Dejo el vaso. Inspiro hondo. Es ahora o me odia mañana por ocultarlo. O las dos cosas. —Amaya… —suelto su mano despacio, no porque quiera, sino porque necesito ambas para sostener lo que voy a decir—. Tengo que contarte algo. Me mira. No hay miedo en su mirada, solo atención. Me da valor y me lo quita. —Hoy respondieron de Suiza —empiezo—. Les escribí para preguntar si podía iniciar con módulos teóricos a distancia, o pedir un aplazamiento. —Trago—. No hay opciones. Si acepto, tengo que estar allá en dos meses. Si no me presento, pierdo el lugar. El aire cambia. No la estoy mirando a medias; la estoy mirando entero. Veo cómo abre apenas los ojos, cómo la mandíbula se le tensa un poquito en una esquina. —¿Dos meses? —repite, no como reproche, más como cálculo. —Sí —digo. Se queda cal

