DAVID
Estoy sentado en mi escritorio en casa revisando los trabajos que hemos hecho hoy con los alumnos; sé que todavía no tengo por qué mirarlos, pero necesito hacer algo para distraerme de... lo que ha pasado hoy.
Nunca antes me había comportado así, y menos aún con una alumna. Hay algo en Frida que no consigo entender. Quizá sea la forma en que sus preciosos ojos color avellana me miran con inocencia, sin tener ni idea de lo que le haría si se muerde ese labio una vez más.
O tal vez sea la forma en que ilumina la habitación cada vez que entra. No se da cuenta de lo guapa que es, y por eso las chicas de su clase están celosas de ella; incluso mi mujer se sintió amenazada por ella.
Cuando estaba cerca de ella, no podía evitar quedarme hipnotizado por su aroma, que se desprendía de ella. Ya me estaba volviendo adicto a él, en el buen sentido. Olía a una mezcla de melocotón y vainilla, era impresionante.
O tal vez era su cuerpo perfecto de reloj de arena...
—Papá—. Levanto la vista y veo a Thomas corriendo por mi despacho. Lo cojo en brazos y lo siento en mi regazo.
—Te he echado de menos, ¿te has portado bien con la tía Laura?—, le pregunto, y él asiente con la cabeza.
—Papá, ¿puedo hacerte una pregunta?—, me preguntó con las manos en la barbilla, mirándome.
—¿Cuál es la pregunta?—, le pregunto.
—¿Se quieren mamá y tú?—. Abro mucho los ojos al oír sus palabras. Las cosas se han complicado entre Renata y yo durante los últimos dos años, desde que la encontré en la cama con su entrenador personal.
—Bueno... claro que sí, ¿por qué lo preguntas?—. Se encoge de hombros y veo a Renata entrar en la habitación.
—Ahí estás, Thomas, vamos, la cena está en la mesa—. Thomas salta de mi regazo al oír las palabras de mi mujer y espera a que me levante, cogiéndome de la mano para que camine con él.
En la mesa hay más verduras que comida de verdad.
—¿Qué tal si salimos a cenar fuera, si?—. Miro a Thomas, que sonríe feliz.
—Sí—. Thomas se estira para que lo coja en brazos y lo hago, mientras él apoya la cabeza en mi hombro. Renata cruza los brazos y niega con la cabeza.
—No, no lo creo. Comeremos lo que he cocinado—. Suspiro y me paso la mano por el pelo.
—Eso no es una comida, Renata. Sé que intentas que Thomas coma sano, pero es un niño, déjale vivir su vida. ¿Vienes o no?—. Ella mira su teléfono y niega con la cabeza.
—Mi amiga... Lily va a venir para pasar un día de chicas, así que ustedes dos pueden ir sin mí—, nos dice mientras mira fijamente su teléfono y teclea sin parar. Z0rra infiel.
Sé que debería pedir el divorcio, pero no puedo hacerle eso a Thomas. Me rompió el corazón cuando mis padres se divorciaron.
Pongo a Thomas en su sillita y le abrocho el cinturón antes de subir al coche y cerrar las puertas.
—Oh, ¿podemos ir a Casa del Café?—, Thomas da saltitos de alegría al acercarnos a la cafetería. Aparco el coche, salgo por el lado de Thomas y lo saco.
—Me has leído el pensamiento—, le digo mientras lo cojo en brazos y entramos por la puerta de Casa del Café y nos sentamos en una mesa cómoda con el menú sobre ella.
—¿Puedo tomar eso, papi, por favor?—, me pide con las manos en señal de súplica.
—Vale, ¿qué bebida quieres?—, le pregunto.
—Chocolate con leche, gracias, papá—, me abraza por los costados. Le sonrío. Daría la vida por mi hijo, es todo mi mundo.
—Hola, ¿qué les pongo?—, me pregunta la camarera.
—¿Me pones un sándwich con leche con chocolate y yo tomaré una tortilla de jamón y queso con un vaso de agua fría, por favor?—. Ella asiente y se muerde el labio mirándome. Sin reaccionar.
—Claro, guapo—, dice mientras se aleja con nuestro pedido anotado.
—¡Qué asco, qué fea!—, dice Thomas mirándome con una ceja levantada para ver mi reacción. Asiente y dice: —Buena respuesta.
Me río de él y le hago cosquillas, a lo que él se ríe y trata de darme una patada para que pare. Me detengo al ver a Frida entrar sola y sentarse en la mesa del otro extremo, frente a nosotros. Ella aún no me ha visto, pero el camarero sí, claramente, ya que se acerca mucho, apoyando los codos en la mesa, y coquetea con ella mientras ella intenta decirle lo que quiere pedir.
—Frida, ¿eres tú?—, le pregunto. Ella levanta la vista, abre mucho los ojos y se relaja al ver que el camarero va a tomarle nota. Me hace un gesto de asentimiento y mira a Thomas, que tiene la boca abierta de la sorpresa. Se inclina hacia mí y me susurra al oído:
—Papá, parece una princesa—. Sonrío ante sus palabras.
—Ven a sentarte con nosotros, no te voy a morder—, le dice Thomas a Frida. Este chico tiene confianza, claramente heredada de mí.
—Pero yo sí—, murmuro entre dientes. Frida se levanta, se acerca a nuestra mesa y se sienta en la silla frente a mí.
—Hola, señor Fernández, lo siento, no sabía que estaría aquí—. La miro y ella se muerde el labio. Sabe lo que está haciendo.