Salimos a una respiración sincronizada. Diez, nueve, ocho. Yo le hago esas tonterías de contador hasta que hasta ella tiene que esbozar una sonrisa; sonriendo nos engañamos a la angustia por un segundo. Es una broma tonta que me invento: “Si falta uno, te devuelvo la mitad de la cama por año”. Ella me mira y me da un codazo con la rodilla. La aguja pequeña que es la varilla sigue ahí, quieta, con sus líneas blancas. Tres minutos pasan y tú los miras como si fueran la escena final de una película que no puedes pausar. Por fin, un punto aparece en la ventana pequeña de plástico: una línea tenue. Luego otra. Yo siento que el mundo se para por una microsegunda y mi pulso da un salto que podría romperme la garganta. Amaya aprieta mi mano. Sus uñas me dejan marca, me endulzan con ese dolor.

