—No es por la beca —dice, firme—. Simplemente… ya no quiero estar contigo. Ahí sí: la sensación física. Un puño desde dentro. La ausencia de aire. El cerebro intentando darle sentido a una frase que no encaja con ninguna de las anteriores. Lo primero que hago es buscarle el truco. Una prueba. Un mecanismo de defensa. Una broma cruel, imposible en ella. Nada. —¿Por qué me dices eso? —pregunto. Mi voz suena distinta, como si hubiera cruzado un túnel. Ella me mira sin pestañear, como si se hubiera puesto una máscara de hielo por necesidad, no por maldad. —Porque es la verdad. Quiero pelear con la palabra “verdad”. Quiero buscar grietas. Quiero decir “ayer me dijiste otra cosa” y “hoy en la jeep…”. No lo digo. Trago. Me aferro a lo único cuerdo que encuentro. —Hablemos mañana —le pido—.

