—¿Qué quieres? —gruñí. Del otro lado, la misma voz que marcó mi infancia con gritos y amenazas. Grave, arrogante, cargada de veneno. —Así saludas a tu padre después de semanas sin responderme. —No eres mi padre. Solo un tipo con el que comparto sangre. Hubo un silencio tenso. Pude imaginar su mandíbula apretándose, su ceño fruncido. Esa cara que tantas veces vi encima de mi madre mientras le escupía insultos. —Sigues igual de malcriado. —Su tono goteaba desprecio—. No importa. Te llamo para informarte que estoy avanzando con la custodia de Elías. Se me tensó el cuerpo entero. Tuve que mirar a Amaya, asegurándome de que seguía dormida. Sus labios entreabiertos, su mano aferrada a mi camiseta. Dios, si supiera lo que estaba ocurriendo en esa llamada… —¿Custodia? —escupí la palabra—. N

