Tessa Koch El final de la jornada laboral en Alekseyev Holdings se sintió como el repliegue de una marea violenta. Las oficinas empezaron a vaciarse, las luces de los pasillos se atenuaron y el bullicio de las finanzas fue reemplazado por un silencio pesado y expectante salí de mi oficina con Aratz en brazos, quien ya empezaba a mostrar signos de cansancio, restregándose los ojos con sus pequeños puños. Asier me esperaba en la puerta de presidencia, con la chaqueta del traje colgada del brazo y la camisa ligeramente desabotonada, una imagen de relajación que rara vez se permitía en este edificio. —¿Nos vamos? —preguntó él, su voz suave pero cargada de una intención que no dejaba lugar a dudas Caminamos juntos hacia el ascensor privado. La cercanía de su cuerpo, el roce ocasional de

