ya es hora

1006 Palabras

Esa noche fue distinta. Lo supe desde el silencio. Convel y Ailsa no llegaron. Por primera vez en varias lunas, no escuché sus pasos, susurros, ni el tenue roce de sus manos ofreciéndome agua o esperanza. Solo el crujido seco de mis cadenas y mi propia respiración entrecortada rompían la penumbra. El dolor ya era parte de mí. Me había acostumbrado a él como quien acepta una segunda piel. Pero esa noche... esa noche dolió diferente. Los pasos que llegaron no eran conocidos, ni suaves. Eran duros, firmes, como martillos golpeando mi sentencia. Belladonna entró escoltada por varios guardias. Su figura impecable contrastaba con mi cuerpo roto. Me miró con deleite, como si saboreara mi miseria. No dijo una palabra. Solo alzó la mano. Y entonces comenzaron. Los latigazos fueron distintos,

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