—Me dolió —siguió— que un cabrón como Tucker, que solo se ama a sí mismo, tuviera más huevos para alejar a Dakota, que tú... tú, que dices amarme. La respiración se me trabó. Y entonces la vi. A ella. A mi Amaya... haciendo un esfuerzo descomunal por no llorar, por no quebrarse, por no gritarme en la cara todo lo que estaba sintiendo. Pero su rostro lo decía todo. El dolor se le marcaba en la boca, en las cejas, en esa forma en que apretaba la mandíbula. Dolía verla así. Dolía saber que yo era el responsable. —No la vi —dije por fin, con la voz áspera—. Te juro que... ni siquiera la noté. Estaba tan jodidamente furioso por verte con Tucker... por ver cómo lo dejabas acercarse. Me ardía todo. Y cuando me di cuenta, ya era tarde... Dakota ya estaba encima. Y no hice nada. No supe cómo. Me

