—Cosas que invaden tu ritmo, tu espacio. —Supongo que sí. Nos quedamos un rato en esa imagen: el ritmo, el espacio. Mi pie deja de golpetear. No me había dado cuenta de que lo hacía hasta que se detiene. Ella, desde el sillón, no me hace notar la patadita nerviosa, no me corrige. Me deja encontrar la quietud sola. —¿Quieres agua? —ofrece señalando un vaso alto con una rodaja de limón. —Sí —cojo el vaso—. Gracias. —De nada. —Su voz parece agua también. Bebo. El ácido me limpia la lengua. Siento menos metálico el interior de la boca, como cuando sales al aire tras estar mucho rato en un cuarto caliente. —Me decías que seguiste mirando vida después de lo del cangrejo —retoma—. ¿Cómo se ve eso hoy en tu día a día? —Si estoy caminando y veo una grieta con pastito, me agacho —respondo—.

