9. Amenaza

2212 Palabras
Bella Estaba nerviosa hasta la médula. Podía estar casi segura de que mi padre no me había creído ni mierda. Analía no resultó muy lista para mentir, había colgado una foto en twitter hacía ya una hora en el club de tenis mientras le decía a mi padre que aun seguíamos en cama. Por eso el motivo de su llamada. El camino a casa se hizo eterno. La ciudad, a pesar de que ya era media mañana, se encontraba en calma. La basílica de San pedro era engullida por la neblina, dándole un aspecto tétrico al templo de los romanos. Bastian y yo no volvimos a cruzar palabras, apenas y nos mirábamos. Su chofer cogió la ruta más rápida y en menos de nada, estábamos frente al imperio de Gerónimo Ferragni. Todo en la mansión era un completo revuelo para cuando llegamos. Los hombres de seguridad de mi padre, incluso de Carlo, merodeaban insistentes a los rededores, incluso en el pórtico principal habían algunos que otros periodistas. Me encontré con la mirada furtiva de mi padre. Me escudriñó de arriba hasta abajo cuando bajé del auto, que trajese el mismo vestido de la noche anterior, no ayudó demasiado. Sus ojos mostraban intriga y desaprobación. —Papá… —Saludé con un beso en la mejilla. A juzgar por su rostro, quería explicaciones no saludos. —Ve con tu madre, Isabella. Asentí y me alejé dándole una mirada a Sebastian, él no me la devolvió y sentí una ligera punzada dentro del hueco de mi estómago. No buscaba ponerle un nombre a lo que había sucedido entre nosotros, pero también quería que se repitiera y el hecho de no saber que terreno pisaría a partir de ahora con respecto a ello, me llenaba de inseguridades. . . . Sebastian No me gustó la forma en cómo me miró Gerónimo, fingía una serenidad casi palpable. Sentí también la mirada de Isabella cuando cruzó la verja y se quedó quieta bajo la sombra de uno de los árboles, buscando la mía de una forma desesperada. Lo mejor que pude hacer en ese momento, fue no corresponder a las inquietudes que albergaban en sus preciosos ojos marrones. —Te ofrezco un trago. —Sugirió Gerónimo después de un largo silencio y señaló la entrada a la casa. Tanta amabilidad me resultó un poco amarga. No coincidía para nada con la forma en la que su sonrisa, reflejaba las ganas tremendas de querer arrancarme la cabeza. Aquel trago solo era la excusa perfecta para intentar ponerme en evidencia y yo era demasiado astuto como para negarme Miré el reloj. —Siempre hay tiempo para uno. —Acepte, no me convenia quedarme callado. Las aguas silenciosas siempre traían consigo respuestas. Entramos a la casa. Había estado allí en muchas ocasiones. Navidades, cumpleaños y cualquier tipo de celebraciones. Después de la muerte de mauro, mis visitan eran escasas, aun así, nada había cambiado desde la última vez que use a Gerónimo como excusa para llegar a la habitación de Isabella. Supe que estaba cerca. Mantenía una conversación amena con su madre al otro extremo del salón. Esta vez, evitó encontrarse con mi mirada y se mantuvo siempre a espaldas. Entré al salón de la derecha siguiendo los pasos de Gerónimo, se trataba de la biblioteca. Habíamos tenido un montón de conversaciones y estrategias allí entre ambas familias. El Ferragni abrió el armario y sacó de su colección un whisky escoses. Me produjo cierta sensación interna, me estaba advirtiendo con eso que el momento lo ameritaba. Vertió el líquido en dos vasos y me ofreció uno de ellos, el más lleno. —¿Cómo va tu compromiso, Sebastian? —Quiso saber, y me miró a través del filo de su vaso, no quería perder ni siquiera detalle de mi reacción, si me pondría nervioso o evadiría la pregunta. Una jugada astuta, pero yo no tenía ni siquiera el apellido de idiota. —Como lo habíamos planeado. —Respondí y degusté del trago—. Vicenzo está más que conforme con la futura alianza. Vicenzo Costa era el padre de Giovanna y el general en jefe de la policía de roma, tenerlo de nuestro lado para los negocios, resultaba muy beneficioso. —¿También lo está tu prometida con la frecuencia que mi hija te visita? —Fue directo, Gerónimo no se caracterizaba por soportar demasiado el regodeo. —¿Te refieres a los días que la ayudo con sus clases de matemáticas? —Sugerí de pronto, no le consentí que me acorralara. —¿Cómo esta mañana? —Indagó —Efectivamente. —Había pensado en cada detalle para cuando esta conversación llegara—. Como sabes, Isabella va a presentar el examen de negocios internacionales la próxima semana y necesitaba un poco de ayuda extra, así que me ha pedido que la vaya a buscar a casa de esta prima suya… Analía—Chasqueé los dedos al recordar. Una sonrisa adornó las facciones de su rostro, pero una que carecía de gracia. —Si no supiera que Isabella es lo suficientemente buena en matemáticas… —Me miró con una sonrisa que adornó las facciones de su rostro, pero era una esas sonrisas que carecía de gracia—. Habría justificado cada una de las visitas. —No comprendo tu punto, Gerónimo. —Me aventuré a decir—. Ve al grano. —Se como la miras. —Y lo hizo, por un demonio que lo hizo—. ¿Crees que no me doy cuenta? —Te estás equivocando. —Respondí, como si sus palabas no me hubiesen afectado. —¿Lo estoy? —Una interrogante que gozó tener en su poder porque sabía de sobra que no lo estaba y a mí me estaba fastidiando demasiado tener que ser un cobarde y no poder aceptarlo—. Es mi hija, Sebastian. Es una adolescente de diecinueve años y comprenderás que no quiero que sea parte de esta vida. —Te refieres a la mafia. —Me atreví a decir las palabras que él estaba tratando de no mencionar—. Con todo respeto, Gerónimo, Isabella sigue siendo hija de la mafia por más que te empeñes a lo contrario. —No tiene por qué ser así. —Aventuró. —Es cuestión de tiempo para que nuestras decisiones salpiquen sobre ella. —Casi sonreí—. Y con respecto a lo de esta mañana… —Con respecto a eso, muchacho… —Me interrumpió y colocó en mi hombro la palma de su mano—. Mantengamos las cosas como están. Sería una lástima que te vieras afectado por tomar decisiones equivocadas. —¿Eso es una amenaza? —Me sentí frustrado y por respeto a tantos años de alianza, apreté los labios. La respuesta, no fue más que un silencio tétrico. Si, definitivamente era una amenaza. . . . Carlo Me desperté con una llamada entrante de Greco y miré el reloj que reposaba en la mesa. Eran las cuatro de la mañana, joder. No sé porque tuve la leve impresión de que se trataba de la Parisi, ni tampoco porque la sola idea me sacó de la cama dando tumbos para coger mi móvil y descolgar la llamada. —Greco. —Señor, disculpe la hora. —Se anticipó a decir, se escuchaba agitado—. Pero me dijo que le llamara si se trataba de una emergencia. —Al grano, Greco. —Exigí—. ¿Qué pasa? Me llevé las manos a la cabeza, sintiendo como el corazón comenzaba a palpitarme en la sien. Algo no andaba jodidamente bien y eso ya me había puesto en alerta desde que sonó la llamada. —La señorita Gia no ha parado de quejarse y retorcerse de dolor en la cama. —La información me llegó de tajo y me provocó una fuerte sacudida. —¿Desde hace cuánto? —Hace más de… —Por la pausa, imaginé que estaba viendo el reloj en su muñeca—. Cuarenta minutos, señor. ¡Maldición! —¿Por qué carajos no me has avisado antes? —Gruñí a través de la línea—. Voy para allá. Roma aun dormía cuando bajé al aparcamiento y salté dentro de mi auto. La neblina allí fuera estaba más espesa que en otras ocasiones. Sería una mañana obscura y bastante fría, por ende, me tomaría un poco más de tiempo del habitual en llegar al hotel. Veinticinco exactamente. Siempre había sido un poco perfeccionista y meticuloso, así que no supe porque esta vez, no me preocupe en dejar el auto bien parqueado antes de entrar al hotel y dirigirme hasta el área de los ascensores. —Señor, disculpe. —No estaba seguro si se referían a mí, pero miré por encima de mi hombro—. Si no es cliente del hotel no puede subir sin antes registrarse. —¿Eres nuevo? —Quise saber, porque no consentiría aquello de un personal que llevase tiempo trabajando para los hoteles Ferragni. Por suerte, asintió. —Si, señor. —Soy quien paga tu sueldo. —Le mostré el carnet de gerencia y palideció—. No necesito registrarme para entrar a mi propio hotel. Las puertas del ascensor se abrieron y yo salté dentro de él. —Lo siento mucho, señor. —Se disculpó bajando la cabeza y desapareció cuando las puertas se cerraron. Llegué casi al último piso, donde había especificado con anterioridad a la recepcionista, que todas las habitaciones de ese piso no estarían disponibles por tiempo indefinido. —Sigue quejándose, señor. —Greco me recibió en el vestíbulo y comenzó a caminar a mi lado—. Creo que debería verla un médico. —Por supuesto. —Le miré furioso y me detuve cuando llegamos a la habitación—. Si solo me hubieses llamado de inmediato. —Creí que estaba mintiendo para que la dejara ir. —Se excusó y a mí me importó una mierda que lo hiciera. —Si llegase a pasarle algo… —Apreté los dientes, la amenaza murió en mi boca antes de que pudiese completarla. En los ojos de Greco, bailó la sorpresa, pero se limitó a bajar la cabeza y girar el pomo de la puerta. Cuando vi a Gia quejarse en el piso junto a la cama, sentí una ligera presión en el pecho que me llenó de culpa y remordimiento. El corazón se me fue a la maldita garganta al verla retorcerse de aquella manera, sujetaba con fuerza su vientre. ¡Maldita sea! Estaba sufriendo. Sus ojos me miraron con rabia al sentir mi presencia, no había duda de eso, pero me importaba poco el sentimiento que albergaba en ella en ese momento. No tenía planeado entrar en una discusión con ella. De hecho, ni siquiera tenía la intención de que intercambiáramos media palabra, la última vez que estuvimos cara a cara, nos dijimos demasiadas, pero era tan soberbia que no sabría mantenerse callada. —¿Dónde estabas? —Preguntó entre dientes y arrugó su frente. Se quejaba y me vino en gracia que creyese que podía interrogarme a mí de aquella manera. —Mi vida privada no es de tu puta incumbencia. —Refuté y cometí el error de mirarle a la cara cuando fui a por ella. Sus ojos azules ya no eran tan vibrantes como antes, esta vez se apagaban. El color suave de sus mejillas ya no existía y los labios le temblaban. Clavé mis rodillas al suelo y capturé sus piernas delgadas entre mis brazos. —No me toques. —Gruñó y se sacudió lejos de mi con una fuerza que, para el estado en el que se encontraba, me sorprendió. —Me importa un carajo lo que quieras. —Apreté los dientes y me causó malestar tener que usar la fuerza. Tiré de ella y se quejó cuando su pecho se estampó contra mi torso. Al levantarla, hundió su cabeza en el hueco de mi cuello y empuñó su mano con ligereza alrededor de mi chaqueta, no apretaba, simplemente se aferraba porque la fuerza ya no le llegaba. Sentí como los latidos de su corazón menguaban y tuve un miedo tremendo. —¡Greco! —Grité mientras salía a prisa de la habitación—. Prepara el auto, ¡Pero para ya, carajo! Asintió y espabiló corriendo. Gia se quejaba entre mis brazos mientras nos llevaba a través del ascensor. Sus labios suspiraban un aire caliente y denso. Todo su cuerpo estaba hirviendo, tenía fiebre. La acomodé en el asiento trasero del auto y me quedé junto a ella durante todo el trayecto hacia el hospital. Para ese punto ya estaba delirando y no sé porque me vi en la necesidad de acariciar su cabello y susurrar palabras de consuelo. —Vas a ponerte bien, Gia. Te lo prometo. —musité bajito, e ignoré la forma en la que Greco me estudiaba a través del reflejo del retrovisor. No era del todo consciente de lo que estaba sucediendo o quería hacerme el gilipollas, pero la forma tan inusual en la que estaba actuando con respecto a Gia, me enfureció demasiado, casi me vi apartando su mano de mi pecho, pero no me atreví y eso me llevó a maldecirme por dentro.
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