—Para que te acuerdes de que también te brillan los ojos cuando miras cosas vivas —dice. Caminamos hasta el skatepark a ver a dos niños —bueno, parecen niños— volar sobre concreto como si les hubieran pegado imanes al cielo. Hacemos apuestas tontas sobre quién va a caer mejor. Perder significa comprar agua. Pierdo a propósito porque la quiero ver inclinándose sobre un grifo, peleándose con la tapita, burlándose de mí. —Seguimos —digo—. Tengo una lista. —Enséñala —pide, con esa sonrisa desafiante. —Está en mi cabeza. Pero si quieres la bajo a papel. En la siguiente esquina compro un cuaderno pequeño con portada de cartón y un plumón que promete no correrse aunque llores. En la primera página escribo “Lista para valer la pena” y debajo voy anotando sin mirar mucho, dejando que los dedos

