No te muerdas el labio

1079 Palabras
Mientras subo las escaleras por la fila del medio, me siento junto a Lana, que amablemente me ha preparado el portátil. —¿Te has metido en líos?—, me pregunta mientras teclea en su portátil. —No, fue más bien un discurso de "no les hagas caso"—. Ella asiente con la cabeza y sigue con el trabajo. La puerta se abre y el señor Fernández vuelve a entrar. —Bien, clase, seré sincero. No voy a ser indulgente con ustedes, pero en realidad eso les ayuda a dar lo mejor de ustedes mismos y así puedo ver cuáles son sus errores y aprender de ellos juntos. ¿Entendido?—. Todos asienten, yo incluida. —Bien, la lección de hoy la empezaremos con algo fácil. Lo básico. Haremos un juego de roles, pero eso será mañana—. Da una palmada y recorre la clase con la mirada. Sus ojos se posan en mí y luego en Lana. —Ah, señorita Salas, ¿verdad?—. Miro a Lana y veo que parece nerviosa. Ella asiente con la cabeza al señor Fernández, que se sienta en su silla con las manos entrelazadas y se inclina hacia delante. —¿Me puede explicar qué debe demostrar un abogado para demostrar que es profesional y la persona adecuada para contratar?—. Ella revisa sus apuntes y se muerde los labios nerviosamente. Esto es fácil. No quiero parecer presuntuosa. —Eh... Creo que...—, empieza a explicar, pero la interrumpen al poco rato. —Señorita Salas, ¿puedo preguntarle si ha revisado el correo electrónico que envié a la clase para repasar la lección de hoy?—, le pregunta mientras se levanta de la silla y empieza a subir las escaleras lentamente. Lo miro, pero veo que sus ojos están fijos en mí. —¿Y usted, señorita Argüello?—. Aprieto los muslos ante su voz grave, que envía punzadas a mi preciosa dama de ahí abajo. —Bueno, la habilidad principal que necesita un abogado son sus habilidades sociales y de hablar en público. Es importante porque ayuda al cliente a comprender su confianza y dedicación al trabajo , ¿quiere que continúe?—. Me dedica una sonrisa de admiración y vuelve a su escritorio. —Está bien, solo asegúrate de incluirlo en tu trabajo y enviármelo antes de que acabe el día. Señorita Salas, espero que tome apuntes, por favor—. Lana asiente y se sonroja. Frunzo el ceño ante la vergüenza que siente ahora. Me ocuparé de ella después de esto. —Podemos estudiar en mi casa si tú... —¿Crees que puedes coger el autobús a casa? Tengo algo muy importante que hacer—, me pregunta mientras suena el timbre y recoge sus cosas. ¿Está enfadada conmigo? —¿Estás enfadada conmigo?—. Niega con la cabeza y se abre paso entre los demás alumnos bajando las escaleras. Suspiro y recojo mis cosas. Genial, soy la última aquí. Hoy solo tengo una clase y era Derecho, mientras que mañana tengo Inglés, Matemáticas y luego Derecho. —Frida, ¿estás bien?—. Levanto la vista y veo al señor Fernández frunciendo el ceño. —Sí, estoy bien, gracias—. Me doy cuenta de que quiere preguntarme algo, pero la puerta se abre y aparece una mujer de cabello castaño claro y ojos azules, con una sonrisa en el rostro. Es preciosa. —Hola... oh, hola, lo siento… —. ¿Novia? ¿Esposa? ¿Amante? Mis pensamientos siguen especulando, pero se detienen cuando veo un anillo de diamantes en su dedo anular mientras ella acerca su rostro para darle un beso en los labios. Por supuesto que está casado. ¿Por qué no me había fijado en la alianza que lleva en el dedo? Quizás porque te importa un comino. —Me iba a marchar, soy Frida, encantada de conocerte. Tienes un marido excelente. Es bueno en su trabajo—, me mira de arriba abajo y sonríe. No sé si es una sonrisa falsa o sincera. —Gracias, tengo mucha suerte, ¿verdad? Ah, yo soy Renata—. Asiento y miro al señor Fernández, que me está mirando. —Te envié mi trabajo por correo electrónico—, mira su portátil y asiente, y luego mira a su mujer. —Lo siento mucho, cariño, pero necesito hablar de esto con la señorita Argüello. ¿Crees que podemos recoger a Thomas juntos en otra ocasión?—. Ella cruza los brazos y resopla mientras sale por la puerta. —Oh, no, no pasa nada, podemos hablar de esto mañana, de verdad que no me importa—, le digo, pero él levanta la mano y acerca una silla a su lado. —Por favor, siéntese—. Asiento con la cabeza y me siento a su lado. —Vale, ¿puedes explicarme por qué llegaste tarde a mi clase?—, trago saliva, ya que me resulta realmente intimidante. —Bueno, no oí el despertador y mi amiga intentó despertarme, pero no pudo, así que me empujó de la cama y caí de cul0, y tuve que darme prisa, así que...—. Me coge la mano, lo que me impide hablar al instante. Miro nuestras manos y sonrío un poco, pero rápidamente levanto la vista y veo que él está sonriendo con aire burlón. —Tranquila, no estoy enfadado. Solo intenta que no se convierta en una costumbre, ¿vale?—. Asiento con la cabeza y él revisa mi trabajo. Miro hacia abajo y veo que nuestras manos siguen unidas. Un rubor se extiende por mis mejillas y la retiro. —Lo siento—, se ríe nervioso y se frota la nuca. Me río y cruzo las piernas. —No pasa nada, señor—. Me muerdo el labio y veo cómo se le ensombrece el rostro. Mi3rda. Se inclina hacia delante y me saca el labio con el pulgar. —Cosa ti avevo detto riguardo al morderti il labbro, tesoro? (¿Qué te dije sobre morderte el labio, ángel?) —Dijiste que harías algo de lo que te arrepentirías. Él asiente. —¿Qué vas a hacer?—, le pregunto. Algo se le ocurre y se aclara la garganta. —Lo siento, pero tengo que irme. Nos vemos mañana, señorita Argüello—. Frunzo el ceño mientras me abre la puerta. —Oh, vale, adiós, señor.
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