Seraphine me ayudó a cubrir mi cabello con un velo oscuro y a colocarme un vestido sencillo de criada. Estábamos en sus aposentos, donde la luz de la chimenea apenas alcanzaba a tocar los bordes dorados del espejo antiguo. —A veces me pregunto —murmuré— si toda mi vida fue una cadena de huidas. Seraphine terminó de atar la cinta de mi vestido, y luego me miró a través del reflejo. —No es huir —dijo con suavidad—. Es sobrevivir. Es elegir tu libertad cuando otros intentan arrebatarla. Me giré hacia ella. —¿Tú alguna vez quisiste huir? Sus labios temblaron un poco antes de responder. —Muchas veces. La primera vez fue la noche de mi boda. Tenía quince años en edad humana. Mis manos no dejaban de temblar. Recuerdo mirar las puertas del salón y pensar “si corro ahora… ¿quién me detendrá?

