Sebastian
Esa misma tarde desvié todas las llamadas de Giovanna sin importarme las consecuencias. Ahora estaba allí, plantada con una ceja arqueada en medio de mi salón.
—¿Dónde pasaste la noche? —Preguntó dándole una tranquilidad a la exasperación detrás de esas palabras.
Quería acorralarme y ya había tenido suficiente de preguntas y amenazas por el día de hoy. Me dolía la puta cabeza y ella estaba aquí para fastidiarme la paciencia.
—Fuera. —Respondí sin más.
—Por supuesto que fuera, pero ¿Dónde? Porque vine a buscarte y evidentemente no estabas—Inquirió y el pisar de sus tacones contra el suelo de madera, hizo retumbes en todo el salón.
Me puse de pie. Desde que llegó, había permanecido en el mismo lugar. Tirado en el sofá junto a la ventana, ni siquiera había querido mirarle, su presencia siempre se hacía notar.
Estaba metida dentro de unos pantalones que no le favorecían muy bien a su figura, ¿las mujeres no se supone que sabían lo que mejor se les acentuaba?
—A ver, Giovanna. —Me acerqué a la barra con la intención de servirnos un trago—. Tenía unos pendientes por resolver en Sicilia y tuve que volar de improvisto.
Me fastidiaba tener que dar explicaciones de mi vida privada. Era mi prometida, pero joder, como quise que esta mierda ya acabara.
Abrí el armario y empujé algunas botellas hasta encontrar una de mis favoritas, un Macallan de dieciocho años. Le ofrecí un trago que me rechazó de inmediato. Supe entonces cuan cabreada estaba.
—Que coincidencia. —Soltó paseándose a través del salón, trataba de encontrar algo con la mirada, lo que fuese.
—¿Coincidencia? —Inquirí, no le estaba prestando demasiado atención, quería acabar aquella conversación cuanto antes.
—Si. —Se detuvo a mitad de excursión y me miró con las manos puestas en jarra—. Porque esta mañana en el club de tenis una chiquilla hablaba acerca de esta cría… —Hizo una pausa para buscar cualquier cambio de expresión en mi cara—. Isabella.
El simple hecho de que mencionara su nombre hizo que el corazón quisiera estallarme. No era momento para que sospechara lo que eso me causaba.
—¿Y a mí que me interesan los chismes de falda, Giovanna? —Me recargué sobre la barra y sorbí de mi vaso, necesitaba con urgencia llevar todo el líquido hasta el último lugar donde me corriese sangre.
—Porque afirmaba que la cría se escapó de su propia fiesta y también pasó la noche fuera de casa.
—Era su cumpleaños, ¿Qué esperabas? —La miré desganado—. Tal vez quería divertirse con algunos amigos o algún noviecillo.
—O contigo. —Atacó sin más, sin previo aviso—. Ambos sabemos que Isabella tiene sentimientos hacia ti.
—Y toda Roma sabe que eres mi prometida… —Me acerqué a ella y la acorralé entre mi cuerpo y la mesa, necesitaba apaciguar la situación—. ¿Acaso no es suficiente eso para ti?
Sus ojos brillaron al sentir mi proximidad presionando contra ella. Giovanna era una mujer fácil de convencer y era necesario para mis planes mantenerla lo suficientemente contenta.
—Hazme el amor. —Susurró contra mi boca y hurgó sin vergüenza dentro de mi pantalón.
—Estaba ansioso de que me lo pidieras. —Mentí.
Tenía que buscar la forma de escabullirme de ella, después de hacer el amor con Isabella, no había forma de que quisiera que otra mujer borrase su huella.
—Pero ahora mismo tengo muchísimo trabajo en el casino —Dije. Mentí otra vez y me aclaré la garganta—. ¿Te parece si te llevo a comer esta noche a la terraza?
Puso los ojos en blanco e hizo una mueca con la boca, lo estaba pensando. La terraza era un restaurant presuntuoso de Roma que a todas las mujeres de la élite les gustaba frecuentar. Era como una especie de superioridad para ellas presumir a sus parejas millonarias.
Giovanna no era diferente a ellas…
—Bien. —Terminó cediendo y mostrando un fingido fastidio. En el fondo, sabía que la idea no le desagradaba—. Pero ten la decencia de llevarme a casa.
Accedí sabiendo que eso me mantendría lejos de ella al menos un día entero. No sé qué haría cuando tuviese que verla cada mañana después de la ceremonia de matrimonio. Me volvería completamente loco, y no por el simple hecho del matrimonio, sino porque no sería Isabella la que ocupase su lugar.
. . .
Carlo
Los paramédicos ya esperaban con una camilla en el parqueadero. Greco hizo muy bien su trabajo al anticiparlos con una llamada. Ni bien se había estacionado cuando salté fuera del auto y traje a Gia conmigo entre mis brazos.
El medico la recibió tan pronto como cruzamos las puertas del centro.
—¿Hace cuanto lleva así? —Preguntó examinando sus ojos y luego su pulso
—No lo sé, alrededor de una hora —Mi voz se había convertido en algo que ni yo mismo pude reconocer, temblaba.
—De acuerdo, a urgencia. —Dio la orden y se pucho en marcha.
Me recorrió un escalofrió a través de la nuca cuando comenzaban a llevarla a prisa, alejándola de mí, a pesar de que seguí al ritmo que iban los enfermeros, no me permitieron el acceso cuando cerraron las puertas y yo quedé agitado al final del pasillo. Tiré de mi cabello consciente de que todas mis terminaciones se paralizaban.
Tuve miedo, joder y sabría Dios por qué…
. . .
Habían transcurrido un par de horas desde que Gia entró a urgencia y yo no sabía absolutamente nada de ella. El silencio que se paseaba a través de los pasillos a esa hora de la mañana era casi perturbador y asfixiante, pero mi terquedad no me concedió alejarme de la habitación a la cual la habían ingresado hacía ya un buen rato.
Tuve toda la intención de localizar a Isabella durante las horas de espera, en ninguna de las llamadas realizadas, obtuve respuestas. Sabía de la conexión que surgió entre ellas casi de inmediato, que estuviese ahora mismo presente, de alguna forma me reconfortaría.
Hacia demasiado frio cuando decidí que necesitaba subir a la terraza, me urgía encender un cigarrillo o la espera me volvería completamente loco.
—Mantente cerca y vigila la entrada. —La orden fue directa a Enzo, quien llegó al hospital casi de inmediato después de mi llamada.
Me sorprendió encontrar a Greco allí, entre las sombras que ofrecía Roma esa mañana, se refugiaba en un par de caladas. En silencio me uní, no tardó en ofrecerme el fuego de su mechero. Lucia excesivamente cansado, pero la culpa se reflejaba en la forma que inhalaba el humo y luego lo soltaba. Supe entonces que no abandonaría el hospital hasta tener noticias de Gia. Si tal vez me hubiese comunicado de la situación de inmediato, no estaría ahora mismo atormentándose de ese modo.
De algún modo, yo también lo hacía. Gia había estado metida en mi puta cabeza durante el último día, las ultimas horas. Que mi intención ahora mismo para con ella fuese desenmascararla, me estaba costando mucha energía. Y no sabría qué haría en el instante en que ya no pudiese posponerlo por más tiempo.
Necesitaba otro cigarrillo.
—Le preocupa. —Dijo de pronto, como si hubiese lanzado una afirmación al aire. Sabia bastante bien que se refería a Gia.
Lo miré.
Sus ojos buscaban en la ciudad un consuelo que no sabíamos si llegaría.
—No puedo permitirme un escándalo si la prensa llegase a enterarse. —Me aclaré la garganta, el frio había comenzado a volverse un poco insoportable, también Greco.
Quien no me creyó ni media maldita palabra. Lo supe por la forma en que sonrió y bajó la mirada. La situación estaba ya fastidiándome.
—Nunca se puede ocultar demasiado tiempo los sentimientos, señor. —Se atrevió a mirarme, sus ojos expresaban años de sabiduría—. Al final siempre terminan saliendo a flote.
Sentimientos. Aquello era una barbaridad, incluso la palabra se sentía amarga en mi boca, no existía ninguna clase de sentimientos de mi parte hacia Gia y si repetía eso le cortaría la lengua con mis propias manos.
—Eso no es más que una tontería. —Afirmé y dejé que la última calada de mi cigarrillo se apagase con la punta del pie.
Si seguía un instante allí, me haría cuestionarme demasiado lo que acababa de decir.