8. Habitación 222

1817 Palabras
Bella —Cariño, quiero presentarte a alguien. —Mi padre se acercó antes de que pudiese escabullirme. Junto a él, le acompaña un joven, le calculé inmediatamente veintidós años. Era alto, de facciones finas y ojos claros, los cuales se iluminaron al mirarme con ellos desde arriba, hasta abajo. —Sandro Vitale —El presentado estrechó su mano y yo tuve que ofrecerle la mía en un gesto amable—. Te he traído un presente. Dejó mostrar una caja negra que en su interior escondía unos pendientes de diamantes y perlas blancas. —Gracias. —Contesté casi impresionada, un detalle como aquel no se le obsequiaba a una chica que acababas de conocer—. Pero creo que ha sido un poco excesivo de tu parte. —Cariño, no seas descortés. —Intervino mi madre, quien apareció segundos después y cogió la caja entre sus manos para obligarme a sostenerla entre las mías—. Ha sido un gesto precioso, Sandro, muchas gracias. —No ha sido nada. —Sonrió este—. ¿Me concedes un baile? Tuve la necesidad de mirar el reloj que colgaba en una las paredes del salón, las agujas marcaban las doce. También tuve toda la intención de negarme, debía acudir a mi encuentro con Sebastian, pero las miradillas furtivas de mis padres no me lo permitieron. Sandro mantuvo su mano en mi espalda baja mientras me indicaba el camino hacia la pista de baile, como si yo no le conociera. La orquesta tocó una suave melodía que terminó poco después, pero él insistió que la nueva canción era su favorita. Volví a mirar el reloj, habían pasado cuarenta y cinco minutos desde entonces. Me excusé con el pretexto de ir al tocador y arrastré por el brazo a mi prima hasta el pasillo que nos alejaba del salón principal. No le di tantas explicaciones por falta de tiempo, pero Analía me cubriría mientras yo me escapaba. —¡Suerte! —Chilló ella agitando su mano en el aire. El Grand Palace se pintó delante de mis ojos pasada la una de la mañana, me temblaban las piernas y me faltaba el aire, había corrido a través del vestíbulo y corroboré el número que indicaba la llave cuando subí al ascensor. 222 Introduje la llave y la puerta se abrió en automático, me recibió el silencio y la ola salvaje de una brisa helada, la ventana del salón principal estaba abierta. Caminé despacio, solo se escuchaba el sonido de mis tacones contra el piso de madera. Hasta que escuché un murmullo. —¿Sebastian? —Le llamé, avancé, esperé un segundo y no obtuve respuesta. —Creí que no vendrías. —Escuché su voz detrás de mi espalda y todo mi cuerpo se relajó. Me giré despacio, le vi atravesar el vestíbulo bajo la sombra de la noche, solo un halo de luz iluminaba el interior de la habitación. La luna se colaba cautelosa a través de la ventana. —Surgieron imprevistos. —Confesé—. Pero aquí estoy. —¿Un trago? —Ofreció acercándose el pequeño bar que había en la esquina del salón. Me permití detallarle al tiempo que caminaba en su dirección. Todo de él gritaba imperiosidad y peligro, pero no era algo que me asustaba, al contrario, esa característica de él siempre me había enloquecido, incluso cuando ni siquiera él mismo lo intentaba. Iba descalzo, tenía las mangas de su camisa recogidas hasta sus codos y los tres primeros botones sueltos. Me ofreció un trago rosado, sonreí al sentir el sabor en mi lengua. Fresas, menta, un poco de vainilla y apenas el rastro de unas gotas de alcohol. Una combinación extraña y delicada que se convertiría en mi favorita, —¿Crees que no puedo soportar un trago más fuerte? —Pregunté divertida, recargándome sobre la barra que nos separaba. —Quiero que estés completamente consciente. —¿Para qué? —Para acabar de una vez por todas con este jueguito tonto al que le hemos dado inicio. Mantuve el silencio al ver como se movía alrededor de la barra, dándole la sensualidad que le caracterizaba a cada uno de sus pasos. Por dios, le salía completamente natural. —Pero respóndeme una cosa, Isabella… —Murmuró cuando ya no había demasiada distancia entre nosotros, si hacia un movimiento, nuestros labios se encontrarían los unos a los otros. Lo hice. Su aliento bailó en la punta de mi nariz y sentí el contacto del apenas roce de sus labios contra los míos. —¿Qué? —¿Estás segura de que quieres esto? —Musitó, casi abrumado. Asentí y cerré los ojos, quería que el mundo se detuviera en ese momento para nosotros. —No sabes por cuanto tiempo lo he deseado. —Recorrí su pecho con mis dedos y todos sus músculos se tensaron bajo mi tacto. —Nos convertiremos en un gran problema después de esto. Lo sabes, ¿verdad? Volví a asentir. —Asumiré las consecuencias, pero la pregunta que importa aquí es, ¿lo harías tú? Suspiró contra mi boca, estábamos a nada de un beso, estábamos a nada entregarnos por completo, pero los prejuicios de la élite aun sucumbían en su mente y temí que se arrepintiera en cualquier momento. Pero no lo hizo, maldición que no lo hizo. —Me arrastraste hasta esto, Bella. —Comenzó a decir—. Me arrastraste a este jueguito tuyo y pusiste toda mi existencia de cabeza. Ahora estoy aquí sabiendo todo lo que eso conlleva, por supuesto que lo asumiría, pero por ahora no puedo darte todo lo que deseas. —Me conformaría con esta noche. —Un murmulló que terminó con un beso, casi hambriento, casi sediento. Él se estremeció bajo la intimidad de mis dedos recorriendo su cuello y yo ante el arrebato de sus manos al incrustarse en mis caderas para elevarme del suelo. Me sentó sobre la barra, provocando que uno de los vasos derramara el contenido y recorriera a través de mis piernas. Todo de nosotros en ese momento, olía a alcohol, frutillas y menta. Sus rodillas separaron mis piernas con suavidad y su pelvis tomo lugar dentro de ellas, casi impregnando nuestros cuerpos. Su creciente placer palpitó en mi entrepierna y yo tuve que contener un jadeo entre besos cortos. —Mira en lo que me estás convertido Isabella… —Susurró contra mi boca mientras su lengua hacía una gran entrada dentro de mi cavidad—. Estoy jodido y loco por ti. —Pensé que ya lo estabas. —Comencé a arrancar sus botones casi con desespero. Lentamente, me empujó hacia atrás. Mi espalda quedó extendida sobre la barra y mi vientre se levantó para él. Acarició mi cuello, mis brazos y mis caderas por encima de la tela de mi vestido. Al verme así, expuesta de ese modo ante su presencia, sus ojos brillaron como un niño ansioso y no desperdició la oportunidad para subirlo de a poco. Todos sus músculos se endurecieron al tenerme completamente desnuda y disponible para él. Sabía que su mente gritaba que aquello podría ser un error, pero sus ojos decían todo lo contrario, sus ojos me deseaban y su cuerpo quería tenerme para él. —Voy a hacerte el amor, Bella. —Me miró enloquecido—. Justo aquí, justo ahora. Al principio, lo hizo lento, jugando y dejando caricias que me enloquecieron. Sabía que dolería, estaba completamente segura de ello, pero no me importó, o al menos eso creí cuando sentí que la piel me raspó. Ahogué su nombre en un jadeo que dio inicio al resto de la noche. Hicimos el amor por primera vez y se sintió tres veces mejor de lo que alguna vez imaginé. . . . El amanecer se había acentuado hace menos de una hora sobre la ciudad mágica de Roma. Era una mañana gris, casi sombría y silenciosa. Mi cuerpo descansaba sobre el pecho desnudo de Sebastian. Dibujaba líneas con las yemas de sus dedos alrededor de mi cuello y terminaban perezosamente alrededor de mis pechos. Resultaba increíble como nuestras respiraciones estaban en calma. Habíamos hecho el amor en cada maldito lugar de aquella habitación y había sido la forma más extraordinaria de experimentarlo. Nunca volvería a ser la misma después de hoy. Nos habíamos entregado con tanta pasión y deseo, que casi rozábamos el final de la sensatez. Esa noche, casi creí que era mío y no de otra de mujer, pero eso no fue más que un ambicioso deseo. —Piensas demasiado. —Susurró contra el lóbulo de mi oreja. —Ha sido la mejor noche de mi vida. —Pronuncié bajito. —La mía también. —¿Qué sigue ahora? —Pregunté y una parte de mí, no estaba segura de querer saber una respuesta. —No lo sé—. Murmuró contra mi cuello. —¿Te arrepientes? —Ni un maldito segundo, Isabella. —Me obligó a mirarle. Lo hice con un sentimiento apretado dentro de mi pecho—. Nunca pongas en duda de me diste la noche más gloriosa de toda mi existencia. —Vas a casarte… —Solté de pronto y fue muy tarde para arrepentirme de aquellas palabras. —Eso no significa que le ame. —¿Por qué unirías tu vida a la de una mujer que no amas? —Quise saber —Es más complicado de lo que crees. —Entonces explícamelo. —Casi supliqué. —Prefería que te conformaras con saber que no la quiero. —Pero compartirás todos y cada uno de los amaneceres con ella. —Quise arrancar ese pensamiento de mi cabeza. Eso sería algo que dolería por siempre. —Serás tú en quien piense cada noche, no en ella. —Quise aferrarme a esas palabras, pero mi corazón supo que no bastaría con eso. —No es suficiente para mí. —Reproché—. Quiero amanecer a tu lado, no vivir escondida en tus pensamientos. —Es lo justo, no pides demasiado, pero… —Pero debo conformarme con el grandísimo lujo de ser tu amante, ¿Verdad? —No repitas eso, Isabella. —Me miró y yo contuve el aliento—. No eres mi amante, tampoco te convertiré en una. —¿Entonces que significa esto? —Declaré, saliendo de la cama y colocándome de pie. Bastián no tardó en seguirme y arrinconarme entre su pecho y la pared. —Significa que hicimos el amor. —Como dos amantes, como dos cobardes huyendo de los prejuicios sociales. —Gruñí al mismo tiempo que me giraba y me encontraba con la calidez de sus labios, casi rosando la punta de mi nariz. —No lo comprendes. —Susurró y buscó el calor de mis besos, pero el sonido de una llamada entrante nos interrumpió. ¡Maldita sea! Era mi padre y eso solo podía significar una cosa. Estaba en problemas.
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