—Siente esto —me pidió, con la voz ronca contra mi oído—. Todo lo que soy es tuyo. Siempre ha sido tuyo. Y lo sentí. Sentí cómo cada movimiento suyo llevaba una promesa grabada, cómo no había nada de prisa, solo esa necesidad de prolongar cada segundo, de hacer que la noche durara para siempre. Me besaba en la frente, en los párpados, en las comisuras de mis labios, como si no pudiera dejar de recordarme cuánto me amaba. Yo también le susurré, con la voz entrecortada por las lágrimas y el placer: —No me olvides nunca, Zayn… por favor. Él negó con la cabeza, sin dejar de moverse dentro de mí, sin dejar de mirarme. —Jamás podría. Eres mi vida, Amaya. Mi tormenta. Mi amor eterno. Hacer el amor esa noche no fue solo piel, no fue solo deseo. Fue una conversación muda entre nuestras almas,

