tiempo. - Parece esto una despedida... Supongo que yo ya esos asuntos nuevos no los veré, mi despido es inminente... Leo bajó la cabeza y antes de abrir la puerta para salir se dirigió de nuevo a él: - Pues es una pena porque ha entrado un asunto de los que le gustan a usted. Ayer encontraron un señor muerto en su domicilio y se desconocen las causas. La familia nos pedido que llevemos el asunto...
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