7. Gran Palace

1608 Palabras
El resto de la tarde, no pude quedarme quieta. No dejaba de pensar en Gia ni en la noticia de su embarazo. Las estilistas consiguieron vestirme para la esperada noche de mi cumpleaños y se fueron satisfechas poco después. Era momento de enfrentarme al ojo minucioso de Italia… Temblé, no estaba preparada. Alguien entró a la habitación, y lo hizo de una forma tan silenciosa que supe de quien se trataba, Carlo. Era parte de su personalidad cuando se lo proponía, conseguir que nadie le notara. Las luces del interior de la habitación estaban apagadas, por lo que la luna se volvió generosa en iluminarle al interior. Lucia tenso y nostálgico, incluso el cansancio se reflejaba en las facciones apagadas de su rostro. Las líneas de expresión alrededor de sus ojos y frente, se veían más acentuadas. —Luces como sacada de un cuento. —Dijo al sentarse en el filo de la cama, cabizbajo. No era demasiado difícil reconocer aquella expresión, como si algo le atormentara. Carlo no era un hombre que fácilmente se venía abajo. Era fuerte, incluso podría decir que despiadado, saberle de esa forma, me contrajo el estómago. No sé porque se me metió esa idea en la cabeza, pero la maraña de emociones que ahora mismo vagaban en su rostro me daba la cierta sospecha de que tenían nombre y apellido: Gia Parisi. Lo supe por la forma tan amena en la que la observaba, como si nunca hubiese visto una mujer con una belleza más impresionante que la de ella. Aunque, en ocasiones, escondía esos pensamientos en lo más recóndito de su mente para observarla con intriga, incluso arrogancia. Pero el corazón no sabía mentir por demasiado tiempo, quien mejor que yo para saberlo… —¿Cómo está Gia? —Pregunté, mirándole bajar la mirada. —Está bien. —Dijo, y no sé porque tuve la sensación de que a esa respuesta le hacían falta más palabras. Tragó saliva y por fin me miró a la cara—. Va a quedarse en una de las habitaciones del hotel hasta saber que haré con ella. El corazón me latió en la punta de lengua. —¿A qué te refieres con eso? —Pregunté con una sensación extraña arraigando en mi garganta. —Está embarazada Bella. —No era noticia, por supuesto que eso ya lo sabía—. Y afirma que el hijo que lleva en su vientre es de Mauro. ¿Cómo podríamos estar seguro de ello y que no se trate de una artimaña? —Yo le creo. —Me aventuré a decir y Carlo me miró de una forma perpleja —Pero ¿qué dices? —Bufó—. Le conoces de nada. —Miré sus ojos, Carlo. Eso me bastó para saber que no mentía. Se puso de pie y colocó una de sus manos en jarra. Me miraba como si lo que acaba de decir fuese una completa locura. No lo era, lo sentía, lo sentía muy fuerte en mi corazón, ese niño era de Mauro. —La vida no se trata de adivinar la realidad a través de los ojos de nadie, Bella. —En ese momento, los suyos decían mucho—. Somos una de las familias más influyentes de Italia, si esa tía quiere sacar dinero a costa de la muerte de Mauro, nos veremos involucrados en un escándalo y eso mancharía el nombre de nuestro hermano. —También lo estaríamos si estuviese diciendo la verdad y ese niño no llevara nuestro apellido. —Repuse—. ¿Te imaginas a un hijo de Mauro viviendo en carencias? Carlo mantuvo el silencio como respuesta durante unos segundos. Se acercó a la ventana que previamente ya tenía abierta y la brisa le movió algunos mechones de su cabello. —No confío en ella. —Dijo con mucha certeza, pero esa compasión que bailaba en sus palabras me hizo creer lo contrario. —Tendrás que lidiar con ello. —Cogí su rostro entre mis manos y le obligué a que me mirara—. Lleva al heredero de Mauro en su vientre. Algo de mis palabras lo trastocó y todas sus emociones se resumieron a nada cuando me abrazó. . . . El hotel Ferragni era una arquitectura imperiosa rodeada por al menos una hectárea de jardines verdes, todos alucinaban con ser invitados y yo no estaba demasiado segura de poder mantenerme de pie por demasiado tiempo en medio del salón, con un micrófono en la mano y dando algunas palabras de agradecimiento. De ese modo lo había planeado mi padre y de ese mismo modo debía llevarse a cabo. Lo que no esperé, fue encontrarme con la mirada de Sebastian al final de mi discurso. Todo mi cuerpo tembló en respuesta ante su presencia y por si no fuera poco, luego desapareció entre las sombras. Algunos de los invitados se acercaron a felicitarme, incluso algunos otros querían algunas palabras o un poco de atención, pero yo estaba demasiado ansiosa por buscarle. —Necesito ir al tocador. —Dije de pronto, haciéndome paso entre la aglomeración. Conseguí cruzar el pasillo que daba con el servicio y cogí la tela sobrante de mi vestido entre mis dedos para no tropezarme, le busqué con la mirada por cualquier parte, pero la decepción se instaló un momento en mi pecho antes de escucharle. —Ha sido un discurso muy emotivo —Ahogué un jadeo al descubrir su voz demasiado cerca Me giré y sentí el corazón palpitarme fuertemente. Iba vestido de firma, impecable y atractivo como siempre. La brisa que entró por la ventana esa noche atrajo consigo el olor de su perfume, casi creí que me consumiría. —Gracias. —Felicidades también por tu promedio. —Añadió—. Las clases de matemáticas surtieron efecto después de todo. Sonreí, estaba usando el sarcasmo conmigo. Nunca había sido mala en matemáticas, pero él tampoco se negó a explicarme cada vez que le buscaba. Eso, de alguna forma, siempre fomentó mis esperanzas. —Me servirá de mucho para la carrera de negocios internacionales. —Comenté, él levantó una ceja. —¿Negocios internacionales? —Quiso saber—. Creí que te irías por letras. Torcí el gesto, sí, siempre había considerado la posibilidad de estudiar una carrera que me apasionara, pero ya había tenido esta conversación con mi padre en varias ocasiones y la mejor opción, era seguir la línea familiar. —Ya ves, no siempre se puede tener lo que uno quiere. Sebastian bajó la mirada, supo entender el doble sentido de aquellas palabras. —Quería disculparme por lo de la otra noche. —Dijo de pronto—. Fui un idiota contigo, perdí los estribos y… —No pasa nada. —Le interrumpí—. Al final llevabas razón. —¿A qué te refieres? —A la parte del puto mundo de fantasía que me invento contigo. —Bella… Negué con la cabeza y alcé la mano, no quería que siguiera, me había herido demasiado, o tal vez ese dolor me lo había proporcionado yo misma por mantener la esperanza en algo que sabía que no sucedería. —Tengo que irme. —Tragué saliva. —Espera… —Se acercó lento, despacio, nos separaba un angustiante centímetro—. Te he traído algo. Sacó una pequeña caja aterciopelada del bolsillo de su chaqueta, el interior reveló una pequeña cadena bañada en oro, pero no fue eso lo que llamó mi atención, sino el colgante en forma de un libro abierto que lo adornaba. —Es precioso… —Musité. —Date la vuelta. —Me pidió y yo obedecí como una completa sumisa. La piel de mi espalda se erizó al sentir el contacto de su pecho apretado. Todo de él me acariciaba en ese momento, incluso esa parte erógena de su cuerpo palpitaba contra mis glúteos. Contuve el aliento cuando sentí las yemas de sus dedos apartar los mechones de mi cabello, maldita sea, lo hizo tan jodidamente lento que sentí la fuerte sacudida dentro de mi vientre. Un instante después, vi como la medalla rozaba la circunferencia de mis pechos. —Feliz cumpleaños, Bella… —Me susurró contra el lóbulo de mi oreja y yo sentí que perdería el control de mí misma en cualquier momento. Estaba martirizándome y joder, yo se lo estaba permitiendo. Era una jodida débil y sentimental cuando se trataba de él, no tenía fuerza de voluntad. ¿Cómo podría odiarle y amarle al mismo tiempo? Pensé, ¿acaso era posible eso? Me giré, tuve la urgencia y la necesidad de hacerlo. Quería encontrarme con su boca, lo hice, también quería darle un beso, pero me arriesgaría demasiado a un rechazo, no podría soportarlo, no una vez más. Quise alejarme, pero él no me lo permitió, sus dedos estaban incrustados en mis caderas y yo era demasiado débil ante su tacto como para iniciar un forcejeo. —¿Recuerdas cuando me preguntaste si podría amarte en otra vida? —Recordó él y yo asentí. Fue una pregunta desesperada para una respuesta que dejaba abierta demasiadas posibilidades. —Me dijiste que esta vida aún no termina. —Y no mentí. —Sebastian… —Grand palace, pasada la medianoche. —Me susurró entregándome una llave y se marchó dejándome un beso en la comisura de mi boca. Surgieron un montón de emociones en ese momento. Temblaba de pies a cabeza, volvería a verle, eso era un hecho, pero ahora resultaba de una forma completamente diferente, esta vez, él me lo estaba pidiendo y Dios, la sonrisa que tuve el resto de la noche en mi cara no fue más que alucinante.
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