Sin decir ni una sola palabra ni atreverse a mirarle a la cara, la camarera obedeció la orden, inclinando su torso hacia Juan hasta poner las tetas a su alcance a la vez que abría más las piernas adelantando su pubis para acercarlo a la mano que ya empezaba a acariciar y manipular su sexo. Poco a poco, más cansado que excitado, Juan se fue relajando hasta caer en un ligero, pero reparador sueño. Sin embargo, pese a que, al dormirse, Juan abandonó la manipulación del sexo de la camarera, ésta no cambió su postura, manteniendose inclinada ofreciendole sus tetas con las piernas abiertas y ligeramente dobladas. A punto de cumplirse los cuarenta y cinco minutos, Miguel entró en el salón con todo el sigilo del mundo, procurando no hacer ruido e hizo una seña a la camarera que seguía en la mis

