Pecado prohibido

2962 Palabras
AMAYA El dolor de cabeza es como un martillo cabrón golpeando justo detrás de mis ojos. Late con cada respiro. Como si mi cuerpo me castigara por cada trago, cada gemido y cada maldita decisión de anoche. Intento abrir los párpados, pero la luz me escupe en la cara. Este no es mi cuarto. Ni de lejos. El techo es alto, blanco sucio, con una mancha oscura en la esquina. Huele a alcohol barato, a tabaco rancio… y a sexo. Sexo crudo. Reciente. Jodidamente salvaje. Me tenso. Hay calor. Hay otro cuerpo. Y está justo a mi lado. No me atrevo a moverme de inmediato. Por instinto, contengo el aliento, como si el silencio pudiera borrar la culpa. Pero no. Cuando giro el rostro, me lo encuentro. Dios… Está boca abajo, con la sábana a medio camino, dejando al descubierto una espalda que parece haber sido tallada a mano por un escultor obsesionado con el pecado. Músculos definidos. Tensión perfecta. Un tatuaje n***o envuelve su brazo, desde el hombro hasta el codo, como una serpiente marcando territorio. El cabello castaño oscuro, rizado, se derrama sobre la almohada como si incluso dormido le importara un carajo el orden. Y entonces me golpea. Los recuerdos llegan como látigos. Sus labios en mi cuello. Sus dedos enterrándose en mi cintura. Mi espalda contra la pared. Su voz rasposa jadeando mi nombre entre maldiciones. Trago saliva. Me quema la garganta. Mierda… Deslizo la sábana con cuidado, como si eso fuera a limpiarme el alma. No sé cómo se llama. No me lo dijo. No se lo pedí. Fue una de esas noches donde los nombres no valen. Solo valen los cuerpos. El sudor. Los orgasmos. Y el olvido. Encuentro mi vestido tirado al pie de la cama, uno de los zapatos está al otro lado del cuarto y mi pantaleta está bajo una chaqueta de cuero que claramente no es mía. Me visto en silencio, sin drama. Ya estoy acostumbrada a huir. Antes de salir, lo miro una última vez. Definitivamente, el tipo es un pecado. Un pecado andante, jodidamente delicioso. Salgo sin hacer ruido. Paso por el pasillo de esa casa de fraternidad que huele a orina, cerveza y testosterona podrida. No es la primera vez que termino en un lugar así… Pero sí es la más absurda. Y la más jodidamente inolvidable. ¿Qué carajos estoy haciendo con mi vida? Apenas cruzo la puerta principal, mi celular vibra. Valeria. Obvio. Valeria: ¿Sigues viva o moriste de placer? Yo: Cállate. Valeria: ¡JA! Así que estuvo bueno. Yo: Me duele la cabeza, ¿puedes no gritar? Valeria: Pobrecita… ¿Era guapo al menos? Yo: Demasiado. Valeria: ¿Ya te lo cogiste dos veces o solo una? Porque si no repetiste, desperdiciaste el talento, mami. Yo: Varias. Y me largué antes de que despertara. Valeria: ¿Por qué eres así? Si yo encontrara a un papacito, me amarraría a su cama. Yo: Porque no soy tan desesperada como tú. Valeria: Perra. Sonrío. Aunque todo en mí está revuelto, Vale siempre sabe cómo arrancarme una risa. ** Cuando llego a casa, el olor a café recién hecho me recibe como una caricia cálida. Cierro los ojos un segundo. Me permito ese instante de paz. Papá está en la cocina. Camisa blanca, mangas arremangadas, lentes torcidos sobre la nariz. Su look de siempre: mezcla entre abogado exitoso y papá entrañable. Se ve agotado, pero sereno. Siempre ha sido mi centro… Y en días como este, más que nunca, necesito ese pedacito de hogar. —¿Dormiste en casa de Valeria? —pregunta sin levantar la vista, como si pudiera leer mi mente. —Mmm… más o menos —respondo, acercándome a hurtadillas para robarle la taza. Él la aparta con una sonrisa burlona. —¿Más o menos? —Tengo un poco de resaca —admito, dejando caer la cabeza sobre su hombro como una niña chiquita—. ¿Por favor me puedes salvar con ibuprofeno? —Amaya… Solo eso. Un suspiro lleno de resignación y ternura. No hay reproches. Solo esa forma suya de hacerme sentir como si todo lo que hago lo perdonara antes de que ocurra. —Antes de que empieces con el sermón, aclaro: no me drogué, no terminé en la cárcel, y sigo teniendo mis dos riñones. Se ríe bajo. —Vaya estándares tienes… —Solo intento facilitarte la vida, papá. —Lo que me la facilitaría es que no llegaras oliendo a tequila y decisiones dudosas. Abre el cajón, me lanza la caja de analgésicos y me mira como si supiera todo lo que pasó anoche. Por suerte, no pregunta. —Gracias, eres el mejor —le digo, tomándolas con un trago largo de agua. —Lo sé —responde con falsa modestia—. Por cierto… Levanto la vista. Su tono cambió. Se suavizó. Se volvió más íntimo. —Feliz cumpleaños, princesa. Camina hasta mí y me besa la frente. Me muerdo el labio. Porque aunque mi vida esté patas arriba, aunque me sienta una mierda por dentro, ese gesto basta para recordar que todavía hay una parte de mí que vale algo. Para él, siempre valgo. —Gracias, papá. —Esta tarde te daré tu regalo —dice con una sonrisa que esconde algo. —¿Qué es? ¿Un boleto de ida al carajo? —No. Algo más permanente. Frunzo el ceño. —¿Permanente? —Nos mudamos. Hoy lo sabrás por la tarde. Silencio. Y luego, el golpe. —Mierda… lo había olvidado. Hago una mueca, me paso las manos por el rostro. Todo en mí grita que no quiero. —Amaya… —dice, con esa voz de padre que me hace querer abrazarlo y romper algo al mismo tiempo—. No te estoy quitando nada. Solo intento construir algo nuevo… con alguien que me hace bien. —Pero ya no somos tú y yo —digo, bajito. —Siempre seremos tú y yo. Solo que ahora… somos más. ** El camino hasta la nueva casa es silencioso. El aire está tenso. Papá conduce tranquilo, como si no sintiera el nudo en mi garganta. Y entonces llegamos. Y no, no es una casa. Es una maldita mansión. Ubicada sobre una colina, con vista directa al mar. Rodeada de palmeras que se mecen como si estuvieran posando. Fachada blanca, moderna, pero no fría. Ventanales de cristal que reflejan el cielo. Diseño perfecto. Exquisito. Cada detalle parece elegido con obsesión. Desde los mármoles hasta las luces escondidas en los techos altos. Una alberca infinita se extiende hacia el horizonte como si fuera parte del océano. El jardín es una obra de arte. Y hay flores que no sé cómo se llaman, pero que huelen a dinero. —¿Impresionada? —pregunta papá, sonriendo. —Es como una revista… pero con gente real adentro. —Victoria es diseñadora de interiores. Lo hizo todo ella. —Claro. La mujer perfecta. Guapa, con gusto refinado… ¿también cocina mientras recita poesía? Papá se ríe. —No seas injusta. Dale una oportunidad. Yo solo asiento. Pero por dentro, me revuelvo. Porque no importa cuán hermosa sea la casa… Sigo sintiendo que no pertenezco a ella. ZAYN La resaca no me molesta. He bebido cosas peores. He tenido noches más caóticas. Lo que me molesta es que la chica con la que me acosté se largó sin decir su nombre. Ni una notita. Ni un beso de despedida. Ni un “me llamo X y te dejé sin piernas”. Nada. Abro los ojos despacio, reconociendo el techo agrietado de la habitación de Ethan. Mi segunda casa. Mi centro de operaciones para… bueno, todo lo que no debería estar haciendo. El olor a cerveza derramada, sudor y condones usados inunda el aire como un perfume maldito. Pero anoche… Joder, anoche fue otra cosa. Me estiro, sintiendo ese cosquilleo perezoso en los músculos. Y ahí está, el eco de su risa en mi cabeza. Rebelde. Coqueta. Y tan directa que por un segundo pensé que estaba soñando. —¿Otra que se te escapó? —La voz burlona de Ethan me saca de mis pensamientos. Asoma la cabeza por la puerta, con esa sonrisa de idiota profesional que da ganas de estrellarle algo en la cara. —Cierra el hocico —gruño, lanzándole una almohada que esquiva con agilidad felina. —Jajajaja… qué sensible amaneciste. ¿Te dejó enamorado, cabrón? —¿Desde cuándo sabes tanto de sentimientos? ¿Te estás leyendo a Coelho o qué chingados? —Desde que te vi mirar el techo con cara de viuda desconsolada. —Cruza el cuarto y se deja caer en la silla frente a la cama—. A ver… ¿qué pasó? ¿Te cogiste a una diosa y te dejó con las bolas llenas de preguntas existenciales? —Casi. Una imagen de su boca roja, hinchada por mis besos, de su risa ronca y esos ojos de fuego cruzando los míos, me invade de golpe. Y su culo… Ese jodido culo… como hecho para mí. —¿Estaba buena o estás dramatizando? —Era de otro nivel —respondo sin pensarlo. —Tú siempre dices lo mismo. —Sí, pero esta vez lo digo de verdad. —¿Y te acuerdas de su nombre? —No. —Qué romántico, Shakespeare. —Vete a la mierda. Nos reímos. Así somos. Nos jodemos todo el tiempo. Pero incluso Ethan nota cuando algo me deja marcado… y esta chica lo hizo. ** Cuando llego a casa, el ambiente se siente raro. Mi madre está en la terraza, organizando la mesa con una precisión que solo aplica cuando tiene nervios. Pone las flores, las acomoda. Las vuelve a girar medio centímetro. Y repite. —¿Necesitas ayuda? —pregunto, acercándome para besarle la mejilla. —Que no seas un imbécil sería un buen comienzo —murmura, aunque se apoya ligeramente en mí y me regala una sonrisa cansada. —Haré lo posible. Pero sin promesas. —Oye, ni prometas tanto —interviene Elías, entrando como si fuera el dueño de la casa. Trae un vaso de jugo en la mano, descalzo, y con esa sonrisa de mocoso fastidioso que a veces me dan ganas de estampar contra la pared… …y otras, de proteger con la vida. —¿No tienes tareas que fingir que haces? —le lanzo. —¿Y perderme tu cara de trauma cuando veas a tu nueva hermanita? Frunzo el ceño. —¿Qué? —Sí. Nuestro nuevo padrastro tiene una hija. Ya sabes, hija de abogado rico. Se viene a vivir con nosotros. Espero que no le tires el rollo. —Claro que no. No soy tan desesperado. —Tú te calientas con sombra, Zayn. —Y tú no sabes ni cómo se pone un condón. ¿Cuál es tu punto? —Mamá, Zayn me está bulleando otra vez. —¡Cállense los dos! —exclama mi madre sin mirarnos siquiera, mientras acomoda la vajilla—. Si se van a matar, háganlo después de que coma algo decente. Me acerco a ella, le paso la mano por la espalda con suavidad. —Relájate, mamá. Es solo una cena. —Es más que eso —susurra, sin volverse. —¿Le tienes miedo a que no les caigamos bien? —Le tengo miedo a que tú hagas alguna idiotez —dice, y por fin me mira. Hay cariño en sus ojos. Preocupación. Culpa. Todo a la vez. Le aprieto el hombro. No digo nada. Pero estoy ahí. Y ella lo sabe. —¿Y cómo se llama la nueva princesa? —pregunto, volviendo a mirar a Elías con media sonrisa—. Seguro es de esas niñas mimadas que creen que el mundo gira alrededor de su culo. —Ya me la imagino: uñas largas, risita falsa, voz nasal, y una cuenta de i********: llena de selfies con frases tipo “el universo me guía” —dice Elías, imitando una voz chillona. —Y su cuarto lleno de peluches y Daddy issues. —Con suerte no es influencer. —Con más suerte, no habla. Los dos reímos. Mamá nos lanza una mirada que mata. —Zayn, por favor… —Tranquila. Me comportaré. Más o menos. ** Y entonces llega el auto. Negro, elegante, brillante como una maldita promesa. No le presto mucha atención al principio. Me acomodo contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y la cabeza medio ida… Hasta que la puerta del copiloto se abre. Y baja ella. Mis músculos se tensan. El aire se me corta en el pecho. Y mi mente, jodidamente confundida, lanza una alarma roja. Cabello oscuro, suelto, con ondas perfectas. Piernas largas enfundadas en jeans ajustados que me hacen desear el fin del mundo. Un top n***o que deja ver más piel de la que debería… …más de la que vi anoche, incluso. Y esa maldita boca. Los labios que me besaron, mordieron, gemían mi nombre mientras yo los hacía temblar. Su mirada se cruza con la mía. Y entonces lo sé. No me estoy volviendo loco. Es ella. La mujer que me pidió que la follara como si el mañana no existiera. La que montó mi cuerpo con la furia de una tormenta. La que se fue sin nombre. Y ahora… es mi hermanastra. Estoy. Jodidamente. Muerto. Pero no por vergüenza. No por culpa. Sino porque quiero volver a tocarla. Porque incluso con el recuerdo fresco… no es suficiente. —Zayn —dice mi madre, sonriendo—. Ella es Amaya. Amaya. Hasta el nombre me sabe a pecado. Nos miramos. Por un segundo, nadie más existe. Nadie respira. Solo ella y yo. Solo el recuerdo de su cuerpo empapado de sudor, jadeando entre mis manos. Y ahora, ahí, frente a todos, me sonríe. Como si no me conociera. Como si no me hubiera pedido más anoche… una y otra vez. Mi mandíbula se tensa. Mis manos también. Porque esta historia, que apenas empieza… ya huele a desastre. Y yo… no tengo intenciones de evitarlo. ELIAS Siempre pensé que cuando mamá se volviera a casar, íbamos a ganar algo a cambio. Ya sabes: un padrastro que te compra consolas, una familia que te lleva a la nieve, un medio hermano que te sigue en los videojuegos. Cosas normales. Pero en lugar de eso, tenemos una hermanastra. Y no sé por qué… pero eso suena como una complicación con piernas. Estamos en la terraza. Mamá lleva rato organizando la mesa como si fuera a cenar con los reyes de Europa. Zayn está a mi lado, callado, apoyado contra la baranda con los brazos cruzados. Tiene esa cara que pone cuando está pensando mucho y no quiere que nadie le hable. Yo solo bebo jugo y miro el cielo. Hasta que llega el auto n***o y brillante. Mi madre se pone recta como una estatua. Zayn apenas mueve el cuello, pero sé que ya está activado. Y yo… bueno, yo quiero ver si mis predicciones se cumplen. Primero baja el esposo nuevo de mamá. Traje perfecto, cara de político, y esa forma de caminar que dice: “gano dinero sin despeinarme”. Y luego, ella. Cabello largo, oscuro. Ropa cómoda pero que llama la atención. No parece una modelo. Pero no necesita parecerlo. Tiene esa energía de “no me importa lo que pienses de mí”, y eso… es raro. Zayn se pone tenso. Muy tenso. Como cuando algo lo incomoda, o lo deja pensando. Pero en serio. Su mandíbula se mueve apenas, como si se estuviera preparando para decir algo… o para no decir nada. Entonces mamá habla. —Zayn, cariño. Ella es Amaya. Los dos se miran. Y ahí pasa algo. No sé qué es, pero lo siento. No es como cuando Zayn conoce a cualquier chica. Él no baja la mirada a sus piernas, ni sonríe con esa expresión de “te quiero llevar a la cama”. Tampoco parece divertido. Más bien, parece confundido. Como si no supiera si gritar o salir corriendo. Y ella… ella tampoco sonríe como las típicas chicas del colegio. Ni siquiera parece nerviosa. Solo… observadora. Como si estuviera leyendo a todos en la terraza sin abrir la boca. —Mucho gusto —dice Amaya con voz firme, tranquila. Ni dulce ni antipática. Solo... normal. Eso me desconcierta. Esperaba a una niña mimada. De esas que huelen a perfume caro y a problemas. De las que sonríen solo para tomarse selfies. Pero ella… no encaja. Y eso me molesta un poco. Porque yo venía preparado para hacerle la vida imposible. Por Zayn. Si ella venía a meterse en nuestro mundo, si venía con aires de princesa rica, yo iba a estar del lado de mi hermano. Siempre estoy de su lado. Aunque a veces sea un idiota, él es mío. Y lo defiendo. Pero ahora no estoy tan seguro. Ella no habla como las niñas de mi escuela. No se comporta como las hijas de los amigos de mamá. Y por algún motivo, no puedo dejar de observarla. Su papá le pone la mano en la espalda cuando la presenta, como si la estuviera empujando hacia algo incómodo. Y ella aprieta los labios. No como si estuviera molesta… sino como si estuviera aguantando algo. Zayn no dice nada. Y yo lo conozco. Cuando Zayn no habla, es porque algo lo está jodiendo en la cabeza. Y aunque no entiendo qué es, sé que no le gusta. Así que solo por si acaso… me mantengo alerta. Si ella lo lastima, estoy listo para entrar al juego. Pero también… Si no es como todos creen. Si resulta ser distinta… No sé. Tal vez no quiero hacerle la vida tan difícil. Al menos… no todavía...
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