No iba a dejarme atrapar. Belladonna extendía su mano hacia mí como si fuera una madre reclamando a una hija extraviada. El aura oscura que la rodeaba presionaba mi pecho como un yugo invisible. —¡Aléjate de mí! —grité, y las palabras fluyeron instintivamente, en una lengua antigua, poderosa— “Nae’el thindra vael’or!” La magia salió de mis labios como un canto agudo, un encantamiento que antes habría convocado raíces del suelo o luces cegadoras del cielo. Pero… nada. El poder se disipó en el aire, como humo que no encontraba fuego. Sentí una punzada dentro de mí. En mi vientre. —No… —susurré, jadeando—. No ahora… Recordé. Mi magia. Estaba debilitándose desde hace días. El bebé dentro de mí, su esencia, su linaje distinto… interfería con la energía ancestral que una vez fluía libre e

