—Caliban estaba despertando —dije, más para mí mismo que para él—. Estaba por decir algo. Mi nombre. Luego… “ella”. Y entonces la bruja entró. —Y lo calló. Convel asintió. Como siempre hace. Silencia. Borra. Manipula. Pasó un instante. Luego otro. Y entonces él lo dijo, lo que nadie había tenido el valor de decirme hasta ahora: —Hermano… ¿y si todo esto empezó cuando ella llegó? ¿Y si no fuiste tú quien eligió odiar a Adelina… sino ella quien te enseñó a hacerlo? —¿Y qué quieres que haga? —le espeté.— ¿Que crea que todo lo que vi fue falso? ¿Que lo que siento por Adelina sigue siendo real? El suelo pareció tambalearse bajo mis pies. —Ella me mostró… cosas. Imágenes. No eran solo palabras, Convel. Yo las vi. —¿Y qué más viste? —replicó él, suavemente.— ¿Tus propias manos tomando la d

