Conocía perfectamente a las mujeres como Gia Parisi. De hecho, en los clubes nocturnos había muchas de ella. La diferencia, es que aquellas se conformaban con el sueldo de una noche, pero esta resultó lo suficientemente astuta para querer quedarse con una buena parte de la fortuna Ferragni.
Pero que tontería se le había metido en la cabeza a esta tía.
A mí no me engañas, Gia, —Pensé y encendí un cigarrillo—. tu plan lo voy a llevar al precipicio y haré que se venga abajo como en picada.
Esa mañana en la terraza del hospital hacia un frio para coger un buen resfriado. Por eso me había fumado al menos una cuarta parte de la cajetilla de cigarros. De ese modo, el humo de las caladas me haría entrar en calor.
Necesitaba tener la mente lo suficientemente despejada, no sabía que tanto había planeado esta mujer y me urgía desenmascararla.
La sangre me comenzó a hervir al tiempo que dejaba caer al suelo la colilla del cigarro y lo apagaba con la punta del pie. Joder, quise saber por qué de pronto me sobrecogió la intensidad de ir hasta allí y encararla.
Dormía. Por un instante, me resultó placentero observarla. Los mechones de cabello caían sobre su frente y un apenas visible rubor se acentuaba sobre sus mejillas. Era inevitable negarlo, poseía una belleza realmente mágica, de esas que te atrapaban. Incluso así, dormida y con la frente fruncida.
Pero que ni que creyese que, a mí, Carlo Ferragni, me engañaría con semejante belleza. No tenías idea los terrenos que pisabas Gia, pero te haría caminar sobre ellos uno a uno si fuese necesario. No ibas a salirte con la tuya.
Nadie le veía la cara a un Ferragni.
Nadie le veía la cara a un hombre de la mafia.
De pronto, comenzó a removerse sobre la camilla. Incomoda, tal vez adolorida. Yo me mantuve quieto desde el vestíbulo de la habitación, sin poder dejar de observarla. Para cuando abrió los ojos, me miró aturdida, con desconfianza.
—Hola… —Musitó incorporándose al filo de la cama y se llevó las manos a su vientre bajo.
Me vino en gracia que usara aquel tono persuasivo como una clase de artimaña.
—Vístete. —Ordené. Con la mirada le indiqué un bolso sobre a la silla junto a la cama. Me había encargado ya hacia un rato de que Greco comprara lo indispensable para que Gia pudiese cambiarse.
No era un desalmado y si alguien me veía salir de aquí con ella, lo mejor era no alentar a la prensa a que hablara más idioteces de la cuenta. Todo lo armaban, todo lo especulaban.
Por el momento, con la noticia fresca de la muerte de Mauro encima, era mejor estar fuera del ojo del huracán y evitar habladurías.
—¿Perdona? —Se atrevió a cuestionarme y no pude evitar pincharme el puente de la nariz.
Podías hacerte muchas cosas conmigo Gia, menos hacerte de rogar, eso no lo consentiría.
—Me escuchaste bastante bien. Vístete, nos vamos—No quise mirarla, porque sabía que, si lo hacía, me volvería un poco condescendiente con ella.
Y por supuesto, esa mujer no lo merecía…
—Claro que te escuché muy bien, pero no voy a ir a ningún lado contigo, además, el doctor no me ha dado de alta.
Escogí un mal momento para soltar una carcajada que carecía de humor. Que se atreviese a hablarme de aquella forma, déspota y soberbia, no hizo más que calentarme la sangre.
Di un paso al frente, quedando al pie de la cama y la miré fijamente. Me sorprendió que ella también lo hiciera, como si me retara. Entonces, pude tener una mejor perspectiva de sus ojos. Grandes y azules, lleno de pestañas largas. Casi, por un instante, me sentí atrapado en ellos.
—Yo ya te he dado de alta. —Cogí el bolso de la silla y lo lancé junto a la cama—. Tienes cinco minutos para estar lista. No me hagas esperar, carezco de paciencia.
Y bien era cierto, me tocaba las pelotas tener que esperar por alguien, ella no sería la excepción.
. . .
Llevaba aproximadamente doce minutos en el baño. Joder, si esta tía quería colmarme la paciencia, lo estaba haciendo bastante bien.
Sentí la urgencia de ir hasta allí y abrir la puerta. Me contuve, pero al transcurrir ocho minutos más, lo poco que me quedaba de paciencia se redujo a nada.
Giré el pomo y abrí la puerta.
Allí estaba, a medio vestir y con un semblante horrorizado.
—¡¿Pero qué coño haces?! —Gritó crispada, saco esa parte de sí misma que había esperado desde hacía ya un rato.
Comenzó a vestirse a toda prisa con una mano, creyendo que, al cubrirse con la otra, me privaría de todo un espectáculo. Era delgada, con piernas lo suficientemente largas para llegarme a la altura de mi pecho y caderas ligeramente acentuadas, casi, me vi impregnándome sobre ella.
—Te pedí que no me colmaras la paciencia. —Humedecí mis labios y los apreté con fuerza al mismo tiempo que ella golpeaba la bata del hospital contra mi pecho.
Si esa mujer quería jugar con fuego, a partir de ahora, le aseguraba un puesto en el infierno.
Cogí su antebrazo antes de que saliese por la puerta del baño y estampé su espalda contra la pared. El pequeñísimo espacio que había entre nuestros torsos la obligó a quedarse muy quieta. Ahogó un quejido y me miró con los ojos llenos de lágrimas.
Lagrimas no, Gia estás muy equivocada. Conmigo esa clase de manipulaciones no funcionaba.
—¿A dónde me llevas? —Quiso saber. Había hablado con los dientes apretados y con los ojos clavados en algún punto de mi pecho.
No respondí y envolví mi mano alrededor de su muñeca para arrastrarla fuera del interior de la habitación. Venia tras de mi casi tratando de igualar mi paso, pero en el intento, no daba más que traspiés a mi espalda.
Me encontré con Greco y Enzo en la entrada. Uno se encargó de darme una carpeta con información que le había pedido que estuviese lista para cuando abandonara el hospital. El otro, me indicó el camino hasta el auto, asegurándose que nadie interrumpiese nuestro paso.
Abrí la puerta y le indiqué a Gia con la mano para que entrara. Puso resistencia, pero por un carajo, que soberbia.
—Entras o te entro. —Le advertí y me miró con sorna—. Créeme, no te gustaría que usara la violencia.
Esa era mi mejor faceta…
En este mundo, ser drástico, directo y severo siempre te ponía en ventaja. Nunca había usado la fuerza con una mujer, a menos que alguna entre cuatro paredes me lo pidiera. No era el caso, evidentemente, por eso me frustré no poder hacerlo con ella.
Pero al menos, la amenaza sirvió. Se dejó caer sobre el asiento de cuero del auto y se arrinconó al otro lado de la ventana.
Durante el trayecto, yo la observaba impávido desde mi lado. Escogió el silencio para que nos acompañara en la carretera. Había comenzado a nevar de nuevo y Gia se deleitaba con los copos de nieve que pinchaban la ventana.
Ese día se convertiría en uno muy largo.
Que Dios me agarre confesado,
pero esta mujer,
me estaba provocando algo… y yo no quería descubrir que.