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El Espía

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Ya el silencio se había apoderado de cada una de las estancias de la casa, tanto que a veces me costaba ir hacia allá, donde habían sucedido tantas y tantas cosas en familia.

Ya el silencio se había apoderado de cada una de las estancias de la casa, tanto que a veces me costaba ir hacia allá, donde habían sucedido tantas y tantas cosas en familia.

Al principio ponía la televisión o la radio, para escuchar una voz allá donde estuviese en la casa, y eso me consolaba, pero luego, ¡me parecía tan absurdo, engañándome a mí mismo!, haciendo como si estuviese acompañado, cuando ya no quedaba nadie.

Alegrías, penas y tristezas, escuchadas por cada rincón de aquel hogar, en el que con tanto esmero siempre mi mujer había trabajado por mantener en orden y limpio.

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CAPÍTULO 1. La Memoria-1
CAPÍTULO 1. La Memoria Ya el silencio se había apoderado de cada una de las estancias de la casa, tanto que a veces me costaba ir hacia allá, donde habían sucedido tantas y tantas cosas en familia. Al principio ponía la televisión o la radio, para escuchar una voz allá donde estuviese en la casa, y eso me consolaba, pero luego, ¡me parecía tan absurdo, engañándome a mí mismo!, haciendo como si estuviese acompañado, cuando ya no quedaba nadie. Alegrías, penas y tristezas, escuchadas por cada rincón de aquel hogar, en el que con tanto esmero siempre mi mujer había trabajado por mantener en orden y limpio. Poco a poco fui cerrando las estancias, esas que ya no usaba para nada, o las que con solo verlas me traían al presente tantos recuerdos vividos, la mayoría de ellos alegres, lo que extrañamente me producía un gran dolor, quizás por añorarlos, o puede que sea por la seguridad que tenía de que nunca se volverían a repetir, que todo lo vivido allí, quedaría solo en mi memoria, mientras esta durase. A pesar de que en varias ocasiones le había dicho a mi mujer de trasladarnos a otro sitio, ya fuese por motivo de trabajo o por nuestra jubilación, ella siempre había dicho que no, que su lugar estaba allá donde sus recuerdos permanecían, allí había visto crecer a sus hijos, y conocía a todo el vecindario, y eso le hacía sentirse a gusto. Por alguna extraña razón, ella prefería dejar las “cosas como estaban” como decía ella, sin cambiar nada de la casa, ni un solo cuadro o fotografía, y cuando le preguntaba el motivo, ella solo decía que “así estaba bien”. Había tenido dificultades para salir de vacaciones, ya que en varias ocasiones, cuando ya éramos mayores, y nuestros hijos ya habían partido a otros lugares a trabajar, cuando ya estábamos solos los dos, a pesar de eso, ella siempre esperaba que apareciese alguno por casa, y ponía alguna excusa para no estar más de dos o tres días alejados de aquel lugar. Pero ¿cómo iban a aparecer?, si algunos vivían en otros continentes, y con el que estaba más próximo, apenas manteníamos contacto después de que tuvimos aquella discusión. Algo de lo que aún me arrepiento, no tanto porque fue del todo innecesaria, si no por las consecuencias que tuvo en nuestra relación. Mi mujer desde ese momento me miraba diferente, yo sé que tenía la razón, y que nuestro hijo se equivocaba, pero ella como madre, no entendía por qué no apoyaba a nuestro hijo cuando más lo necesitaba. Lo más difícil para mí fue su pérdida, cuando pienso en ese momento, apenas puedo respirar, tantos años de convivencia, y aunque no siempre fue pacífica, siempre hubo mucho amor y respeto entre nosotros. En los últimos años, casi teníamos vidas separadas, si es que se puede llamar así, nos respetábamos, nos queríamos, pero cada uno trataba de desarrollar sus propias actividades sin contar con el otro, muy al contrario de cuando nos conocimos que queríamos hacer todo junto, y estar compartiendo el mayor tiempo posible. Quizás sea la costumbre, pero ya casi no nos veíamos más que para comer y cenar, ella tenía planeada cada tarde, un actividad diferente, unas veces salir con las amigas, otras a visitar a algún pariente de ella, otras…, a mí que me gustaba estar tranquilamente en casa, me lo pasaba con mis anotaciones y cálculos, casi sin darme cuenta de que ella había salido, pero…. cuando falleció…. Todo cambió, ahora tenía más tiempo para mis cosas, nadie que me pudiese decir que llevaba demasiado tiempo con ello, nadie que me recordase que tenía que parar para descansar, nadie que… pero para mí todo aquello que hacía, a lo que dedicaba tanto tiempo y que creía tan importante, para mí, todo aquello había perdido su sentido. La casa poco a poco se había convertido en un mausoleo, ¡no sé por qué!, pero ella a medida que pasaban los años, iba rellenando las paredes con fotos de sus hijos, y sus nietos, las que íbamos recibiendo de vez en cuando, con motivo de un nuevo nacimiento o alguna celebración. Ahora apenas puedo reconocer a los que hay en esas fotografías, no es solo por la vista, que para eso tengo las gafas de leer y ver las cosas con esos detalles que sin ellas sería imposible, es que las caras ya no me dicen nada. Cuántas veces me habré parado para comentar con mi mujer esa o aquella foto, sobre lo felices que se ven, y las ganas que teníamos de volverlos a ver, en cambio ahora, están ahí, como paradas en el tiempo, como si fuesen de otra vida, de la que ya no me siento parte. Sin ella, no me imagino un pasado, en cada uno de los lugares que hemos ido, ella ha estado ahí, en cada celebración a la que hemos asistido, ella estaba ahí, y en tantas y tantas fotos, estábamos los dos, pero ahora, salvo a ella, me cuesta reconocer al resto de las personas de las fotos, y…. además, no hay a quién preguntar, ni siquiera con quién comentar sobre aquellas fotos. Ahora son parte de la pared, como si de un papel pintado se tratase, ya no me paro a mirarlas, pues para mí son extraños, que un día compartieron mi vida pero que ahora ya ni los siento lejanos, simplemente no los siento. Cuando voy por el pasillo, en ocasiones miro las fotos que hay colgadas, son de lugares y personas totalmente desconocidos, curioso por intentar adivinar quienes son o qué hacen, pero no, ¡no alcanzo a recordar! Viene una asistenta a casa, de vez en cuando a hacer un poco de limpieza, al principio preguntaba sobre mis nietos, y le indicaba las fotos de ellos, pero ahora, ni sé dónde están esas fotos, ni sé cuántos nietos tengo. Apenas tengo ganas de hablar, pues no tengo nada que decir, mis recuerdos son dolorosos, no porque no haya vivido mucho y tenga mucha experiencia, sino porque los recuerdos más importantes para mí, son precisamente los de mis grandes amores, y esos, por desgracia ya no están conmigo. Puedo recordar como si fuera ayer, a mi primer amor, ella trabajaba en un bar en la carretera, cerca de la gasolinera, a la salida del pueblo. Yo siempre repostaba lo mínimo para que anduviera mi vehículo, para tener que acudir al día siguiente de nuevo a echarle gasolina, y con ello tener alguna excusa para entrar en aquel bar a desayunar. Al principio no me había fijado en ella, era una chica nueva en el pueblo, quizás alguien de paso. Su amable sonrisa y su pelo n***o rizado me hizo enloquecer. No estaba seguro de si ella se había siquiera fijado en mí, acostumbrada a que todos los que se acercaban a tomar algo la alagasen, pero mi insistencia dio sus frutos. Tras unos cuantos meses de acudir a diario allí, un día me dijo: –¡Está bien!, dime de verdad, ¿qué quieres? –¡Pues hoy me apetece un especial de la casa! –la contesté. –¡No, en serio!, de todos los clientes que tenemos, tú eres el único que viene todos los días, haga frío o calor, e incluso cuando la gasolinera está cerrada, entonces ¿qué quieres? Me quedé cortado, y haciendo de tripas corazón acerté a decir: –¡A ti! –¿El qué? –preguntó ella asombrada. –Sí, todos estos días, semanas y meses, te he querido a ti, y por eso he venido a verte, ¡pasar un día sin verte es como quitarme el sol de la mañana! Ella se fue casi corriendo a la cocina, creo que confundida por mis palabras o algo así, y al poco regresó y dijo: –¡Me voy, este es mi último día de trabajo!, estaba aquí únicamente para ganar algo de dinero, antes de seguir mi camino, has sido muy amable todo este tiempo, y te lo agradezco. –Pero, yo…. me acabo de declarar. –Sí, lo sé y han sido palabras muy bonitas, pero ha sido demasiado tarde, si me lo hubieses dicho antes, quizás hubiésemos podido aprovechar el tiempo de otra forma, ahora… es demasiado tarde –Dicho eso se dio la media vuelta y siguió con su trabajo. No pude probar bocado, a pesar de lo suculento que parecía estar todo lo que me había servido, apenas permanecí en aquel lugar cinco minutos más y salí casi corriendo, ¡no me lo podía creer!, me había acostumbrado a verla todos los días, a su linda sonrisa y a sus cabellos negros, y ahora… me abandonaba. Pensé, no sé, hablar con el jefe, para decirle que la pagase más, incluso pensé pagarle al jefe por la diferencia del aumento de sueldo, pensé hablar con ella y pedirle que no se fuera… pensé… pero al día siguiente, cuando regresé, creyendo que había sido un mal sueño, ya no estaba ella, ni al siguiente, ni al siguiente… hasta que me hice a la idea de que no la volvería a ver, que mi gran amor había desaparecido de mi vida, y ya nunca volvería a encontrar una persona así, ella era única. Son recuerdos dolorosos, aún puedo recordar su sonrisa y su cabello, sobre todo aquel cabello, como me gustaba, parece que la estoy viendo, como si fuese ayer, retirándoselo de la cara, cuando se le caía aquella mecha traicionera que se escapaba, y poniéndosela detrás de la oreja con el dedo. Aunque no fue un amor correspondido, nunca la he podido olvidar, ya que fue mi primer amor. De ella no tengo fotos, tantas y tantas repartidas por toda la casa, pero de esa etapa de mi vida no hay nada. Tampoco me quedan, ni amigos, ni vecinos, nadie conocido, o ya han dejado este mundo, o se han ido a los asilos. El barrio ya no es lo que era, ahora todos tiene mucha prisa, no salen a cortar el césped por la mañana, ni a jugar con los niños los fines de semana, a veces, se me hace raro estar por aquí, todo está tan cambiado. Conozco cada casa, cada árbol, pero la gente, me es tan desconocida que no sé… no me siento cómodo cuando salgo a la calle, a pesar de que las personas con las que me cruzo siempre me muestran una sonrisa tras saludarme. Aún, de vez en cuando viene alguien en mi búsqueda, para que les hable de mi pasado, de mis experiencias, como si estas fuesen importantes, pero a mí me cuesta mucho aceptar que el tiempo ha pasado y que mis mejores momentos están ya tan lejos, que más bien parece que fueran de otro. Los años pasan, y cada vez dejan más huella en mi salud, y por desgracia, me están arrebatando lo más preciado que tenía, mi memoria, todo el resto, mis pertenencias, ¡no me importa si se llenan de polvo!, pero mis recuerdos parecen irse borrando poco a poco, difuminando como la niebla de la mañana, y con ellos tantas y tantas vivencias. Alguien me ha sugerido que escriba un libro, ¡a mi edad, como si eso fuese fácil!, incluso me han propuesto hacer un documental de mi vida, pero no lo he visto claro. Tantas cosas que podría decir, pero no me siento con fuerzas para recordarlo todo, y menos delante de una cámara y con extraños escuchándolo. Cada vez que recuerdo un hecho, me emociono, ya que lo vivo como si estuviese pasando en ese momento, pero luego, cuando se acaba, me queda una profunda tristeza, al darme cuenta que es solo un recuerdo, algo del pasado, que ha quedado relegado en el tiempo, casi olvidado. No sé por qué pero mis recuerdos de la juventud y de la infancia son cada vez más nítidos, apenas puedo recordar lo que comí ayer, pero sí las de aventuras que tuve cuando era pequeño, o las cosas más destacadas que me sucedieron durante la secundaria. Tantas personas con las que hablé y me crucé, tantos a los que amé y me amaron, familiares, amigos y conocidos, todo ese cariño y emoción compartido, y ya no sé dónde está ninguno. Seguro que han hecho sus vidas, y que están disfrutando de sus hijos e incluso sus nietos, allá donde estén, pero ¡a veces me hace tanta falta no sentirme solo! Lo peor son las noches, en ocasiones cuando trato de dormir me invaden cantidad de recuerdos, de experiencias acontecidas en la casa, ¡las vivencias de un anciano, se puede decir, pero es que es toda una vida, día tras día, ¡cuántas cosas vividas!, y me pongo a pensar, y un pensamiento lleva a otro, y a otro, y a veces pasan las horas y no consigo dormir, hasta que el cansancio y agotamiento me hacen caer rendido.

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