Nunca se olvide de mirar arriba para que no le sea insoportable estar
Desde mi casa de campo miro el firmamento como un ejercicio de meditación o un principio básico del Tao. Partiendo de que el Tao, según Lao-Tsé, habita el todo; no piensa, pero es pensado; no quiere, y es ley. Es decir, uno es el todo y sus consecuencias.
Por eso al mirar las nubes me quedo en silencio recapitulando los días más difíciles de mi existencia para aceptarme tal cual soy. La intención es reflexionar sobre ciertos acontecimientos del pasado que me ayuden a entender mis actos presentes. Creo que cuando un hombre ha madurado y es consecuente con sus acciones puede volver al pasado para develar un poco la naturaleza de sus búsquedas. Por ello, pienso en mi adolescencia y sufro un poco.
Esa fue una época compleja de la que apenas me repongo. Para sobrevivir a ese momento de mi historia fue indispensable el amor de mi abuelo, quien, sin estudios, tenía una sabiduría poco creíble para su contexto. Era un ser excepcional cuya palabra, sencilla, era más efectiva que un discurso académico.
Recuerdo mis siete años acompañado de mi padre y mi abuelo en la casa paterna. Era una hacienda cafetera, de tapia y con chambrana que desde el pueblo se veía como un punto en la enorme tortuga prehistórica que era la montaña. Había un patio empedrado con una banca de madera donde solíamos sentarnos. El abuelo, más que blanco, era rosado y se le veía la barriga por el borde de la camisa cuando se sentaba. Nuestro ritual era mirar las nubes en un silencio placentero que nos reconciliaba con el universo. Mi padre y el abuelo miraban algo en las nubes que los enternecía mientras yo jugaba con dinosaurios gigantes de algodón.
Una tarde, con los pies en una ponchera con agua tibia, ritual que hacía después de echarles pedazos de caña o plátano a las vacas, el abuelo señaló al cielo con la mano derecha y me dijo:
―Nunca se olvide de mirar arriba para que no le sea insoportable estar.
Desde ese día, cada que estoy triste miro el cielo y las nubes me reconfortan. Encierran cierto misterio que perdura en el tiempo. Incluso, después de la muerte del abuelo miraba al cielo y las nubes seguían en su continua marcha. Siempre las mismas y distintas. Así como las angustias, las nubes permanecen, rondan, pasan, se van, vuelven, maravillan, desaparecen. Hay momentos en que el cielo está cubierto de nubes y todo es gris. Uno de esos episodios de cielo nubado fue mi adolescencia.
De joven, sobre todo en la época del colegio, fui un chico inseguro. Esta desconfianza se gestó por mis continuos desencuentros con las chicas. Como sucedió cuando estaba en sexto y aposté con un amigo a que conseguiría novia primero. Cerramos el trato con nuestras manos enlazadas sin dejar de mirarnos a los ojos. Él miró una niña que vivía cerca de su casa y era una muchacha muy deportista. Yo fijé mi atención en Sandra, una niña de pequitas, ojos café miel, delgada y con un gran coeficiente intelectual. Me fascinaban sus pecas, esos puntos revueltos en el cuerpo.
¡Ay!, Sandrita, me dijiste “no” sin importarte que mi honor fuera pisoteado y tuviera que gastarme, en pagar la apuesta, el dinero que pude haber invertido en papitas de limón, pasteles de dulce de leche o chicles para los dos.
En cama, durante varias noches, pensaba en las palabras que iba a decir: “Mira, Sandra, yo soy el chico que necesitas porque soy el mejor partido. Soy de los pocos que conservan la camisa dentro del pantalón. Soy responsable con mis tareas y me gusta leer libros de aventuras. Siempre llego puntual, no soy grosero, me baño todos los días y te puedo invitar a pan o jugo de naranja en los descansos”. De seguro pensará que mi discurso es forzado. Mejor le digo la verdad: “Sandra, aposté con un amigo a que sería tu novio. Pero, como ves, voy perdiendo. La razón es que me enamoré”. ¡Eso es! Mañana será el día.
En el descanso Sandra estaba con sus amigas en un extremo del patio. Con sus loncheras destapadas se reían e intercambiaban algunos alimentos. A medida que me acercaba sentía el olor a pan con mantequilla de la lonchera de Sandra, también el aroma de chocolate que emanaba de su termo de Caperucita Roja. Miré el termo e imaginé que yo era el lobo que iba directo hacia Caperucita sin necesidad de indigestarme con la abuelita. Estaba feliz y asustado, pero decidido. Repasé una y otra vez las palabras: “Sandra, aposté a que serías mi novia, no obstante me enamoré y por ese motivo ya no me importa la apuesta”. Empecé a sentir que me temblaban las piernas y un sudor frío en las manos. Era un temblor molesto, desconocido, sin antecedentes. Un temblor que debilitaba las piernas y me dificultaba respirar. Un temblor que transforma al lobo en cordero y a Caperucita en cazador. Un temblor que redujo la velocidad de mis pasos e hizo que mi determinación flaqueara. Sin embargo, cuando estuve frente a ella la miré y como pude le di una chocolatina. Ella la guardó en su cartuchera mientras sus amigas se reían entre dientes. Sin saber cómo, le propuse hablar. Ella respondió que después de clases.
Matemáticas con el profesor Mondri. Él siempre llevaba el ceño fruncido, el mentón lo tenía casi pegado a la garganta, sus ojos eran grandes y sin pestañas y sus labios eran inmensos. Era un pez de mal genio y con más problemas que el “Algebra de Baldor”. A Mondri, más que respeto, le teníamos miedo porque con su timbre de voz de militar retirado había hecho expulsar a más de diez estudiantes que le habían dicho: “cara de pescado”. Debido a su mal humor, en sus clases se hablaba lo preciso. Ese día repasábamos las ecuaciones de despeje y veíamos cómo un signo cambiaba al pasar al otro lado del igual. Sandra estaba al otro lado del igual y no sabía qué hacer para sacarla de mí.
Sonó la campana y todos querían correr hacia la montaña. Nos gustaba perdernos entre los árboles y buscar lugares nuevos. Sobre todo los arroyuelos donde el agua era fresca. Mas ese día esperé a que todos se marcharan. Iba con las manos en los bolsillos, apesadumbrado porque no sabía cómo confesar mi amor. Nadie me había enseñado. Mamá nunca habló del tema. Tal vez mamá se preocupó más en amar que en ser amada. Tal vez mamá pasó por el bosque del amor y no vio la leña para calentarse los huesos. Tal vez heredé de mamá ese desconocimiento. Por ello, ante la posibilidad de hablar con Sandra, sentía como si las palabras se hubieran quedado a mitad de camino obstruyendo el aire. Me di varios golpecitos con la mano para intentar respirar mejor cuando la vi aparecer con un libro bajo el brazo:
―Florentino, ¿qué es eso que tienes que decirme?
―Eehhh... eeh... lo... que... yo... te-tengo que-que decir es...
―Florentino, mis amigas piensan que estás enamorado de mí y no quiero que te enamores porque yo no estoy enamorada de ti.
No tuve el valor de refutarla y pedirle una oportunidad. Quizá si la hubiera mirado a los ojos la historia sería otra. Antes bien, me quedé quieto en el portón metálico, sin saber qué hacer.
Ese día odié a todas las mujeres. Odié las nubes que no me tranquilizaban. Odié a mi abuelo porque no estaba. Odié la soledad. Odié mi cobardía y mi incapacidad de pronunciar bien las palabras. Odié a los profesores porque se creían superiores y me trataban como un retardado al que hay que decirle cómo comportarse. Odié a la profesora de Ética que aprovechaba cualquier ocasión para pronunciar su discurso feminista. Feminismo que había convertido a la mujer en un ser incapaz de decidir sobre su destino porque se había sometido, como el hombre, a la esclavitud laboral, con el fin de tener el poder. Feminismo que al acceder al mercado laboral perdió toda revolución. Feminismo que era tan violento como el machismo. Feminismo, bueno, una parte del movimiento, que no permitía un diálogo de reconciliación. Eso no quería reconocerlo la profesora. Ella era de esas mujeres que sacaba al gallo del gallinero para que no montara las gallinas porque las gallinas ni siquiera discutieron la posibilidad de que el gallo se les montara. Así que al gallo, para una mujer como la profe de Ética, tenía que conformarse con una pajita a distancia. Mientras las gallinas se montaban entre ellas.
Recuerdo que la última vez que la profe de Ética me dirigió la palabra fue la primera vez que me habló. Ese día la profe platicaba con vehemencia sobre la lucha en contra del machismo. Decía que el medio para controlar a la mujer era a través del sometimiento cultural. Afirmaba que la mujer no puede ser valorada solo por sus tareas domésticas. Casi a los gritos y con la cara roja aseguraba que fueron los discursos religiosos y estatales los que obligaron a la mujer a obedecer y a parir hijos. Sentí en el estómago un ardor y olvidé que era un joven con dificultades de comunicación y alcé la mano. No sabía muy bien porqué:
―Comparto su idea pro-profe. Pero, no creo que el machismo sea solo por parte del hombre. La mujer también es machista. Ella es más débil. Al igual que el hombre tiene un vacío en el pecho. Y nunca se tarjaría en segundos como le sucede al hombre. La mujer se queda viviendo en el pasado. Todos estamos vacíos. Vacíos de amor. Vacíos hasta los huesos. Aunque más vacía está la mujer porque no lo reconoce…
―¡Florentino! ¡Se calla! Acompáñame a Coordinación.
Camino a la Coordinación miré las nubes que formaban el rostro redondo del abuelo. Respiré y recordé su máxima: “Nunca se olvide de mirar arriba para que no le sea insoportable estar”.
Sonreí, no obstante estaba triste porque la profe me había malinterpretado. Lo que había intentado decir era que, a veces, las mujeres por su lucha feminista cometen los mismos errores que los hombres. Parten del mismo vacío, del vacío de habitar el afuera. Cuando se vive para darle gusto al resto del mundo, dejándose uno en último lugar, se vive en el disgusto del ensueño.
Incluso ni yo entendí lo que intentaba expresar en ese momento. Lo único que pensé fue que para la profe de Ética sería más revitalizante irse para una casa de campo y cultivar. Tanta información le imposibilitaba relacionarse con los hombres. Quizás entre menos indagara sobre hermenéutica y liberación femenina más opciones tendría para entender que el amor es natural y sucede.
Tal vez al retornar al campo volvería a lo esencial y sencillo que puede ser vivir si se aprende a sembrar begonias, margaritas, claveles, zanahoria, cebolla, yuca; comprar gallinas ponedoras, un gallo y un perro; conseguir un caballo como medio de transporte; colgar una hamaca en el patio y mirar ocasos. Basta con inhalar y retener el aire unos segundos para sentirse animal de sol que huele a naranja, a papa criolla, a tierra húmeda, a pino podado y a niño que mira el cielo desde el patio de la casa de su abuelo paterno.