La tristeza y su insoportable sinsabor en la boca del estómago

2017 Palabras
Para Sandra era fácil evitarme porque yo no le inte­resaba. Uno sabe que a alguien no le importa cuando le da igual lo que haga. Para ella yo era una fotografía a blanco y n***o colgada en un callejón por el que nunca transitaba. Tal vez me enamoré de Sandra porque me gustaba la tristeza y su insoportable sinsabor en la boca del estómago. Hice de ella un imposible en el que me sumergía como en tierra movediza; en la medida en que me iba hundiendo, también me iba entusiasmando. Ella era en mis fantasías la compa­ñera con la que miraba las nubes, trepaba los árboles de naranjas, caminaba por senderos secretos en la montaña, hacía las tareas del colegio… La realidad era otra, había sido rechazado contundentemente. Me costó asimilar que ella no me quería. Cuando por fin acepté el desamor repre­senté el melodrama de la autocompasión. En el fondo, lo único que deseaba era hacerla sentir culpable de mi dolor e imaginé cómo hacerme la víctima, y todo lo que visualicé se esfumó por no encontrar el momento oportuno. ¿Cuán­do saber el momento oportuno? A veces es demasiado tarde o demasiado pronto. En fin, siempre sucedía algo diferente de lo que pensaba. Por ejemplo, cierta vez entré en el salón y tropecé a propósito. Al caer me llevé varias sillas. Carlos, un compañero de clase, me ayudó. Por otro lado, Mariana, una niña engreída que se pavoneaba sin atri­buto alguno recriminó mi torpeza por haberle estropeado un dibujo. Me dijo de manera dura: ―¡Haz algo productivo para todos, deja de ser tú mismo! Miré a Sandra y ella inmóvil. Igual persistí. Du­rante días estuve maquinando situaciones en las que me accidentaba y ella venía a rescatarme y aprovechaba para decirle al oído palabritas cursis. Al final, me resigné a pasar por su casa en bici, después de las clases. Sabía que ella se sentaba con su madre en el corredor. A ciencia cierta no sé qué hacían, pero era perfecto que estuvieran visibles. Entonces intenté piques. Alzaba la llanta delantera y Sandra indiferente. Después fueron los frenos en seco y Sandra indiferente. Lue­go, la pirueta que consistía en sostener el equilibrio mien­tras la llanta trasera se rastrillaba en el pavimento y dejaba una línea gris, y Sandra indiferente. Por último solté las manos del manubrio y Sandra indiferente. Cierta tarde, en que su madre la peinaba, Sandra estaba envuelta en una toalla que dejaba descubiertos sus hom­bros. El espectáculo me dio valor y sentí que podía hacer algo en verdad peligroso. Así que respiré profundo y pe­daleé de pie sobre la bici. Esta pirueta era difícil en bajada, quizá la única que no hacíamos desde que habíamos visto a un chico perder los dientes al estrellarse contra un barran­co. En ese momento estaba dispuesto a perder los dientes o partirme los huesos. Me concentré en la bici. Empecé a dar pedaleos sincronizados y mantuve un ritmo admira­ble durante unos diez metros. En ese instante la madre de Sandra me miró con los ojos abiertos. Por verla descuidé la acrobacia y un pie se resbaló del pedal. Me fui de bruces y el tubo del marco de la bici me quedó entre las piernas. Los pies se arrastraron por el pavimento hasta que me es­trellé contra un barranco. Estuve unos minutos intentando incorporarme hasta que llegó la madre de Sandra y me dijo que la acompañara para limpiarme las heridas. Me dolían tanto los testículos que apenas podía respirar. Como pude, casi sin aire, le dije que estaba bien y me monté de nuevo en la bici. Me sentí peor de lo que estaba porque Sandra no se había inmutado ante mi tragedia. Por eso, cuando es­tuve solo dejé salir las lágrimas que intensificaron el dolor en mis testículos. Al tiempo vi que tenía las rodillas y los codos raspados. Al llegar a casa mi madre me recibió con un jalón de orejas por haber dañado el uniforme. Tenía dos camisas y dos pantalones para todo el año y ahora solo quedaban una camisa y dos pantalones, uno de ellos con remiendos en las rodillas. Mi madre me ayudó a limpiarme las heridas sin de­jar de recordarme la crisis económica en la que estábamos: ―Mijo, debes tener más cuidado. ¡Es que a veces me sacas tantas rabias! Al menos no creciste con un papá como el mío y tu infancia es diferente a lo que fue la mía. Cuentas con todo mi amor y no lo valoras. Abracé a mi madre y lloré porque estaba muy triste y no podía comunicarle lo que sentía. No encontraba las palabras. Ella, sin saberlo, con las suyas, más que los codos y las rodillas, había calmado el dolor en el corazón que sí estaba herido de gravedad. Por esos días mis padres contemplaban la idea de se­pararse. Papá trabajaba como profesor en una escuela rural y mamá permanecía en casa cuidando de que todo estuviera en orden. Cada uno sabía cuál era su papel. Mi madre era la ingeniera del orden y mi padre el proveedor de la canasta familiar. Pero en los últimos años hablaban poco y habían dejado de ser el equipo indispensable para el equilibrio del hogar. Ella era el cimiento emocional y práctico y él el ra­cional y abstracto. Cada uno sostenía la familia y la paz en la que viví hasta ese momento. Pues las estructuras se tarjaron y las grietas fueron insondables. Por eso, de un momento a otro la casa se había convertido en un silencio crónico. En el tercer día de la recuperación de mi accidente en bici mi padre llegó a me­diodía. Durante el almuerzo estuvimos callados. Mi madre miraba a mi padre mientras masticaba una presa de pollo. De pronto le dijo: ―¡Cacorro! Mi padre respiró. Estuvo unos segundos con la cuchara en el aire hasta que dejó caer la mano sobre la mesa tumbando varios platos. Mamá se levantó y le lanzó una silla. Él la esquivó y vio cómo la silla destrozaba los cristales de la ventana. Mi padre se levantó de la mesa y estrujó a mi madre hasta un mueble. Luego, sentado sobre su vientre, le puso las manos sobre la cabeza. A los minutos, se hizo a un lado. Mi madre se fue a su cuarto. Mi padre expresó que las cosas entre ellos no funcionaban desde hacía mucho tiempo. Además, agregó que donde se acababa el amor era mejor irse y él se había demorado en hacerlo. Por último, afirmó que tenía miedo de dejarme, sin embargo, era lo más prudente. Lo molesto fue que me trató como si ignorara lo que sucedía. Me dijo que cuando creciera lo iba a entender. En silencio, con los ojos aguados, vi cómo se dirigió al perchero y poniéndose la chaqueta y el sombrero se marchó. Subí al cuarto y mi madre estaba acostada en posición fetal. Me acosté con ella. La abracé. Ella en voz baja me expresó: ―No entiendo a los hombres. Le dije que si quería vi­viéramos como hermanos. Estaba dispuesta a estar con él. A pesar de todo permanecía callado. En las noches le su­plicaba que habláramos y él decía que ya todo estaba claro. Luego se encerraba en el estudio hasta la mañana. Durante meses no me dirigía la palabra. Siempre he querido tener una familia normal. Y fracasé. Fallé como esposa y como madre. Aunque apenas tenía quince años pensé que era lo me­jor. Ambos se estaban haciendo mucho daño por sostener una relación que ya era irreparable. Aunque no siempre fue así. En los primeros años de mi vida fue distinto. En las tardes, cuando mi padre llegaba del trabajo, me sentaba en sus piernas y él y mi madre me leían cuentos. En esa época sus historias eran toda mi felicidad. Cuando me leían podía reconocer en sus gestos la alegría y el amor. Viajaba en las ilustraciones de los libros. Me llevaban a lugares mágicos. Mi padre leía en voz alta y mamá hacía sonidos de anima­les para ambientar la historia. Ahora bien, de las cosas que más me entusiasmaban era cuando caminaba con mi padre por las calles del pueblo en dirección a la casa del abue­lo y él me contaba historias. De ese tiempo conservo un recuerdo maravilloso y terrible a la vez. Una tarde llegó a casa con un caballo y me llevó hasta la hacienda del abuelo. Durante el paseo me habló de seres que se aparecían en las montañas. Su historia me atrapó a tal punto que no me entretuve con las mariposas, los pájaros, los árboles y los perros que nos encontramos. Me contó que había duen­decillos que jugaban con los caminantes haciéndoles creer que iban por el camino indicado y lo que hacían era llevar­los al interior de la montaña y dejarlos allí. Narró la historia de una niña de seis años que fue robada por esos duende­cillos y durante siete años estuvo entre las montañas. Solo cuando menstruó apareció en un camino. La encontró un leñador. La niña había perdido la cordura y no reconoció ni a su madre. Lo único que decía era que los árboles eran hermosos y que extrañaba a sus amigos de la montaña. Llegamos a la casa del abuelo. Mi padre y él se sentaron en la banca. Meses atrás la abuela había fallecido y el abuelo estaba muy deprimido. Una tía lo cuidaba. El viejo pasaba la mayor parte del tiempo sentado mirando el cielo. Siempre había sido un hombre conversador. Empero, sin la abuela se fue quedando en silencio. Decía lo preciso. Yo me senté en sus piernas y él sonrió. Me tocó la cabeza con las manos: ―Desde joven me ha gustado mirar el cielo. Cuando estoy triste las nubes me reconfortan. No sé el porqué, aunque me gusta… Sabes, mi niño, extraño mucho a tu abuela. Por eso pido al cielo que me reúna con ella ―en este punto miró a mi padre. Mi padre se sintió incómodo y se despidió. Yo abracé al abuelo. Él me besó la frente. Me subí en el caballo. Duran­te el camino mi padre contestaba a mi conversación con monosílabos. Ese día algo cambió en él. De regreso a casa me dejó con mi madre y fue a devolver el caballo. Yo me escapé porque quería entregarle un dibujo que había hecho días antes. Pensaba que podría animarlo. Cuando entré en la pesebrera me detuve. Ante mis ojos mi padre abrazaba al encargado de los caballos. El otro hombre, de unos veinte años, le sostenía las mejillas con sus manos y con un mo­vimiento lento lo besó. Arrugué el dibujo y lo tiré al suelo. Al día siguiente vi mi dibujo en el comedor y me negué a que mi padre me cargara; él aceptó mi rechazo. A los días murió el abuelo. En el cementerio, cuando empezaron a tapar la tumba con adobes, sentí un aguijón en el estómago. Corrí a un extremo y grité. Mi madre apa­reció de la nada. Se inclinó con un girasol y lo llevé a la tumba del abuelo. Entre lágrimas volvimos a casa. Desde el funeral mi papá fue más distante. Anhelé que me buscara. Pero él se limitó a no indagar y poco a poco nuestro único contacto fue un saludo o un leve movimiento de cabeza. En casa cada uno se había convertido en un mundo inde­pendiente y extraño. El silencio fue un muro que ninguno se atrevió a cruzar. El silencio convirtió a mi padre en el fantasma del hombre que me hizo feliz cuando niño. El si­lencio transformó a mi madre en un espejismo de la mujer que habitó la casa y hacía gestos extravagantes cuando ha­blaba. El silencio me hizo un chico introspectivo y ansioso. El silencio distanció a mi madre y a mi padre. El silencio fue oscureciendo la casa convirtiéndola en una inmensa sala de espera a la que nadie llegó. El silencio oscureció el cielo durante muchos días. El silencio se metió en nuestros corazones como una enfermedad crónica.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR