AMAYA El aeropuerto siempre me pareció un lugar de paso, una estación donde las personas se cruzan, se abrazan, se dejan, se reencuentran. Pero ese día… ese día fue un infierno disfrazado de rutina. Desde que bajamos del coche, sentí que las piernas no me respondían bien. El ruido era ensordecedor: maletas rodando, voces en diferentes idiomas, niños llorando, anuncios que saltaban por los altavoces cada minuto. Todo ese caos contrastaba con lo que llevaba dentro: un silencio roto, como si el mundo se hubiera quedado en pausa y lo único que de verdad sonaba eran los latidos de mi corazón, demasiado rápidos, demasiado fuertes. Zayn estaba a mi lado, tirando de la maleta más grande con una calma fingida. Yo lo miraba de reojo y veía su mandíbula apretada, esa forma de contenerse que conocí

