Stephen no tenía prisa alguna, así que se detuvo un momento para recrearse en la facilidad con la que Fred y Sara le habían entregado su voluntad y perdido su capacidad de pensar por ellos mismos, encantado de que la situación confirmara la impresión inicial que tuvo de que ambos tenían una predisposición natural hacia la sumisión, lo que había hecho que el éxito del proceso hubiera superado sus previsiones iniciales. Obviamente, la mejor demostración de que estaba en lo cierto la tenía allí mismo, en el salón de la vivienda del matrimonio, en el que la pareja seguía frente a él, Fred sentado en el sofá, quieto, esperando nuevas instrucciones y Sara de pié frente a él, manteniendo la forzada y escandalosa posición en la que la había dejado, pero ignorando cada uno de ellos la presencia de

